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Feminista sin carné

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Sofía Morán | 10/03/2019 A A
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Feminista sin carné
A debate Por Sofía Morán de Paz
Mi amigo Ramón no cree que realmente exista una brecha salarial en este país. Tampoco que haya discriminaciones hacia la mujer en el resto de aspectos de la vida. Y está convencido. Por eso él no le encuentra sentido al feminismo, y lo mire por donde lo mire, todo le acaba pareciendo una pataleta constante sin demasiado sentido. Y no le pasa sólo a él, son muchos (y muchas) los que caen en el espejismo de la igualdad, en la sensación de que ya está todo conseguido, y de que, por fin, ha llegado el momento de ir cerrando el capítulo.

Quizá no puedan verla, quizá jamás la hayan sufrido, pero lo cierto es que la brecha salarial existe, y es, junto con la escasa presencia de las mujeres en puestos directivos, el ejemplo más sangrante de la discriminación hacia la mujer. No vayan a lo evidente, no se trata de que su compañera de trabajo, en el mismo puesto que usted, con el mismo horario y la misma categoría, vaya a cobrar menos. Eso, afortunadamente, ya no es posible. La clave suele estar en la letra pequeña. Son los complementos salariales, y aquellos trabajos idénticos, pero con diferentes categorías profesionales, los que esconden muchas veces la trampa. En 2018, en España, 135 empresas fueron sancionadas por discriminación laboral a mujeres.

137 empleadas del Hospital Gregorio Marañón de Madrid, denunciaron que sus compañeros, con funciones similares (ellas limpiadoras, ellos peones), cobraban más, a través de la trampa de la categoría profesional. El Tribunal Constitucional les dio la razón: «La categoría profesional es un elemento secundario cuando se constata la esencial identidad en la prestación laboral».

Y es que, doce años después de que se aprobara la Ley de Igualdad de 2007, nuestras empresas e instituciones siguen estando lejos de la paridad en cuanto a los puestos de alta dirección se refiere (ya los copamos todos como secretarias de dirección, ahí sí). Señores, señoras, que no se trata de discriminación positiva ni de privilegios, se trata de justicia social. Y es que, ya va siendo hora de que en este país se apueste también por el talento femenino.

Como reza siempre al final de mis artículos, soy licenciada en psicología y madre en apuros. También soy feminista. Y lo digo sin vergüenza. Lo digo serena y convencida. Muchas dirán que me creo feminista pero que realmente no lo soy, porque me revuelvo frente a esa corriente que ordena y manda, esa que me dicta cómo debo pensar, cuándo tengo que ofenderme, o a quien debería votar. Las señoras de la superioridad moral, las que «pasan revista» para comprobar si encajas en su rígido molde, no me quieren en su club. Soy, por tanto, feminista «de segunda».

Creo firmemente en que las mujeres deben tener los mismos derechos y las mismas oportunidades que los hombres. Valoro, admiro y respeto el movimiento feminista. Los intensos años de una lucha real que consiguió que las mujeres dejáramos de ser ciudadanos de segunda. Gracias a todas ellas hoy puedo dar mi opinión aquí, puedo votar, acceder a un trabajo remunerado, viajar sin el permiso de mi marido o de mi padre, o tener una propiedad a mi nombre. Cosas inimaginables no hace tantos años.

No se diluyan en este nuevo feminismo 2.0, en las quejas vacías y los debates absurdos. Las mesas redondas para valorar si es o no machista que un hombre te ceda el paso o te acompañe a casa. Puntuaciones más altas en feminismo si no te depilas y no te maquillas. Agrias polémicas entorno a las letras (de mierda) de las canciones de Maluma, o los regalos altamente sexistas en todas y cada una de las carreras «de la mujer». Ruido vacío. El arte de cogérsela con papel de fumar.

¿Es que no queda ya nada por lo que luchar? Separen la paja del grano. El camino sigue, por la violencia de género, las agresiones sexuales, la brecha salarial, la corresponsabilidad en el hogar o los techos de cristal.

¡Ah! Y no importa que a ti no te haya pasado, porque les está pasando a muchas otras.

Sofía Morán de Paz (@SofiaMP80) es licenciada en Psicología y madre en apuros
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