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Felices los lectores

Felices los lectores

OPINIóN IR

11/11/2015 A A
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Felices los lectores
Después de la columna de la semana pasada en la que cuestionaba la posibilidad de una felicidad «en sí», no sólo algunos amables lectores me han hecho llegar su opinión y argumentario a favor de la existencia de la misma, sino que, además, me he enterado de que existen diversas escalas e índices para medirla: la escala de Veenhoven, el índice subjetivo Well-Being o la escala Biswas-Diener, por citar algunos de ellos. Todos manejan una serie de fórmulas y algoritmos que relacionando algunas variables y parámetros pretenden dilucidar el grado de felicidad de una persona.

Siendo la estadística el hecho diferencial de este tiempo nuestro y de nuestra sociedad, el afán por medirlo todo, nos aboca a la cuantificación antes que a la calificación, cantidad por calidad. Sin cuestionar la bondad de tales métodos, dados a medir la felicidad, me quedo con cualquiera de las tablas que utiliza un niño para medir lo contento que está: bien la que consiste en el número de vocales con las que prologan la sílaba, por ejemplo: ¿Eres feliz? Siiiiiiiiiiiiií. ¿Cuánto? Muuuuuuuuucho. O aquel otro más ilustrativo que consiste simplemente en abrir más o menos los brazos con las palmas de las manos enfrentadas, calibrando. Métodos ambos que se pueden simultanear y complementar.

Manejando alguno de estos métodos, un equipo de investigadores de la Universidad Roma Tre, de Italia, ha llevado a término una investigación sobre la relación entre la lectura y la felicidad de los individuos. Del mismo se deduce que, los lectores son en general más felices que los no lectores, los lectores sienten más a menudo momentos de felicidad que los que no leen y experimentan emociones negativas con menos frecuencia, por ejemplo la rabia. La conclusión es que los lectores afrontan la vida de manera más positiva que los no lectores y que saben disfrutar de su tiempo libre de una manera más enriquecedora.

No voy yo a enmendarles la plana pero, para este viaje nos bastaban las alforjas de Quevedo, quien retirado a la paz de sus desiertos ya versó que «En fuga irrevocable huye la hora; pero aquélla el mejor cálculo cuenta, que en la lección y estudios nos mejora».

Y la semana que viene, hablaremos de León.
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