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Entrada al Edén

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EL BIERZO IR

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Casimiro Martínferre | 31/05/2015 A A
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Entrada al Edén
Territorio. Capítulo 35 "La senda tortuosa, conduce por encima de la cascada hasta muy arriba, a unas ruinas. En sus cimientos podríamos hallar indicios de pastores neolíticos"
"Anuncia la buena nueva a quienes creen y obran bien: tendrán jardines por cuyo suelo corren ríos, tendrán esposas purificadas y estarán allí eternamente". Corán, capítulo 2, versículo 25.

La cascada es una puerta al jardín secreto. Allende la cola de espuma, reposa un caos impecable. En el territorio, hay pequeñas islas verdes, milagrosamente incólumes al hacha. Perímetros cuasi primigenios donde apreciamos la serena sonrisa del bosque, donde el pulso de los árboles se tranquiliza, se retrae en lo suyo, que es pervivir. Pueden detectarse aquí aullidos sobrecogedores, zarpazos en el plateado pellejo del abedul, cánticos aviarios oriundos de la taiga.

Los nativos las denominan morteiras. Prevalecen en laderas norte de valles abolidos, con frecuencia envueltas en nubes, siempre húmedas. No encontraremos ámbitos más intrincados. Confines de inocencia que en realidad son cárceles. El último amparo de los hijos de un dios menor, prisioneros en los arrabales de la difunta Creación.

El camachuelo emite un pío-pío lastimero, monótono, opuesto al chillón colorido de su plumaje. Una pequeña joya alada, insólita entre tanto camuflaje. Carbón incandescente que ha venido a posarse donde la hiedra crea un firme sillón, al pie del soberbio carballo forrado de musgo: el trono del Cornudo, dios celta, un veterano calvo, barbón y cornúpeta, amo y benefactor de todas las bestias. En el límite de estas apacibles fronteras, dando vistas a horizontes de azufre y molinos gigantes, hay una lápida de granito desgastada por los siglos. Cincelada en ella, la mano que empuña espada de fuego.

Quién pudiera describir el olor de estas selvas. Es la lluvia de verano, tras la tormenta, el mejor catalizador de los aromas. A mantillo, a líquenes y troncos podridos. Huele a chispa de pedernal, en la estela del azor cuando las atraviesa como el rayo. A pánico, en la desbocada huida del corzo. Hediondo cual mucosidad de sapo, harinoso en el látex de los hongos, asilvestrado como sexo de mujer. Penetra muy hondo en las vísceras, desvelándole a cada célula el origen de la armonía.

Buscar paraísos, equivale a dominar vientos, pero porfío cabezón en la búsqueda. Vivo engañado, porque si a estas alturas no lo he alcanzado, pecador jamás lo tendré. Algo sí aprendí, el paraíso no es una playa con cocoteros y rubias bronceadas sirviéndote daiquirís a ritmo sabrosón -fantasía nocturna de los jesuitas-, bien es verdad que se aproximaría mucho al auténtico si el ron fuera de primera. Tampoco puede, de ninguna manera, estar el paraíso asociado a ilimitadas extensiones de amor -fantasía vespertina de las putas-, en mi simplicidad antes escojo el sucedáneo tropical aunque las copas sean de garrafón. El paraíso está en uno mismo, me dijo don Tomás en el confesionario de la catequesis al tiempo que pintaba en el aire una no demasiado convencida cruz absolutoria, y agregaba que también el infierno. Este es el problema, el fiasco. Dato chocante, el paraíso verdadero lo disfrutan las etnias más atrasadas. Atrasadas según criterio occidental, donde aparte de los paisajes virginales que habitan, ambicionan lo justo para subsistir, gracias a lo cual pasan el día de risa en risa o ampliando su universo interior. Sin necesidad de desplazarnos tan lejos, esta conducta aún podemos observarla en paisanos de nuestras montañas, rebeldes a las doctrinas, desheredados de la ilustración. Fieles a la tierra, satisfechos con un bancal y dos cabras, no necesitan más porque ella les ha proveído de las cualidades con que se conquista el paraíso: decencia y orgullo.

La senda tortuosa, conduce por encima de la cascada hasta muy arriba, a unas ruinas. En sus cimientos podríamos hallar indicios de pastores neolíticos. Acampaban en cabañas con techo de genista, durante los meses benignos, para que el ganado pudiera beneficiar los grasos pastos alpinos. Este esplendor pastoril en auge durante milenios, ha quedado hoy reducido a tres pallozas, veinte reses. Agonizan los usos ancestrales, concluyen los pasos perdidos. Insiste aún más la senda, hacia el principal motivo de su largo trayecto, alcanzar los manantiales de la vida, las cinco fuentes sanadoras de todo mal.


Villar de Acero, abril de 1988

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