Publicidad
"El único censo válido es que salga humo por la chimenea"

"El único censo válido es que salga humo por la chimenea"

CULTURAS IR

En la casa de Pepe en Rodillazo, el último vecino en abandonar el pueblo, la maleza va comiendo sus paredes poco a poco. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen En la casa de Pepe en Rodillazo, el último vecino en abandonar el pueblo, la maleza va comiendo sus paredes poco a poco. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 31/03/2019 A A
Imprimir
"El único censo válido es que salga humo por la chimenea"
LNC Domingo Nadie vive en muchos pueblos de León, más de los que dicen los números. Es la cruel y real "España vaciada"
El consejo es del último habitante de uno de los pueblos —muchos más de los que los censos reconocen— en los que ya no vive absolutamente nadie. Algunas casas se abren unos días en verano, tal vez algún fin de semana, días para cazar...

- ¿Qué traes ahí del censo? Déjate de tonterías, el único censo válido es subir a lo alto del pueblo y mirar las casas en las que sale humo por la chimenea.

Pepe fue el último en abandonar Rodillazo. Aún recuerda los años que cada amanecer recorrió más de 10 kilómetros con el burro y los bidones de la leche para bajarlos al camión que pasaba por Felmín.

Un poco más abajo, en Tabanedo, un viejo cartel recuerda una curiosa anécdota. En él se puede leer: «Cuidado con los perros». Está a la puerta de la casa del último habitante de este lugar, Robles.

A Pepe y a Robles, uno vive en León y el otro en Asturias, pasó a visitarlos el periodista Ignacio Carrión para un reportaje en El País sobre resistentes en pueblos casi deshabitados ¡hace 20 años! Pepe no entendía la insistencia en la soledad, sobre la ausencia de vecinos y se enfadó con el periodista: «Claro, viene usted ahora en invierno (era mayo). Vuelva en agosto y se juntarán aquí hasta cinco y seis coches».
Bajó a ver a Robles. Se paró ante el cartel de ¡cuidado con los perros! y por más que le decía el barbado vecino que subiera él no se arriesgaba hasta que fue a buscarlo. Dos mastines tumbados al sol ni miraron para ellos mientras los gatos dormían en su barriga.

- ¿Estos son los perros del cuidado?
- Sí señor.
- ¿Hacen algo si no vengo con usted?
- No señor, nada, no se levantan.
- ¿Y el cartel?
- El cartel es el que muerde, los perros nada.

Los dos fueron irreductibles mientras tuvieron fuerzas pero... «crece la maleza, se estropean las carreteras, no sube el coche de linea, el médico está lejos y yo soy viejo», argumentan para abandonar, contra su voluntad.

Como aguantó Amador el de Piornedo, que también se negaba a bajar para León pese a ser manco porque le comió la mano un burro que estaba entero. Le daba igual. Incluso llegó a inventar el argumento más rocambolesco que puedas imaginar: «El agua de León me da catarro».

Nada importa que el censo a muchos de ellos les asigne todavía habitantes, pueden llegar incluso a cerca de veinte —como en Piedrafita de la Mediana—, la realidad cuando llegas allí es que son cementerios de soledades, que el censo real —el de regresar temprano, subir al punto más alto y esperar a que se enciendan las chimeneas— desvela que no vive nadie en ellos, que hay censo de resistentes. El último de Piedrafita, Emilio, tampoco pudo con la insistencia de los hijos por más que argumentaba que «cuando paso de las Hoces para abajo... no respiro».
Pepe el de Ariego se murió resistiendo en su casona omañesa, como el caballero andante que fue, cuidando del molino, de su casona y escribiendo cartas al Papa o Sofía Loren, esperando respuesta.

Son pueblos que se van uniendo a una larga lista que viene sumando nombres desde hace años, décadas: «Villarrasil, Labor de Rey, Santa Lucía de Valdueza, San Adrián de Valdueza, San Cristóbal de Negrillos, Las Tejedas, Ferradillo...». Pueblos que hicieron historia. En Villarrasil vivió Matalobines —una vida en el nombre—, en Ferradillo se creó una guerrilla, las del Valle del Silencio algo parecían intuir.

Recorrer ahora sus calles en una mañana de sol como las que hizo esta semana es una fiesta para Mauricio que no para de tirar fotos en todas las esquinas —«esta iglesia tiene unas calaveras en la pared»—, para las lagartijas que miran extrañadas pero no se van... pero es un cruel recuento de derrotas si conociste a los últimos habitantes, si supiste de su batalla por seguir aferrados a su tierra, pero parece que la decisión de construir un «León vaciado» era muy firme y ya es una realidad.

- ¿Vas a ir a Madrid a la manifestación contra la despoblación?
- A buenas horas.

"Si las lagartijas tienen rabo, no hay niños ni escuela"


En un cuento del gran Gabriel García Márquez, creo que de su libro ‘Ojos de perro azul’, explica cómo al llegar a un poblado supo que «no había ni escuela, ni tampoco niños en el pueblo». Y es que había observado que «las lagartijas que tomaban el sol en las paredes no se asustaban y, además, todas ellas tenían rabo», prueba contundente de la ausencia de chavales.

En nuestra tradición oral sobran los testimonios de la difícil relación de las lagartijas con los humanos: «Legartija tuerta / asómate a tu puerta  / que viene Juan Blanco / con un gorro blanco / y viene diciendo / que te va a matar / con una espada alante / y un cuchillito atrás».

Pero en los pueblos vacíos, vaciados, que recorrimos sobraban las lagartijas, todas con rabo, ninguna se asustaba. Al ver la primera le pedí a Mauri una foto, por lo del cuento, y no estaba en buena posición por el sol... no fue problema. Pudo hacer cientos de ellas, en cada pared, en cada hueco, sólo si se acercaba demasiado podían esconderse, y no todas, se saben las únicas habitantes de la pared y no hay escuela.

La ruta de las lagartijas.  
Volver arriba
Newsletter