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El sustrato de la memoria

El sustrato de la memoria

OPINIóN IR

16/03/2020 A A
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El sustrato de la memoria
Del «sustrato de la memoria» habla Luis Mateo Diez en el pórtico del libro de Francisco Alvarez Velasco ‘Incursión y muerte del demonio meridiano’ editado por Eolas. Uno más de los narradores leoneses de entonces, Pereira, Luis Mateo, Merino, Aparicio, Torbado, etc., este profesor de literatura y gran poeta de de Cimanes del Tejar, es uno de aquellos ‘claraboyos’ que mamaron la literatura y la practicaron con delectación. Muchos fueron poetas antes que frailes y lo siguieron siendo después, pues ellos mismos son, o pretendieron ser, literatura en general.

De allí, orillas del Órbigo, su ‘Macondo’ que llama Guadromal sale huyendo el Marquesito que regenta en la capital una Agencia de Nodrizas o vaya usted a saber. Y que terminará amigando con el Cardenal Daniélou, aquel que murió «mientras cabalgaba en la grupa de la ramera» Mimí.

Este cronista, que trata y amiga a Paco desde los tiempos aquellos de la ya lejana Claraboya, recuerda que llega de la mano de Agustín Delgado, el más insigne de entre nosotros, teórico e ideólogo del grupo, y que, antes de tiempo, decidió salir de este embrollo de la realidad. Llegó para quedarse y participar en aquel aquelarre de imaginación protagonizado por pintores, poetas y demás, algunos de los cuales configuran una nueva edad de oro de la literatura en general. Paco retrata la intimidad de un pueblo de los que todos vivimos de pequeños, de los de antes y durante el nacional-catolicismo, de los que sobrenadaron en el naufragio de la guerra civil, y en el que los tipos más disparatados tuvieron, o pudieron haber tenido, su lugar. Con todo el furor y desparpajo de un Luis Mateo en su mejor tono valleinclanesco, pone en pie todo un elenco inolvidable de sujetos que hacen las delicias de cualquier lector que sepa calzarse las antiparras convenientes y respirar aquel ayer.

Quien conozca a Concha la Plexiglasa, por poner un ejemplo, ya nunca más querrá olvidarla. Tan poderosa la pinta él. Pero es que Concha no vive sola en el pueblo de Guadromal, donde regenta una fonda por la que terminará pasando hasta el Obispo, el único por cierto que no entró a «amasarle los pechos» como era de precepto allí. Estilita, Auristela, Tirso Riosa, La loba parda, Tano, don Gerómides Epulio, la pega republicana, y un sinfín de seres que levantan un mundo de ensoñación difícil de encontrar en la literatura actual.

El marquesito tampoco es el único loco que salió incólume de allí. Paco también salió. Y ahora saca el sustrato de su memoria. Su imaginación. De advenedizo a lugareño. Unos copos como moqueros caían allí
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