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El sabor de la lluvia

El sabor de la lluvia

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Vista general del desierto. Ampliar imagen Vista general del desierto.
Alfonso Fernández Manso / Óscar Fernández Manso | 31/08/2019 A A
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El sabor de la lluvia
Salvaje América El libro ‘La Tierra de la Lluvia Escasa’ de Mary Austin me acompañará en mi visita por el Parque Nacional de ‘Los Arcos’
La lluvia cambia de sabor con la geografía. La escritora Mary Austin ha sido capaz de recopilar todos los sabores de la lluvia. Aprendió a saborear la geografía del desierto y de sus múltiples habitantes. Su delicado lenguaje nos muestra los distintos sabores de la lluvia: «Aquí en el desierto no encontrará lluvia cuando todo la está pidiendo a gritos, habrá rápidos aguaceros llamados chaparrones debido a su violencia. Una tierra de ríos perdidos, con poco que amar en ella; pero una tierra a la que, una vez se ha visitado, hay que volver inevitablemente. Si no fuera así, poco habría que contar de ella».

Las palabras de Mary Austin animan a volver inevitablemente de nuevo a la naturaleza. Incluso en el desierto más inhóspito, la naturaleza desborda de atributos auténticos, es fértil y generosa, seductora y hechicera, nutritiva y femenina. Esta sensibilidad intelectual y espiritual llevará a Mary Austin a ser una defensora de las cuestiones ambientales y sociales, a intentar salvaguardar la naturaleza y sus habitantes. Su libro ‘La Tierra de la Lluvia Escasa’ me acompañará en mi visita por el Parque Nacional de ‘Los Arcos’.

‘La Tierra de la Lluvia Escasa’ es un clásico, un idolatrado libro sobre el mundo del desierto. En él la autora reflexiona sobre las maravillas de las zonas áridas, de su complejo paisaje natural, del escaso y singular paisanaje que habita «las colinas abrasadas y las mesetas endurecidas por el sol». Aunque también es consciente de los límites de la literatura en esta ardua tarea: «hay ciertos picos, cañones y praderas abiertas que se encuentran por encima de cualquier límite de las palabras».

El Parque Nacional de ‘Los Arcos’ ubicado en el este de Utah es uno de aquellos espacios de lluvia escasa que recuerda el libro de Mary Austin. De nuevo el desierto nos sorprende por su escondida vitalidad. La lluvia de este Parque Nacional tiene en ocasiones el dulce sabor de las flores que su agua renace: «La flora del desierto nos avergüenza con sus alegres adaptaciones a las limitaciones estacionales. Su único deber es florecer y dar fruto y lo hace con esfuerzo, aunque con lujuria tropical, en virtud de la lluvia».

El Parque Nacional de ‘Los Arcos’ es bello, un sinfín de formas caprichosas lo configuran. Contiene la mayor densidad de arcos naturales del mundo, más de dos mil arcos juntos: «La escultura de las colinas aquí se debe más a la erosión del viento que a la del agua, aunque las tormentas veloces a veces dejan una cicatriz que dura varios años. En todos los desiertos del oeste hay ensayos en miniatura del afamado y terrible Gran Cañón, al que, si uno permanece lo suficiente en estas tierras, llegará al fin».

El agua y el hielo, las temperaturas extremas, y el movimiento subterráneo de sal fueron los responsables del paisaje de gigantes y sugerentes esculturas naturales. «En los anchos baldíos abiertos a los vientos, las arenas se desplazan en remolinos sobre los arbustos rechonchos y, entre ellos, el suelo muestra rastros salinos». La lluvia aquí sin duda tendría un intenso sabor salado.

Pero en el desierto lo salado no se contrapone a lo vivo. La idea de la diversidad y complejidad natural del desierto la recoge Mary Austin en el capítulo ‘Senderos de agua del Ceriso’. En él la autora detalla la forma en que los diversos animales del desierto cooperan para compartir el abrevadero y guiarse mutuamente con sus senderos. Incluso los carnívoros cazadores abandonan su depredación para permitir que sus presas apaguen su sed en el abrevadero para que ambos puedan continuar sobreviviendo. Todos comparten las limitaciones del desierto, la tregua de la existencia la encuentran en los límites del agua. Predadores y presas conviven para que el ecosistema funcione y sobreviva.

La apariencia pétrea de Parque Nacional de ‘Los Arcos’ no es tal si observamos con detalle sus pequeños valles, los espacios entre las grandes formaciones rocosas. Los pinos piñoneros y juníperos nudosos dan un toque de verde, un contraste con el terreno de arenisca roja. Con condiciones favorables, las flores silvestres florecen en abundancia de abril a julio. La mayoría de los mamíferos son nocturnos, pero durante el día es posible ver el venado de cola negra o el zorro enano o, con más frecuencia, la liebre «jackrabbit», la liebre de cola blanca y varios roedores y reptiles pequeños. Bandadas de piñones azules pueden chacharear en los árboles. Un observador cuidadoso puede ver aves migratorias como los pájaros azules montañeses y sedentarias como las águilas doradas.

Este descubrimiento de la naturaleza no es fácil en una visita aislada como constata en su libro Mary Austin: «No se llega al verdadero corazón del territorio durante un mes de vacaciones. Uno debe pasar aquí, con la tierra, el verano y el invierno y esperar sus acontecimientos. Pinares que tardan dos o tres estaciones en madurar las piñas, raíces que yacen en la arena durante siete años esperando que llegue la lluvia, abetos que crecen durante cincuenta años antes de florecer; a estos hace falta tiempo para conocerlos».
Mucho más difícil es descubrir el universo mágico del desierto, las historias que pueden llegar a sugerir sus paisajes: «La palpable sensación de misterio del aire del desierto engendra fábulas, principalmente de tesoros perdidos. En algún lugar dentro de sus desnudos límites, si uno cree lo que se cuenta, hay una colina con pepitas, otra contiene hilos de plata virgen, una antigua cuenca arcillosa donde los indios sacaban tierra para hacer ollas y les daban forma con granos de oro puro». Mary Austin en su libro nos habla del agua del arroyo del Hassaympa, que consigue que quien bebe allí vea los hechos bajo el prisma romántico: «no fue la gente que entró al desierto simplemente para escribirlo quien inventó el legendario Hassayampa, de cuyas aguas, si alguna bebida, ya no pueden ver los hechos como hechos desnudos, sino todos radiantes con el color del romance. Yo, que debo haber bebido en mis andanzas dos veces siete años, estoy seguro de que vale la pena».

Pero yo quizá el sabor más agrio y amargo de la lluvia lo percibo en el capítulo del libro ‘El pueblito de las uvas’. Allí Mary Austin narra la historia de un pueblo sencillo que vive en paz con su entorno. Con casas hechas de barro, vino casero y jardines para proporcionar las frutas, verduras y hierbas, la gente del pueblo vive una vida simple sin las complejas nociones de riqueza y clase de los que viven en la ciudad. Las vidas de pueblo consisten en poco más que plantar, cosechar, comer, hacer música, criar niños y bailar. El libro fue publicado hace más de un siglo y nada de ello queda en este desierto, sólo el agrio y amargo sabor del progreso desmedido.

Mary Austin en aquel lejano tiempo pedía ya al lector que abandonase su vida moderna y viviera cerca de la naturaleza para experimentar paz, armonía y divinidad. Para ello lanza los dardos de su literatura. La imagen creada de desierto al comienzo de su libro es la de la dureza del calor y sequedad casi insoportables, salpicada por tormentas violentas. A pesar de la descripción de cuán inhóspito es el paisaje, al final Austin propone que los costos que la Tierra impone a un hombre valen la pena porque le proporcionan una tranquilidad mental y corporal que no se puede lograr de otra manera. Esta visión profunda y vivencial de la Tierra sólo se adquiere viviéndola: «La Tierra no está dispuesta a dar gratuitamente lo mejor de sí a todo el que llega, sino que guarda una intimidad dulce individual para cada uno». Hoy junto a Mary Austin esta Tierra me ha desvelado el verdadero sabor de la lluvia.
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