'El Rey León'

'El Rey León'

OPINIóN IR

26/05/2022 A A
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'El Rey León'
Justo el día anterior había cumplido once años. No recuerdo si había estado antes, pero aquella vez fue inolvidable. Se estrenaba ‘El Rey León’, solté la mano de mi madre y bajé como una exhalación por uno de los pasillos laterales del patio de butacas del Teatro Emperador con miedo a quedarme sin sitio. Apenas era capaz de bajar el asiento de aquellas preciosas e incómodas butacas, pero finalmente lo conseguí y esperé inquieto a que se apagaran las luces para disfrutar de la mejor película de animación de todos los tiempos.

No pasa un año entero sin que vuelva a verla ni sin que alguien nos anuncie conversaciones en avanzado estado de gestación para que el telón de nuestro amado teatro vuelva a levantarse algún día. Pero al final ese día nunca llega. Ni está, ni se le espera, como ocurre con otros muchos proyectos anhelados por una tierra que solo gana población cuando los emigrantes se jubilan y deciden volverse al pueblo.

Llámeme nostálgico o piense que el recuerdo que tengo es el de un niño que entonces era feliz, pero creo que de aquella nuestro León era como Mufasa, porque parecía que nada se nos ponía por delante como sociedad y que nada verdaderamente malo nos podía pasar.

Pero luego van llegando las hostias y este Simba que ahora junta letras se quedó sin su Mufasa al mismo tiempo que nuestro León se iba convirtiendo en un ejemplar enclenque, cainita y plagado de cicatrices, justo igual que Scar, el malo de la película que con tanta ilusión vi por primera vez en el Emperador aquella tarde del 8 de noviembre de 1994.

Y la causa de la decrepitud de este nuestro terruño aparecía también en aquella gran pantalla. Eran las grandes enemigas de la manada de leones, las repelentes hienas, que solo querían acabar con aquel reino animado, como quienes se apresuraron a cerrar las minas de carbón y las térmicas sin pensar en qué iba a ser de nosotros o como quienes han mirado siempre a otras provincias con su ojito derecho mientras la nuestra se sumía en la nada e iba peinando cada vez más canas. Quizá por eso mis recuerdos del Emperador empiezan con Simba y acaban con Manolo Escobar.
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