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El llanto de los ríos (A Pepín Braña)

El llanto de los ríos (A Pepín Braña)

TRIBUNA DE OPINIóN IR

Francisco Javier Gonzalez Rojo | 06/07/2019 A A
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El llanto de los ríos (A Pepín Braña)
Al cielo azul de aquel Riaño arruinado bajo las aguas del pantano se entraba, desde el sol del mediodía, al cruzar el río Esla por el puente de Bachende que ponía nombre, también, a uno de los más famosos cotos trucheros de toda España. Por encima, el rio formaba un extenso remanso conocido como La Tabla de la Canaliega.

Al cierre de la veda de la pesca, se juntaba el pueblo y se salía con la red, el trasmallo y la garrafa a recorrer los pozos y las tablas limpiando el río de invasores y depredadores de la trucha, es lo que se conocía como la canaliega o ‘correr los peces’. Entre uno o dos días, se sacaban barbos, carpas, bogas y se devolvían al río las truchas. Los peces que se capturaban, que daban calderadas para todos, se repartían entre las casas que, al ser espinosos, por lo general se escabechaban pudiendo aguantar hasta el invierno.

Hasta que el pantano secó los ríos en invierno y los desbordó en verano y acabó con el baño y el turismo, la canaliega se practicó en otros pueblos ribereños como en Crémenes y Villayandre, y también y con otros nombres, en más aguas de León.

Se trata de otro caso de la Gestión Comunal Leonesa, con la que no solo se mantenía el equilibrio en el entorno natural sino que, además, este se hacía productivo, consiguiendo, a su vez, otra doble finalidad (bucle conceptual sustancial a la misma), cubrir necesidades de sus pobladores y obtener un beneficio para el pueblo. La llegada de pescadores españoles y, sobre todo, europeos llenaban desde abril los tres hoteles y el Parador Nacional de Turismo del lugar y, por lo mismo, muchos con sus familias compartían casa con los vecinos durante el periodo vacacional de los hijos, anticipando lo que hoy se denomina turismo rural. Algunas terminaron construyendo allí chalet, turismo residencial.

Que aquel Riaño ahogado fuera el reino de la trucha se debía a esa gestión y a los molinos y a los puertos de regar que hoy penaliza y destruye la Confederación Hidrográfica, ¡a la producción! y no a la prohibición.

Los molinos, además de fábricas de harina, eran viveros de truchas. Sus aguas reguladas, la presa, conformaban el lecho idóneo para la caba al contener las crecidas repentinas de los ríos que llevaban todas las huevas por delante, convirtiéndose el pozo de la rueda de moler, con lo que caía de la molienda, en cebadero negro de truchas. ¡Los molinos! Aquellas fábricas de harina amuelaban al amanecer y al atardecer para dar la luz que la gente necesitaba a la hora de ordeñar y atender la cuadra, aunque fuere de baja potencia.

¡Y los puertos! Aquella agua retenida era la defensa de la trucha cuando los ríos en agosto se escosaban.

¿Y qué queda de eso? Primero el Estado quitó a los pueblos los Derechos de Cuenca, ¡cómo si la historia prescribiera!, luego, en aras de la Utilidad Pública, se quedó las aguas, se usurpó la Gestión Comunal de aquellos pueblos y, la autonomía, acabó prohibiendo la venta de truchas de esos ríos, Desaparecieron esas truchas del plato de los restaurantes y, con todo, desaparecieron las truchas de los ríos.

Ahora, la canaliega es cosa de cormoranes que, en bandada, se aprovechan del caudal Invernal como un hilo, ¿ecológico?, hasta las sueltas de agua según necesidades de Iberdrola y, mucho menos, de los regadíos.

Cuando empezaron a escasear las truchas, lo primero fue echar la culpa a los furtivos, después a los detergentes, a la pelagra, pero ¿y al abandono? ¿a esa falta de gestión que no se sustituyó? ¿De verdad la administración autonómica no extrajo truchas de los cotos montañeses para llevarlas a otros puntos de la autonomía de aguas calientes y que solo sirvieron de cebo para lucios?

¡Furtivos! ¡Cuándo faltaron los furtivos! Y sin embargo nunca mermaron las truchas. Cómo no iba a hacer la vista gorda Zacarías, aquel guarda, hijo de la comarca, al que tanto debió su fama Bachende, con el pobre Paco Lira, padre de familia numerosa y sin capital ni patrimonio a qué agarrase si no fuere a su trasmallo. De salud quebradiza y economía quebrada, aunque lo pillara, ¡cómo multarle! si por muchas que sacara, ¡qué daño hacía comparado con que en su casa se quedaran sin comida! Y sin furtivos ¿quién hubiera suministrado truchas a los hoteles? El lugareño pescaba para comer, no por diversión y ¡quién cuidaba más el río!

Ah si en vez de prohibir se arreglaran y limpiaran las tablas y los pozos, se construyeran piscifactorías naturales en los pedregales con la función de los molinos y los furtivos, entonces, se crearían puestos de trabajo para los Paco Liras y la trucha reinaría en los menús de los restaurantes y en la economía.

Pero entre pes y pas, Pantano, intereses eléctricos, Parque, Patrimonio Natural, ¡Prohibiciones!, abandono ecologista y el expolio de la Gestión Comunal y su desconocimiento hasta por los actuales administradores y habitantes de los pueblos, han dejado aquello sin canaliegas, sin furtivos, sin truitas y sin gente. Aquellas aguas trasparentes ahora son ríos quejumbrosos que dan pena.
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