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El leonés al que asustó Santi Potros

El leonés al que asustó Santi Potros

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El saxofón mató muchas de soledad de Sergio en las calles de Odollo. | CECILIA ORUETA Ampliar imagen El saxofón mató muchas de soledad de Sergio en las calles de Odollo. | CECILIA ORUETA
Fulgencio Fernández | 12/08/2018 A A
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El leonés al que asustó Santi Potros
Verano Sergio Álvarez Cañueto, cabreirés de Odollo, saxofonista en la recordada orquesta del pueblo, se fue a Madrid, a una portería, y a los pocos días estalló delante de él la bomba
Sergio Álvarez Cañueto, Sergio el de la orquesta Los de Odollo, me regaló hace muchos años uno de los momentos más emotivos de tantos personajes. Bajaba por las calles vacías y empinadas de Odollo —«no vive nadie, solo Sergio y Adelina» me habían avisado—y el silencio solo lo rompía el rumor de la presa de abundante agua que bajaba a gran velocidad y un leve murmullo de saxofón como telón de fondo. La sonido del saxofón era cada vez más nítido, curiosamente ensayaba Karma chameleón... y a la sombra de la torre inclinada de la iglesia de Odollo, donde estuvo la escuela, sentado en un madero, tocaba Sergio. No miró hasta que no acabó la canción y, sin preguntar nada, le dijo a su mujer que estaba en la puerta: «Trae una cerveza para este hombre... ya que vino y aguantó la canción».

Desde aquel día le frecuenté siempre que pude, allí seguía, y le costaba poco coger el saxofón, en la plaza o en la cocina, aunque el reúma iba agarrotando sus dedos y cambiamos las horas de saxofón por las de conversación. Merecía la pena. Aunque la mayor pena fue su adiós hace unos pocos meses, cuando marzo arreciaba con sus fríos.

Su nacimiento en 1920 le convertían en historia viva de ese lugar cargado de leyendas, Cabrera, de ese Odollo en cuesta, de aquellos montes que suenan a Girón o Antonio El Ruso, la de Víctor, su amigo y paisano que acabó en un campo de concentración, de las gentes trabajadoras, como él, de los momentos de diversión que amenizó con su orquesta Los de Odollo, en la que tocaba el saxo y con los que recorrió todos los pueblos cabreireses y hasta Sanabria... También sabía Sergio de la vida de aquel cura, Manuel Bruña, que fue uno de los ‘motivos’ del escándalo que levantó el libro de Carnicer ‘Donde las Hurdes se llaman Cabrera’ pues el saxofonista también conoció a Carnicer...

Sólo había un pasaje que —«pese a las muchas penurias», como decía él—parecía turbarle más de lo común, la bomba. Pronunciaba la palabra y agachaba la cabeza, era evidente que no le gustaba recordarla. «De aquí de Odollo fue mucha gente para Madrid, de pescaderos la mayoría, entre ellos mis hijos, y como en el pueblo cada vez se ponían peor las cosas surgió la oportunidad de ir para Madrid, a trabajar en una portería, que no es un trabajo que mate. Y marchamos Adelina y yo, estábamos muy bien...». Callaba y al momento remataba: «Hasta la bomba».

Una mañana, muy temprano como a él le gustaba, se levantó para que todo estuviera en orden en aquel portal cuando empezaran a salir los vecinos. Estaba en sus cosas y el estruendo fue terrible, allí enfrente, en la calle, en la Plaza de la República Dominicana. ETA acababa de cometer la que se llamó entonces «la mayor masacre». Así lo contaba la prensa: «Eran las 7.45 horas y, como cada día, una comitiva formada por un autobús, un microbús y un todoterreno trasladaba a 70 agentes a la Venta de la Rubia, a las afueras de la capital, donde realizaban prácticas de conducción en motocicleta. Siempre por el mismo camino. Siempre a la misma hora. Guardias de entre 18 y 25 años...». Un atentado del que se ha vuelto a hablar en estos días pues el responsable del mismo era Santi Potros, que acaba de salir a la calle.

Sergio, asustado, salió a la calle, no se podía creer lo que veía pero hizo lo único que creyó que debía hacer: «Fui hacia el autobús, saqué gente, estaban ensangrentados...».

Y durante mucho tiempo Sergio se preguntaba qué habría sido de aquel guardia que rescato de entre los hierros y llevó en sus brazos hasta las ambulancias que llegaban.
- ¿Se podría saber qué fue de él, si murió después o está bien?
- ¿Recuerdas su nombre? Se puede mirar en las listas de heridos.
- Qué voy a saber de él, ni nombre ni nada, sólo recuerdo su cara ensangrentada... pero sí me gustaría saber que está bien.
Nunca lo supo. Lo que sí supo es que iba a hacer nada más que pasó aquello «de la bomba», regresar a Odollo, desempolvar el viejo compañero —«tiene más de 70 años»—e interpretar en la plaza un solo de saxofón contra una bomba.
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