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El hombre que dejaba leña en la puerta

El hombre que dejaba leña en la puerta

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Toño Morala en una lectura del Ágora de la Poesía. | VICENTE GARCÍA Ampliar imagen Toño Morala en una lectura del Ágora de la Poesía. | VICENTE GARCÍA
| 25/07/2020 A A
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El hombre que dejaba leña en la puerta
Comunicación Por Fulgencio Fernández
Siendo muy niño, tanto que seguramente sea el primer recuerdo de mi infancia, la abuela me sacó de la cama al amanecer para que viera —sentado al calor de la cocina que ella había ‘prendido’ antes— cómo era con las primeras luces del día el horizonte blanco en la mañana de la primera nevada del año, que también era la primera de mi vida. Todo el mundo que yo veía era de un blanco virgen, un color tan puro que jamás lo he vuelto a ver.

Embelesado en la contemplación del blanco, la nieve y los primeros petirrojos que se asomaban a la ventana vi aparecer en el horizonte una luz. «Es Adelino, va para la mina, por los andares», dijo la abuela. La luz se acercó rompiendo la nieve, era del casco, y se perdió justo debajo de la ventana unos minutos. Reapareció y se fue. La abuela, viuda desde siempre, salió a la puerta y cogió una cesta de leña que le había posado allí Adelino para que no tuviera que salir entre la nieve.

Adelino era minero,  iba andando muchos kilómetros hasta el tajo, asturiano, rojo y libre. Era inevitable que se dijera en voz baja que era «comunista». Yo no entendía nada. Sólo sabía de él que le dejaba la leña a la abuela, para que no ser mojara en la nieve, por lo que deduje que «los comunistas son gente que va dejando leña en las puertas para combatir el frío».

Esas cosas que aprendes de niño te cuesta mucho trabajo que alguien te convenza de que no son la más pura verdad. A mí me pasó. Leía cosas, se decían otras, les pintaban cuernos y rabo en vez de luz en el casco, todas las plagas tenían que ver con sus maldades...

Es lógico que dudes.

Es inevitable que dudes.

Pero un día conocí a Toño Morala y Mar Ferreras —el órden se debe a que primero conocí a Toño y después a Mar, nada más— y recuperé en su boca y en su vida palabras en serio peligro de extinción, sin ningún aprecio en los tiempos que se vivían:dignidad, obreros —‘Mujeres obreras, trabajadoras siempre lo fueron’, se titula un capítulo del libro—, solidaridad, igualdad, amistad, amistad, amistad...

Y se acabaron las dudas, pronto supe que Mar y Toño eran aquel hombre que dejaba la leña posada en la puerta para combatir el frío de los inviernos en las casas de los obreros, supe que eran «comunistas que van dejando leña», que es su oficio, que eran aquellas gentes empeñadas en ser cercanas a los suyos, fieles a los suyos, incapaces de volver la cara cuando alguien necesita ayuda... El Adelino de cada amanecer.

Y jamás me dieron motivo para un segundo de duda. Ellos colocan cada día la jaula de leña en la puerta.
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