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El efecto Perrault

El efecto Perrault

OPINIóN IR

11/03/2018 A A
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El efecto Perrault
Durante casi una semana he vivido en directo el desarrollo de la feria tecnológica más importante del mundo. Cuatro jornadas de intensa actividad a velocidades 5G para conocer de primera mano los últimos avances en ámbitos tan dispares como el ‘Internet de las Cosas’, la ‘Inteligencia Artificial’ o los ‘Coches Conectados’, por poner algún ejemplo de una larga lista de tendencias. En mi caso, trabajar por segundo año consecutivo en las entrañas del Mobile World Congress forma parte de ese salario emocional que venden algunos ejecutivos y que yo me creo de vez en cuando. Entrar estos días con otras cien mil almas a las instalaciones de la Fira en Hospitalet de Llobregat sería algo así como acudir una mañana de 1878 a la Exposición Universal de París y comprobar in situ el funcionamiento de los inventos allí presentados por Alexander Graham Bell o Thomas Alva Edison. Tras analizar los principales indicadores del retorno que provoca cada edición de este evento en Barcelona y sus alrededores (más de 13.000 empleos temporales y unos 500 millones de euros de caja) me veo en la obligación de pedir para León unas cifras similares, quitando un par de ceros si hace falta. En mayo abre sus puertas el Palacio de Congresos y Exposiciones, diseñado por Dominique Perrault, autor y rehabilitador de espacios asombrosos como son la Biblioteca Nacional de Francia, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Hipódromo de Longchamp o el Pabellón Dufour, ubicado en el mismísimo corazón de Versalles. Debiéramos sentir el efecto Perrault no solo ante nuestros ojos, pues este edificio se convertirá en un hito arquitectónico de referencia internacional, sino también en la economía de la ciudad y, por extensión, en toda la provincia. Tenemos un continente que nos ha costado casi 70 millones en la factura final y ahora toca dotarlo de contenido. Aunque arrancamos la programación, nos guste o no, con una cita dedicada a la industria militar es de esperar que, al menos y a partir del 1 de enero, todos las partes involucradas se marquen como objetivo mínimo estrenar un gran evento cada mes. En los 10.000 metros cuadrados que ha concebido el genio francés entran 5.000 congresistas que, si gastasen tirando por lo bajo 50 euros diarios como hice yo en Barcelona, dejarían no menos de un millón en nuestras arcas por otras cuatro jornadas de intensa actividad. Ya sé que estas son las cuentas de la vieja, pero la oportunidad se levanta en el deprimido Barrio de La Sal y hay que aprovecharla. Confiemos.
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