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El cura del pantano

El cura del pantano

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Una de las imágenes más repetidas del conflicto de Riaño, don Antonio camina entre las ruinas acompañado de otro cura, don Eustaquio. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Una de las imágenes más repetidas del conflicto de Riaño, don Antonio camina entre las ruinas acompañado de otro cura, don Eustaquio. | MAURICIO PEÑA
Víctor S. Vélez / Fulgencio Fernández | 23/06/2019 A A
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El cura del pantano
LNC Domingo Para el histórico cura de Riaño, el de la época del pantano, quiso la providencia divina que dejara este mundo el día de su santo, San Antonio de Padua. Su recuerdo permanece entre los vecinos
Un reportaje en el suplemento dominical de El País sobre la demolición del pueblo de Riaño y otros ocho más para cerrar la presa y que las aguas ahogaran el valle comenzaba así: «Fue don Antonio, cura párroco de Riaño, quien primero se dio cuenta de que lo del desalojo y las demoliciones de los inmuebles de la localidad iba en serio. El martes, a los pocos minutos de la llegada de la Guardia Civil, el sacerdote sacó los santos óleos de su vivienda y los transporté, en un pequeño maletín de madera, a la iglesia, distante muy pocos metros, quizá confiando en que allí estarían más seguros».

Dos de las imágenes más repetidas como «resumen» de aquel conclflicto del pantano, en julio de 1987, son las de dos curas caminando sobre las ruinas del pueblo, aprovechando tal vez que a ellos les daba cierto «cuartelillo» la guardia civil, privilegio que no tenían ni los vecinos ni los periodistas. Son el ya citado don Antonio —natural de Prioro, como tantos curas; González Rodríguez de apellidos— y don Eustaquio, natural de Barniedo de la Reina y que había ido a visitar a su colega.

La otra imagen (todas de Mauricio Peña) es la de la desolación ya consumada, una misa entre las ruinas de pueblo ya devastado, los feligreses rodeados de vigas que fueron de las casas, tejas rotas que fueron tejados, piedras que fueron paredes... y el cura al fondo. Antonio González.

Siempre estaba este cura en la tramoya de la vida de Riaño. Supo y quiso estar al lado de los vecinos, por eso cuando el conflicto pasó él siguió allí, él siguiendo siendo el cura de Riaño que un día decidió convertirlo en párroco emerito del lugar, cuando la edad y la salud le obligaron a irse a vivir a una residencia en la capital de la provincia, donde falleció el pasado 13 de junio.

Por providencia divina o simple casualidad terrenal, el destino dictó que Antonio González Rodríguez, el párroco del viejo Riaño cuando la presa lo anegó en 1987, dejara este mundo el día de su patrón San Antonio de Padua. El 13 de junio y a los 91 años de edad, don Antonio, como era conocido por todos en los pueblos de la Montaña oriental, fallecía en la capital leonesa dejando una mezcla de nostalgia y tristeza entre los mayores del Riaño actual.

Nacido en Prioro —el pueblo de los curas donde se repite aquel dicho de «de Prioro, cura o pastor... y luchador»— todos destacan la calidad humana de un hombre que «le tocó lo peor de lo peor», al hacer frente a los meses previos al derribo de la iglesia de Riaño y el cierre de las compuertas que inundó para siempre nueve pueblos de la comarca. El lunes día 17 se celebró una misa en Riaño por el que fuera su cura, oficiada por seis sacerdotes entre ellos el actual párroco de la localidad, Javier Carande.

Natural de Éscaro, pueblo desaparecido bajo el pantano y que se situaba a unos pocos kilómetros del viejo Riaño, Javier Carande conocía «de toda la vida» a Don Antonio a pesar de ser dos décadas más joven y destaca que el recuerdo que pervive en la comarca es que «fue un hombre bueno. Alguno perdía los nervios porque a alguien había cargar con las culpas, pero él nunca dijo ni pío. Hubo muchos problemas pero él nunca se metía en ellos, lo suyo era solo ayudar», apunta Javier Carande sobre aquellos sucesos de hace más de tres décadas.

Don Antonio fue el cura que entregó la llave de la iglesia en aquel año 1987 y hace tan solo algunos meses recordaba a este periódico lo «duro y complicado que fue de llevar aquellos tiempos. «El papel de Don Antonio fue complicado porque tenía cinco o seis pueblos que se anegaban. Se quedó sin iglesia y sin nada, luego estuvo años diciendo misa en la calle o donde podía», recuerda el actual párroco riañés.

Buena prueba de la cantidad de conflictos que tuvo que lidiar es que cuando le recordamos la anécdota de la llave reconoció «que me lo han dicho y claro que será cierto, es el modo lógico de proceder pero ocurrían tantas cosas cada día que me cuesta recordar cada una de ellas... y ya tengo 91 años», explicaba .

"Tendría que haber sido Papa"

Una vocación sacerdotal que le acompañó siempre, como cuando iba andando de La Puerta a Carande «nevará o hiciera como hiciese», y que es reconocida por las generaciones riañesas de los años sesenta y setenta a quienes enseñaba latín o religión y a las que acercó la primera comunión. «Era una bellísima persona. Soy una persona de ciencias, no de fe, pero reconozco a las buenas personas. Si la Iglesia representara lo que tiene que representar este hombre tendría que haber sido Papa», señala uno de aquellos niños que ya ‘peina canas’.

En la despedida que Riaño brindó a Don Antonio también estuvo presente el capellán del Hospital Monte San Isidro, Gregorio González, quien dedicó unas emotivas palabras de reconocimiento a su figura, o Manuel Fresno, párroco de Olleros, quien también destaca su cualidad de «ser un hombre cercano en los momentos de sufrimiento por el cierre del pueblo. Le hicieron una despedida dos o tres años después de irse de Riaño y tuvieron que traerle a remolque. No era de esos de darse el pote, todo lo contrario. Fue un homenaje por todo lo que luchó cuando lo del Pantano», explica Carande.

El actual párroco riañés relata que en las calles del pueblo es habitual escuchar «¡qué bueno era Don Antonio» o «ese cura era demasiado bueno», matizando que «es algo que le decían en vida, no como suele pasar cuando uno se muere». Unas valoraciones que no exclusivas del clero puesto que los vecinos destacan «su humildad» y que «estaba para todo el mundo. El que fuera a su casa tenía lo que tenía Don Antonio. En Riaño hubo gente que le dio dinero para comprarse una sotana nueva y él le daba ese dinero a la gente más necesitada», apunta el riañés Miguel Valladares.

Toño González también asegura que «era un cura de los de verdad» y que en el pueblo «todos querían mucho» al hombre que recogió el hábito de Don Vicente. «Don Antonio fue quien nos dejó sacar el antiguo pendón del arca, que estaba hecho jirones, y recoger las tallas que estaban abandonadas en la sacristía», recuerda con cariño este vecino de Riaño.

Aunque los restos mortales de Don Antonio descansarán para siempre en su Prioro natal, buena parte de su memoria quedará sumergida en el viejo Riaño. Su labor de ayuda y consuelo a las gentes del valle en la época más complicada de sus vidas forma parte ya del recuerdo colectivo del paisanaje de las montañas de León.
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