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El artesano o el cementerio de San Froilán

El artesano o el cementerio de San Froilán

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| MAURICIO PEÑA Ampliar imagen | MAURICIO PEÑA
Javier Carrasco | 19/02/2020 A A
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El artesano o el cementerio de San Froilán
Trazos (VII) Por Javier Carrasco
Superado el puente, que da entrada a la barriada de Puente Castro, bajo el que discurre el río Torio, construido en tiempos de Carlos III por el maestro arquitecto Bernardo Miguélez como indica el escudo que sostiene uno de los cuatro leones con cabeza de apariencia humana que lo adornan, siguiendo la Avenida San Froilán, después de bordear algunos solares vacíos, donde crecen en verano plantas de gordolobo con sus apretadas flores amarillas, y de dejar atrás varias marmolerías instaladas en naves de una planta, que dan a aquel entorno un aspecto de prosaica actividad semiindustrial, desembocamos en una medio plazoleta circundada por una construcción aportalada de arcos con una pequeña cúpula en el centro, coronada por una cruz, que es la antesala enfrentada a la entrada al único cementerio de la ciudad, llamado de San Froilán, construido a principios del siglo XX cuando el antiguo cementerio de San Esteban quedó colapsado. Como testimonio de la importancia que siempre se ha concedido a no romper los lazos con los que nos dejan, decir que la primera línea de autobuses urbanos que se puso en funcionamiento en León unió el nuevo cementerio con la ciudad.

Cruzada la puerta, bordeada la capilla, y cogiendo el sendero de gravilla de la derecha sobre el que revoletean las palomas entre los cipreses, rompiendo un silencio opresivo, descubrimos uno de los pocos panteones del cementerio al que acompaña una escultura en piedra de tamaño natural, la de una mujer ataviada con túnica que reclina enteramente su cabeza sobre un prisma rectangular, donde hay grabada una escueta cruz. La mujer pasa un brazo sobre el prisma y de la mano le cuelga una corona mortuoria. La otra entra en contacto con la cara. Su expresión demuestra una serena resignación, la de quien acepta con una leve sonrisa, quizá porque no le queda otro remedio, lo que el destino ha determinado. Al pie una inscripción donde reza: «….fac eas, Domine, de transire ad vitam».

La obra, que podemos situar hacia finales de los años 40 del pasado siglo, pues de 1948 data la primera inhumación que acogió el panteón, muestra de una forma eficaz, sin ninguna ostentación, acorde con el espacio al que está destinada, el oficio de su ejecutor, el de todos esos hábiles artesanos sin nombre. El velo que cubre la cabeza, los pliegues de la túnica, la cara, las manos y la corona que sostiene prueban su pericia, una atesorada manera de hacer que indica cierta sobrada suficiencia. Le imaginamos en su taller cumpliendo el encargo, concentrado en su tarea, sin olvidar que no se espera de él otra cosa que una eficaz demostración de su experiencia, que se corresponda con las expectativas de la familia del fallecido, interesada en dejar constancia de su buen gusto con un panteón que escape a la tónica general del resto de sepulturas del cementerio, la de una falta generalizada de ideas originales, constatada por un aluvión de soluciones casi idénticas de cruces proyectándose en una perspectiva monocorde.
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