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El arquitecto del relato del mundo

El arquitecto del relato del mundo

LNC VERANO IR

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Rubén G. Robles | 07/09/2020 A A
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El arquitecto del relato del mundo
La corona de Heinrich (XXXIII) Christ Halff cierra el círculo del relato y anima al profesor francés a escribir para ejercer el dominio narrativo sobre el tiempo que le corresponde vivir
–¿Por qué no me lo contó en la primera cita, en aquella biblioteca y junto a aquellos libros?  
–No podía.
–¿Por qué?  
–No pude hacerlo en aquel momento. Necesitábamos el drama y la sorpresa, como en el teatro. Eso le ha mantenido cerca de nosotros, siempre a una buena distancia, no en el centro, pero sí en el escenario, para que no sintiera demasiado el miedo escénico de estar actuando frente a un público que le estaba juzgando. Queríamos saber si su palabra secreta estaba ahí, se mantenía el compromiso y la honestidad.
–Pero usted me hizo recorrer el mundo para que tuviese oportunidad de saber que era cierto, ¿verdad? Todas las inteligencias que he conocido y las historias que me contaban dirigían mi propia inteligencia, mi propio entendimiento.
–Así es. Había que hacerle recorrer cada peldaño, atravesar cada esfera del árbol sefirótico.
–Entonces usted me puso en manos de algunos de sus hombres, de otros miembros de su Organización, hijos de la misma locura, para que me fueran narrando, revelando algunos elementos del relato, revelando algunos detalles atractivos y llenos de misterio. ¿Era su método, no? Quiero decir, para mantenerme enganchado, unido a usted y a su búsqueda. Mientras me pedía…
–Si yo hubiese contado antes la verdad… Señor Lecomte… Pero el mundo es incapaz de aceptar y asumir lo terrible de esta verdad.
–¿Y por qué yo?
–¿Por qué usted? Usted posee las virtudes del anonimato, del hombre al que nadie conoce. Sobre ellos, sobre seres desconocidos, criaturas poco apreciadas, a quien nadie reconocerá verdaderamente sus méritos, descansa la estructura, el andamiaje del mundo. Le he utilizado a usted porque sé que guardará el secreto, sé que tal vez lo convierta en una ficción, en un libro, pero guardará el secreto, sabrá cómo hacerlo, devolverá el sefirot al interior de la vasija de cristal. Usted me aliviará de la miseria de mis secretos y sabrá contribuir con su escritura, a la llegada de un nuevo hombre en cuyo interior irá otra palabra, otro aleph, el sefirot del amor.
–¿Cómo está tan seguro?
–¿Cómo no estarlo con usted?
–No lo sé.
–Usted no ha abandonado la búsqueda que le he propuesto y no lo ha hecho porque en todo momento ha visto satisfechas sus necesidades, las necesidades que posee como investigador, cualidades que pueden reducirse a una, descubrir la verdad y ponerla en manos de sus semejantes de una manera objetiva, como un humanista, como un humanista que ha adquirido un compromiso inquebrantable con el conjunto de la especie, de la humanidad.

Articulaba cada párrafo gesticulando y acompañándose de movimientos enérgicos. Parecía haber recuperado todas sus capacidades perdidas con la edad.
–Usted es un filántropo, ha adquirido un compromiso de magnitudes descomunales, no solo con las personas más cercanas, sino con todos los hombres. Usted escribirá, lo sé, solo por la necesidad de conocer a sus lectores.
–No lo sé.
–No solo de conocerlos, señor Lecomte, sino de estar a su lado, de compartir juntos durante este viaje que es la vida un breve espacio de tiempo en el que poderlos amar.
Hizo una pausa, parecía asfixiarse.
–Vivir se convierte así en algo único e irrepetible. La experiencia de vivir se convierte de este modo en la oportunidad de conocernos, de conocer a los otros y así aprender al conocerlos y así también aprender a amar.
–No sé de qué me está hablando –le dijo el profesor.
–Habernos conocido supone el más fascinante de los misterios porque usted, señor Lecomte, piense en la interminable cadena de acontecimientos, coincidencias, casualidades, que se han tenido que producir para que usted esté ahora mismo a mi lado, aquí, conmigo.

Se detuvo unos instantes.
–Esa cadena de hechos es más grande que la cavidad que aloja al universo. Incluya ahora lo que se podía haber producido y que no ha sucedido, eso lo hace aún más gigantesco, convirtiendo el universo en un lugar sometido a los vaivenes del azar.
–Y, ¿qué puedo hacer yo por todos ellos?, ¿por todos esos individuos que no conozco y que al parecer tanto aprecio?
–La necesidad, el compromiso que ha adquirido con ellos es anterior incluso a conocerme a mí. Todo cuanto he hecho ha sido para que usted pudiera verlo con más claridad, reconocerlo, reconocer su condición de escritor, la condición de escritor con un compromiso. Usted lo tenía, poseía ese talento y no lo sabía, prefería ignorarlo, actuaba y vivía como si no deseara saberlo, como si para poder vivir lo tuviera que ignorar.

Jean Louis permaneció en silencio, las ideas circulando a gran velocidad. Enfrentándose a una realidad que quizás fuera verdad. La verdad en aquella historia era aún más terrible de lo que él podía haberse imaginado. Pensó en decir algo, pero permaneció durante algunos segundos en silencio, contemplando la fragilidad de aquel hombre, su delgadez, los ojos hundidos y exaltados, reflejando la luz viva de las llamas de las antorchas que no dejaban de pasar.
–El drama, la sorpresa, el sobresalto, incluso, eso ha hecho que permaneciera con la atención suficiente señor Lecomte. Lo hizo desde el primer día, cuando escuchaba con atención el relato de aquel marqués imaginario. Solo algunas de las cosas que ha escuchado sobre mí eran ciertas, demasiado ciertas, quizás. Lo real en toda esta historia iba mezclado con lo irreal y la fragancia irresistible de lo literario.

Jean Louis había pensado todo este tiempo que el compositor era un ser miserable, ennegrecido por dentro, envilecido por la naturaleza de sus acciones. Contrariado de algún modo, Jean Louis sentía que Christ Halff, por un motivo que él mismo desconocía, le admiraba y que no todo lo que había pensado sobre él se correspondía con la verdad.
–Cuando reflexione sobre lo ocurrido, cuando deje que el tiempo estimule de algún modo su apetito por el recuerdo, entonces, comenzará a descubrir, a ser consciente de cada uno de los mecanismos, los sefirots, los peldaños de la escala, las esferas de la iluminación puestos al servicio de la narración, con los que alcanzar el sefirot de la corona, el keter, el décimo sefirot.

Se habían levantado y caminaban juntos por la calle abajo en dirección al barrio obrero de El Egido, el exitum antiguo, la salida de la ciudad.
–Y querrá también adquirir la libertad para escribir  su propia vida, capacidad que ahora mismo no posee.
–No lo sé.

Dieron unos pasos, avanzaron unos metros en silencio.
–Usted es un hombre, señor Lecomte, que apreciaría no estar sujeto a las leyes. Y sabe como yo que el dinero le permitiría vivir al margen de las convenciones de todo género y escribir usted mismo sus propias leyes con las que vivir.
–Prefiero destacarme por cumplir fielmente con las que ya existen.
–De acuerdo, sé que el dinero no es un atractivo para usted.  Por eso recurrí a esta historia de Heinrich que tanto le ha gustado y que le ha obligado a continuar con ella, que le ha animado a seguir hasta el final.

Permanecía escuchando con admiración el discurso del anciano.
–Usted despojó a los judíos y se hizo rico haciendo negocios con los nazis durante el holocausto, lo vi en los papeles de la Thule Gesellschaft que encontré en la biblioteca de Saint-Jacques.
–Sí, era joven y ambicioso, vi un atajo hacia el éxito y lo cogí. Vendí mi alma y la de mi pueblo y ahora intento recuperarla con lo que voy a hacer.
–¿Qué le llevó a cometer semejantes atrocidades, sin importarle el sufrimiento de millones de personas?
–Lo cierto es que los nazis… -se detuvo antes de continuar- pagaban muy bien. Era demasiado joven para imaginar los resultados de aquella empresa. El anciano parecía atormentado.
–Usted no merece de ninguna de las maneras ocupar un espacio de honor, no merece el reconocimiento social que ha disfrutado.
–Tal vez tenga razón, pero le responderé. Fue el amor, señor Lecomte, el amor a mi pueblo, el amor a que el pueblo hebreo viese cumplidas sus aspiraciones de tener un territorio, un país, una frontera. Porque yo también soy judío y nunca he renunciado a mi condición, a lo que era.
–Lo último que esperaba escuchar –dijo Jean Louis.
–Lo sé. No es fácil ser judío, se lo aseguro. Y he vivido como lo hicieron mis antepasados, como un criptojudío que no se podía descubrir.  Para usted todo esto resulta demasiado fácil porque no conoce lo que es ser perseguido, expulsado, maltratado. No tiene ni idea de lo que es eso.
–Ustedes me han perseguido también.
–Pero en ningún momento corrió peligro señor Lecomte. Le diré algo, cualquier ser humano, usted mismo, habita los límites de un cuerpo, sabe cuáles son sus fronteras, cualquier ser humano tiene su propio territorio sobre el que dejar huella, donde hace crecer a sus hijos, donde siembra sus muertos. Nuestro pueblo, en cambio, su territorio es el exilio, la expulsión, la persecución, el hábitat natural de nuestro pueblo es el miedo. Ese ha sido nuestro territorio durante siglos, hemos vivido en el territorio ocupado por otros pueblos, con la esperanza de hacerlo nuestro, de que aquel suelo fuera también definitivamente nuestro suelo también. Pero aquel día, nunca amaneció.
–Pero el amor a un pueblo, a un territorio, no conduce al exterminio.
–No lo olvide, el exterminio se ideó entre iguales, entre humanos pertenecientes al mismo pueblo, fue el pueblo hebreo el que exterminó al pueblo hebreo, el pueblo alemán… a alemanes judíos, se reprodujo el relato de Jacob e Isaac, pero esta vez, por seguir con el relato bíblico, sin cordero.
–No quiero creerlo.
–La historia que yo le he contado, a pesar de ser terrible, tiene la cualidad de poder servir de ejemplo. No menosprecie esta historia como ha hecho consigo mismo durante todos estos años. Es el momento de que usted trabaje y utilice sus capacidades para usted mismo, para nadie más, no las utilice para otros, no desperdicie sus preciados secretos, los que le ponen en movimiento, su palabra secreta, su aleph y que le llevarán hasta la corona de ideas, el más elevado de todos los sefirots, señor Lecomte, su keter, la corona que Heinrich llevó un día también.
–No sé a qué se refiere.
–El relato de su escritor, de Gil y Carrasco, era, de los diez sefirots del Zohar, el keter, la corona, la palabra secreta, el último escalón con el que alcanzar la sabiduría mística de la cábala hebrea. La ampolla encerraba el aleph, la palabra, pero entender el relato era conseguir el keter..
–No le entiendo.
–Lo más importante de todo lo que se llevó su escritor a Prusia, no fue la corona de hierro, ni los vasos de ónix, sino el libro del Zohar, lo que contenía aquel libro, el veneno, la sabiduría necesaria y consistente, la idea de que existe una palabra secreta, la corona de ideas y el relato de la ampolla de vidrio, el receptáculo del gusano de seda, su palacio. Y quien habita el interior de la ampolla de vidrio está obligado a abrir a los demás las puertas del entendimiento a través del primer sefirot, la palabra, el primer esplendor.


En la entrega de mañana Christ Halff se despedirá de Jean Louis en Puerta Obispo.
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