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Eiffel, donde el hombre domó al hierro

CULTURASIR

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Toño Morala | 14/01/2019 A A
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Eiffel, donde el hombre domó al hierro
Reportajes La torre más famosa del mundo, en París, está llena de historias, sobre todo de aquellas gentes, los trabajadores que la levantaron, obreros que fueron capaces de domar el hierro y hacerlo arte
Hoy nos vamos al París de las modas y las revoluciones, para también respirar la cultura y el arte en los diferentes países que nos rodean, y que tienen una impresionante colección de obras maestras dignas de mencionar; aquí también tenemos lo nuestro, que nada tienen que envidiar; pero llevaba un tiempo dándole vueltas a la cabeza sobre la famosa Torre Eiffel, esa inmensa construcción de hierro, con tanta altura, y construida en aquellos años donde pareciera que no hubiera la suficiente sabiduría, así como los materiales suficientes, y muchas herramientas que se tuvieron que inventar en el transcurso de la obra… la misma iba oteando el cielo, que cada vez que se ponía un tramo, estaba más cerca, y algunas aves… vaya usted a saber lo que pensarían; unos hombres haciendo una torre para, en un principio, parece ser que era para La Exposición Universal de París (1889), del 6 de mayo al 31 de octubre de 1889. Fue celebrada en el centenario de la toma de la Bastilla, un acontecimiento tradicionalmente considerado como el símbolo del comienzo de la Revolución Francesa… bueno aquí lo dejamos. La cuestión era el cómo se ideó la torre y se hizo entre apenas 250 obreros y expertos en diversas materias, en poco más de dos años. Las cifras son escalofriantes para la época, -luego damos una pincelada-, pero lo que me llamaba la atención era la manera de ensamblar las piezas que, parece ser, se fabricaban en una de las fábricas del empresario que ideó la Torre; Gustave Eiffel… el gran mecano, ensamblando pieza a pieza con remaches, a pie de obra, pues si no se enfriaba el material, y no hacía su cometido, que era el sujetar fuertemente las piezas entre sí. Eran necesarios cuatro obreros para hacer la operación, uno en la fragua portatil, otro con las pinzas y martillo, metiendo el remache en caliente, otro, del otro lado hacía de amortiguación del golpe certero del cuarto, hasta que quedaba aquello remachado, que cuando enfriaba, parecía que estaban soldados a la estructura metálica.

Hay muchas cosinas que pasan inadvertidas en este tipo de obra; cuando la vemos de lejos… su inmensidad, su anchura en la base, su altura con más de 300 m., y según te vas acercando, parece un gigante a los ojos, y te impresiona el mastodonte de estructura metálica; a algunos que padecemos de vértigo, el mirar para arriba se ponen casi las rodillas a temblar. Y pocos se preguntan la manera de levantar semejante obra en aquellos años de grandes logros, pero con la maestría de la ingeniería de la época y obreros expertos, muy expertos en domar el hierro a su antojo; eso sí, con mucho trabajo y destreza. Pero la gran incógnita es el porqué una obra de ese tamaño se hace para la Exposición Universal de París (1889) que tuvo lugar del 15 de abril al 12 de noviembre de ese año, poco más de seis meses y luego… pues luego, con más de un siglo, La Torre es uno de los reclamos turísticos a nivel internacional, entre otros, de la gran ciudad y capital de Francia.

Sin embargo, lo verdaderamente importante es saber qué tipos de materiales se usaron, cómo se iba avanzando en los tramos, las formas de unir las piezas, el andamiaje de madera para seguridad de los obreros y poner materiales diversos que iban desde una pequeña fragua portatil, tener el carbón de hulla para calentar los remaches, muchas herramientas de mano... y mientras tanto, unos bulones eran los encargados de centrar los agujeros, como a la vez sostener todo el entramado. La torre iba subiendo con pequeñas grúas a vapor fijadas a la misma torre.La pintura que se usó para que no se oxidara el hierro, la creatividad de los ingenieros comandados por Gustave Eiffel, que va desde la cimentación hasta la última pieza a más de 300 m; los números hablan pos sí solos; mencionamos aquellos más relevantes: por ejemplo, la Torre lleva 18.000 piezas, 5.300 diseños de taller, 50 ingenieros y diseñadores, 150 operarios en la fábrica de Levallois-Perret, y entre 150 y 300 operarios en la obra… 2.500.000 remaches, 7.300 toneladas de hierro, 60 toneladas de pintura… 5 ascensores. Las patas reposan sobre cimientos de hormigón instalados unos metros bajo el nivel del suelo sobre una cama de grava compacta. Cada arista metálica reposa sobre su propia pilastra, unida a las demás mediante muros, sobre la cual ejerce una presión de 3 a 4 kilos por centímetro cuadrado. En el lado del Sena, se utilizaron una especie de campanas metálicas estanco y aire comprimido inyectado, lo cual permitía a los obreros trabajar bajo el nivel del agua… tela, para aquellos años…

Anécdotas, detractores, aplausos… El periodista Émile Goudeau visitó la obra a principios de 1889 y describió así el espectáculo: -»Una nube espesa de alquitrán y de hulla se nos metía en la garganta, mientras un ensordecedor ruido de metal rugía bajo el martillo. Todavía trabajaban en los bulones: unos obreros, encaramados a un saliente de unos pocos centímetros, se turnaban para golpear los remaches con sus mazas de hierro. Uno podría haberlos tomado por herreros tranquilamente ocupados en golpear con ritmo sobre un yunque, en alguna forja de pueblo, salvo porque estos herreros no golpeaban de arriba a abajo, verticalmente, sino de forma horizontal y como con cada golpe se desprendían chispas, estos hombres negros, agrandados por el fondo del cielo abierto, parecían estar recogiendo relámpagos en las nubes.» Bien descrito por el periodista, pero no acababan los problemas… Aquí va un fragmento de protesta contra la torre del Sr. Eiffel, 1887: «Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos, apasionados aficionados por la belleza de París hasta ahora intacta, venimos a protestar con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra indignación, en nombre del gusto francés anónimo, en nombre del arte y de la historia francesa amenazadas, contra la erección en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa torre Eiffel, a la que la picaresca pública, a menudo poseedora de sentido común y espíritu de justicia, ya ha bautizado con el nombre de Torre de Babel. (...) ¿La ciudad de París va a relacionar los más antiguos edificios barrocos con las mercantiles imaginaciones de un constructor de máquinas, para afearse irreparablemente y deshonrarse? (...). Para hacerse una idea de lo que adelantamos, basta además imaginarse una torre vertiginosamente ridícula dominando París, así como una negra y gran chimenea de una fábrica, aplastante con su enorme masa. (...) todos nuestros monumentos humillados, toda nuestra arquitectura venida a menos, desapareciendo entre ese sueño asombroso. Y durante veinte años veremos alargarse sobre toda la ciudad, todavía estremecida por el genio de tantos siglos, como una mancha de tinta, la odiosa sombra de la odiosa columna de hierro forjado».

Pero, ¡ay!, apreciados lectores. Aquí va la respuesta de Gustave Eiffel…: - «Creo, por mi parte, que la torre tendrá su belleza propia. ¿Porque nosotros somos ingenieros, creen ustedes que la belleza no nos preocupa en nuestras construcciones y que incluso al mismo tiempo que hacemos algo sólido y perdurable no nos esforzamos por hacerlo elegante? ¿Es que las auténticas condiciones de la fuerza no son siempre compatibles con las condiciones secretas de la armonía? (...) Ahora bien, ¿cuál es la condición que yo he tenido en cuenta en lo relativo a la torre? La resistencia al viento. ¡Pues bien! Pretendo que las curvas de los cuatro pilares de la torre del monumento tales como el cálculo las ha determinado (...) Darán una gran impresión de fuerza y belleza; pues traducirán a las miradas la audacia de la concepción en su conjunto, del mismo modo que los numerosos vacíos presentes en los propios elementos de la construcción acusarán fuertemente la constante preocupación de no entregarse inútilmente a las violencias de las tormentas en las superficies peligrosas para la estabilidad del edificio. Además, hay una atracción en lo colosal y un encanto propio a los que no se pueden aplicar las teorías de arte normales». Yo lo dejo aquí, y si van a París, suban a la Torre, y luego me cuentan, que este paisano no sube ni harto de vino.
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