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Dr. Pascua, desconocido pionero de salud pública

Dr. Pascua, desconocido pionero de salud pública

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El doctor Pascua (segundo por la izquierda) presidiendo una reunión de la OMS. Ampliar imagen El doctor Pascua (segundo por la izquierda) presidiendo una reunión de la OMS.
Miguel Marco Igual | 11/12/2020 A A
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Dr. Pascua, desconocido pionero de salud pública
Ciencia El doctor vallisoletano, que pasaba sus veranos en la finca de los Azcárate de Villimer, fue uno de los primeros expertos en epidemiología en España y tuvo gran influencia en la política internacional en un momento especialmente determinante
No deja de sorprender en estos tiempos confusos que estamos viviendo lo poco que se ha hablado de los profesionales de nuestro país que en el primer tercio del siglo XX construyeron la base sobre la que descansa la Salud Pública española actual.

Los medios de comunicación recurren constantemente a epidemiólogos e infectólogos nacionales, algunos de ellos con puestos en la OMS o universidades extranjeras. Lo que extraña es que casi nadie dedique unas palabras a Gustavo Pittaluga, Sadí de Buen, Marcelino Pascua, Santiago Ruesta, José Estellés, Manuel Tapia, Agustín Ruiz Morote, José Mª Bengoa y tantos otros, que formaron parte de una generación truncada por la Guerra Civil. Tampoco debemos obviar el papel que desempeñaron la Junta para Ampliación de Estudios y la Fundación Rockefeller en la formación de médicos y enfermeras españoles en el extranjero, especialmente en la Escuela de Higiene y Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins de Baltimore. En aquella época se crearon centros modélicos como el Instituto Antipalúdico de Navalmoral de la Mata (Cáceres), dirigido por Sadí de Buen.

Marcelino Pascua (Valladolid, 1897-Ginebra, 1977) es la figura más destacada de esta generación y de la Salud Pública española del siglo XX. Aportó un soplo de aire fresco a la vetusta sanidad española desde la Dirección General de Sanidad (DGS) durante el bienio progresista republicano de 1931-1933, sufriendo la inquina de la dominante clase médica conservadora, que proclamaba «Este Pascua nos va a hacer la pascua». Se había formado en epidemiología y estadística sanitaria en Londres y Baltimore y a finales de los años veinte trabajó en la Organización de Higiene de la Sociedad de Naciones de Ginebra. Llamado a España en 1929 para ocupar la Jefatura de Estadísticas Sanitarias, puso en marcha el Sistema de Notificación Obligatoria de Enfermedades, que todavía continúa vigente. Ya al frente de la DGS, en dos años triplicó el presupuesto del departamento, impulsó la lucha contra las principales enfermedades infecciosas, como la tuberculosis, la lepra, el tracoma o las enfermedades venéreas, y promovió la higiene infantil, la lucha contra el cáncer, la organización de la asistencia psiquiátrica, entre muchas otras realizaciones. Cuando dejó el cargo, regresó a la Jefatura de Estadísticas Sanitarias, desde la que continuó realizando importantes trabajos de estadística sanitaria. Su época, que fue la de la República, marcó un descenso significativo en la morbilidad y mortalidad del país.

Pascua, además de médico era un animal político preocupado por los males que aquejaba la sociedad de su tiempo. Socialista desde su juventud vallisoletana, tras su marcha a Madrid en 1919 perteneció al movimiento de la Escuela Nueva, y se integró en la Residencia de Estudiantes, donde a pesar de su juventud fue uno de los miembros más activos del grupo de la Institución Libre de Enseñanza. Miembro del ala internacionalista del PSOE, participó en la fundación del PCE, aunque pronto abandonó la militancia comunista y alrededor de 1929 regresó a las filas socialistas. Diputado por Las Palmas en las Cortes Constituyentes de 1931, desempeñó una intensa labor parlamentaria paralela a la de director general de Sanidad.

Tras la victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, el políglota doctor Pascua dirigió desde la sede de la Compañía Telefónica en Madrid el servicio de escuchas internacionales que controlaba las comunicaciones de los elementos facciosos con el extranjero. En las primeras semanas de la Guerra Civil sirvió como intérprete de los miembros del Gobierno en sus entrevistas con visitantes extranjeros y a finales de septiembre fue nombrado embajador en la URSS. En Moscú fue un personaje popular y se relacionó directamente con Stalin y otros dirigentes soviéticos, algo que envidiaban el resto de diplomáticos extranjeros, pero vivió en unas condiciones difíciles. Pasó prácticamente en soledad los 18 meses que residió en Moscú, donde contaba con la inestimable ayuda del joven e inteligente agregado comercial Vicente Polo. Sin recibir demasiadas indicaciones del Gobierno y con una política de hechos consumados, le correspondió gestionar asuntos tan complejos como el del depósito del oro del Banco de España, la formación de pilotos de caza republicanos en la Academia de Kirovabad en el Cáucaso o la evacuación de niños españoles a la Unión Soviética.

Fue testigo del Gran Terror estalinista y vio caer a los interlocutores soviéticos con lo que trató el tema del depósito del oro español. Temiendo por su vida y reclamado por el Gobierno republicano, en marzo de 1938 se ausentó discretamente de la URSS para hacerse cargo de la embajada republicana en París, donde era más necesario. Allí intentó poner orden en la olla de grillos en que se había convertido la sede diplomática e influir sobre el gobierno derechista Daladier-Bonnet para mitigar el aislamiento que junto al gobierno británico sometían a la República y facilitar el aprovisionamiento de armas a las fuerzas republicanas. La caída de Catalunya en febrero de 1939 le convirtió en una figura clave, tanto para la ayuda a los refugiados en el Sur de Francia, como para la salvaguarda de los bienes de la República. En aquellos días sostuvo una relación difícil con el presidente Azaña y su séquito, que fueron sus huéspedes en la embajada de Paris. Cuando los franceses reconocieron al Gobierno franquista, continuó su actividad diplomática desde un hotel parisino. En los últimos días de marzo, cuando ya todo estaba perdido, marchó a Estados Unidos, país en el que vivió la primera década de su exilio.

Pascua era llamado «don Marce» por parte de sus allegados. Sus grandes amigos fueron Juan Negrín, Pablo Azcárate y Julián Zugazagoitia. La amistad con Negrín se inició en 1921, tras conocerse en la Residencia de Estudiantes, y su relación personal y política siempre fue muy estrecha. Con Pablo Azcárate formó el tándem de grandes embajadores republicanos en la Guerra Civil. En la década de 1920, ambos fueron funcionarios de los organismos internacionales de Ginebra y fraguaron una amistad que perduraría a lo largo de sus vidas. Pascua acostumbraba a pasar unos días de las vacaciones estivales en la casa que los Azcárate tenían en Villimer (León) y también lo hizo en 1936, aunque ya había regresado a Madrid cuando se produjo la sublevación militar contra la República.

La estrecha relación con Zugazagoitia se desarrolló a lo largo del periodo republicano, cuando este era director del periódico El Socialista. La intensa correspondencia que ambos sostuvieron durante la Guerra Civil denota la gran sensibilidad y lucidez del periodista, que más tarde se reflejaría en su libro ‘Guerra y vicisitudes de los españoles’. En la última carta que escribió a sus familiares en noviembre de 1940, horas antes de ser fusilado en las tapias del Cementerio del Este de Madrid, manifestaba a sus hijos que «el tío Marcelino» velaría por ellos. Desde que tuvo conocimiento de la detención de su amigo por los nazis y la policía franquista en París y su traslado a las cárceles españolas, Marcelino Pascua, residente en Baltimore, movió cielo y tierra de manera infructuosa para salvar su vida.

En Valladolid, la familia de Marcelino Pascua sufrió duras represalias durante la guerra. Su sobrino Ángel, profesor de química, fue fusilado en mayo de 1937 y su hermano mayor Antonio permaneció encarcelado y más tarde internado en campos de concentración hasta su liberación en marzo de 1940, con la salud quebrantada. La familia sufrió el acoso franquista durante todo el periodo de la dictadura y no pudieron reunirse con Marcelino hasta 1959, en un breve encuentro en Biarritz, en el sur de Francia.

En el otoño de 1939, Marcelino Pascua se instaló en Baltimore y al lado de su maestro Lowell Reed fue profesor de estadística sanitaria e instructor en epidemiología de la Escuela de Higiene y Salud Pública de la Universidad Johns Hopkins. Reconocido como uno de los mayores expertos internacionales en estas materias, en 1948 fue llamado a Ginebra para formar parte de la secretaría técnica de la recién creada Organización Mundial de la Salud (OMS), que tanto protagonismo ha adquirido en estos tiempos de pandemia.

La OMS nació como consecuencia de la Conferencia Internacional de Salud de las Naciones Unidas celebrada durante el verano de 1946, en la que se acordó unificar las tres organizaciones sanitarias internacionales existentes en aquellos momentos. Fruto de aquellas discusiones, se crearon dos organizaciones internacionales diferentes, la UNICEF, dedicada a la ayuda de la infancia de los países devastados por la guerra, y la OMS, financiada directamente por los gobiernos, que sería una organización de expertos con funciones de asesoramiento a los diferentes países en tareas de Higiene y Salud Pública.

Marcelino Pascua fue designado responsable de la División de Estadísticas Sanitarias del organismo. En Ginebra se reencontró con viejos compañeros de la Sociedad de Naciones, antiguos alumnos de su época de profesor en Baltimore y con su antiguo colaborador en la DGS republicana Santiago Ruesta, que formaba parte de la delegación venezolana. Desde su cargo y como secretario del Comité de Expertos en Estadísticas Sanitarias, el doctor Pascua organizó un gran número de reuniones de expertos y desempeñó un papel destacado en los trabajos de la Sexta y Séptima Revisiones de la Clasificación Internacional de Enfermedades y Causas de Defunción. Cuando abandonó el cargo, desarrolló en nombre de la OMS una incansable actividad viajera por los cinco continentes, asesorando en temas de Salud Pública y Estadística Sanitaria a los dirigentes de las nuevas naciones emergentes.

En 1951, España fue admitida en la OMS y Marcelino Pascua asistió discretamente desde la tribuna de invitados al discurso que a raíz del evento pronunció el director general de Sanidad franquista, su viejo rival José Alberto Palanca, quien reconoció más tarde que Pascua y la delegación mexicana fueron los únicos que no le aplaudieron. Ya jubilado, a requerimiento de las Naciones Unidas, en 1957-1958 puso en marcha en Santiago de Chile el Centro Latinoamericano de Enseñanza e Investigación Demográfica (CELADE), organismo que continúa existiendo en la actualidad. Retirado en Ginebra, escribió el tratado ‘Metodología bioestadística para médicos y oficiales sanitarios’, publicado en 1965 por la editorial Paz Montalvo, que fue libro de cabecera para una generación de salubristas españoles. Lo firmó con un escueto «M.Pascua», ya que era persona non grata para el régimen franquista.

Muerto el dictador, regresó a España durante unas pocas semanas de octubre de 1976, pero un cáncer de pulmón le impidió el retorno definitivo. Falleció en Ginebra el 12 de junio de 1977, tres días antes de la celebración de las primeras elecciones democráticas en España, y sus cenizas fueron lanzadas al río Ródano.

Marcelino Pascua permaneció en el olvido durante el periodo franquista y no ha recibido el reconocimiento que se merece como figura más destacada de la Salud Pública española del siglo XX. Parece que no son suficientes sus logros en la Sanidad nacional e internacional y su actividad política defendiendo la legalidad republicana. Solamente fue recordado durante la década de 1990 en los ‘Encuentros Marcelino Pascua’, celebrados en su memoria por los profesionales de Salud Pública españoles. Sin embargo, tampoco parece que en la actualidad el doctor Pascua suscite demasiado interés en nuestra sociedad ni en el ámbito profesional al que tantos esfuerzos dedicó.

Miguel Marco Igual es autor del libro ‘La injusticia de un olvido. El mundo de Marcelino Pascua (1897/1977), médico y político’, que ha publicado la Editorial UNED en colaboración con el Centro de Estudios de Migraciones y Exilios de la UNED.
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