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Disciplina inquebrantable

Disciplina inquebrantable

OPINIóN IR

31/01/2021 A A
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Disciplina inquebrantable
Hay pueblos de hábito indisciplinado, como hay pueblos eminentemente disciplinados. Es de sobra extendida la convicción de que en disciplina no gana nadie a los alemanes, base fundamental de su modo de ser, tanto para bien como para mal. Goethe, su más preclaro exponente, asentó la frase de que es preferible la injusticia al desorden. Pero exponentes de la disciplina a ultranza del pueblo alemán lo son desde la señora de la limpieza hasta el director de banco. Un pueblo que tanto ha hecho por el progreso espiritual y material de la Humanidad ha sido fácilmente vulnerable al hecho de que la fuerza es la fuente de todos los derechos. Un santo de la patria alemana, Bismarck, dijo que la Fuerza crea el Derecho.

Caso clásico de la disciplina alemana se puede apreciar en la gran tragedia ‘El príncipe de Homburg’, obra maestra del escritor romántico Heinrich von Kleist. La base de la tragedia es la condena a muerte del príncipe que dictó su padre por el delito de desobediencia. En contra de las órdenes dadas por su padre, el príncipe libra y gana una batalla al enemigo. Aunque resulta triunfador y salva a su patria con la victoria, el príncipe es condenado a muerte por haber desobedecido la orden paterna. Sólo después de los ruegos y súplicas de los generales y de todo el pueblo, se le perdona su indisciplina.

Todo lo realizado en Alemania sólo ha sido posible porque los alemanes – junto a los japoneses– son los seres más disciplinados del mundo. El autor de ‘Mi lucha’ se convenció tras su fracaso en el ‘putsch’ (golpe) de Munich, cuando en 1927 sus huestes fueron barridas por las balas de la policía bávara en el Odeonplatz, que los movimientos revolucionarios que pretenden vencer a través de la lucha anárquica callejera están condenados a la más completa derrota. Escarmentado tras el fracaso, Hitler hizo promesa de no seguir los caminos ilegales para alcanzar el Poder. La historia de la revolución nacionalsocialista constituye una de las mejores demostraciones de lo que puede la disciplina en Alemania. Si los hechos demostraron que en Alemania era imposible que triunfase en la calle un movimiento revolucionario, en cambio, la disciplina aplicada al asesinato político podría resultar para salvar una situación o vencer una dificultad. Tales asesinatos no fueron producto en Alemania de una mente perturbada o de una exaltación fanática, sino que se cometieron después de haber sido aprobados por una agrupación determinada y encomendada su ejecución a una o varias personas que consideraron un honor especial la realización de la terrible misión. El propio Hítler recurrió varias veces al asesinato político, como fue el caso de la muerte del canciller austriaco Dollfuss o como el de la eliminación de Rohm y demás nazis de la primera hornada, que dirigió en persona el propio Hitler. Y la disciplina continuó en horas bajas. Después del frustrado atentado contra Hitler, el 20 de julio de 1944, que podría haber ahorrado millares de muertos y sufrimientos, los soldados y los oficiales alemanes sabían que era inútil cualquier resistencia, porque la derrota del Reich ya nadie la podía evitar. Sin embargo, todos siguieron en su puesto luchando con ardor, y aún con este convencimiento de derrota, se escribieron páginas del heroísmo más memorable de toda la guerra. La fe en la victoria había desparecido, pero la disciplina subsistía inquebrantable. El soldado seguía luchando porque lo mandaba el oficial, quien a su vez era incapaz de cometer un acto de indisciplina ante su jefe jerárquico.
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