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Diccionario

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OPINIóN IR

06/09/2020 A A
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Volviendo una vez más sobre el lenguaje, ese bien humillado, concluiremos que algo positivo había de concedernos la enfermedad: el ensanchamiento de nuestro diccionario. Es verdad que todas las catástrofes producen ese efecto, precisamente porque son acontecimientos extraordinarios a cuyos elementos es preciso dar nombre. Así sucedió, si se recuerda, con las tormentas financieras y derivados del año 2008 y siguientes y así sucede, como era de esperar, con la calamidad de estos tiempos. Cuestión aparte es lo que luego permanece una vez superadas en apariencia las crisis.

A ello contribuyen en especial dos tipos de actores: los tertulianos especialistas y los políticos generalistas. Los primeros son requeridos por los medios de comunicación para dar luz a cuanto desconocido ocurre y a ello se entregan entusiasmados con su léxico no siempre sencillo, a pesar de lo cual lo digerimos e incorporamos a nuestra comunicación cotidiana. Los segundos aterrizan en medio de la marabunta con tono grandilocuente, persiguiendo titulares y enfatizando presuntos saberes que no siempre son tales; también esas formas las sumamos a nuestras conversaciones.

Gracias a unos y a otros decimos hoy finamente pandemia, cogobernanza, desecalada, confinamiento perimetral, resiliencia, anticuerpos, gel hidroalcohólico, triaje, epidemiólogo, etc. Lo confieso: nunca pensé que hubiera tantos epidemiólogos en el mundo, y ahora, conociéndolo, no me explico cómo nos ha pasado lo que ha pasado. O sí. Las palabras nos permiten descubrir el mundo y el mundo no existe si esas palabras no son nuestras. De ahí que, separada la paja del grano, convendrá desechar lo superfluo y sumar a nuestro acervo lingüístico aquellos términos que en verdad han llegado para ilustrarnos y darnos algo más de brillo. Ya digo: de toda la serie anterior más lo que se quiera añadir, yo me quedo, por si sirve de guía, con los epidemiólogos y deseo que así procedan también quienes nos hablan de la vida corriente y nos la gobiernan.
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