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Días de baloncesto

Días de baloncesto

OPINIóN IR

20/05/2018 A A
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Días de baloncesto
En las manos de Essie Hollis cualquier balón parece pequeño, me digo. ¿Cuánto medirá la mano de este hombretón de casi dos metros que probablemente fue el primer Baltasar de color negro (un auténtico negro) que tuvimos en la ciudad? Me sé el nombre de Hollis y también los de Xavi Fernández, Roberto Herreras, Gustavo Aranzana y Reggie Johnson. Puedo situar correctamente en el tiempo los años dorados del Elosúa y presumir de haber animado al equipo en un pabellón hostil en Santiago de Compostela donde toda la afición hablaba gallego y estaba del lado del Breogán: no era asunto baladí, porque el equipo llevaba el nombre de aquel mítico rey celta, constructor de una altísima torre en Brigantia, al que el poeta gallego Eduardo Pondal declaró padre de la patria gallega en el poema ‘Queixume dos pinos’ que terminó siendo el himno a Galicia. Me acuerdo, incluso, de los colores de la camiseta, amarillo y verde, una combinación de colores que a mí no me hacía mucha ilusión, pero sin embargo he olvidado completamente cómo era el pantalón. Pero, sobre todo, me gusta recordar la pasión con que muchos de los alumnos que tuve durante un curso en el Colegio Leonés (algunos excelentes jugadores de baloncesto) vivían el ambiente que rodeaba a un equipo en cuya historia había tenido mucho que ver Pepe Estrada, por entonces su profesor de gimnasia, que era como se llamaba antes la Educación Física. En asunto de deportes, la cuestión era bien simple: si estudiabas en el Leonés jugabas al baloncesto, si en cambio lo hacías en los Maristas, te había tocado en suerte el balonmano. A pesar de aquella fervorosa dedicación que en León otorgábamos al Elosúa, yo no aprendí nada de baloncesto y en esa oscura ignorancia he continuado hasta el presente. Ni siquiera me animó haber conocido a Fernando Romay, al que agradecí los buenos ratos de baloncesto que hizo pasar a toda su generación, que también es la mía. Después de mirarme con cariño me dijo que ya le gustaría a él ser de mi generación. Yo lo dejé correr, porque en asunto de edades, casi es mejor no entrar. Pero se equivocaba.

La verdad es que mi ignorancia es culpable por partida doble porque mis hijos juegan precisamente al baloncesto: superada la fase de avergonzarse de su madre, ahora directamente hacen chifla del asunto cuando pregunto cosas que parecen (y deber ser sin duda) obvias. Ellos saben que suelo sortear hábilmente mi presencia en los partidos y que es su padre el acompañante casi único y oficial. La sensación de ser la más rara de la casa todavía no ha superado mi falta de interés y Pepe Estrada, a quien quiero y veo de vez en cuando, no me ha reñido lo suficiente por leer libros en los pocos partidos a los que voy. Que yo pueda pasar un test fácil sobre el Elosúa es algo que a mi hijo Juan le deja estupefacto. Y a mí me alegra sobre todo en estos días en los que se percibe la nostalgia de aquellos hermosos días de baloncesto. Justo cuando el equipo cadete masculino del Colegio Leonés, del que forma parte mi hijo, está jugando en Lleida (que aquí decimos Lérida) el Campeonato de España. Por cierto. En el autobús en que se fueron vi subirse a Luis y Álvaro, sus entrenadores, y adivinen quién: a Pepe Estrada.
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