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De la quimio a la majada

De la quimio a la majada

LNC VERANO IR

Vanesa de Prado en medio de su rebaño en la majada Tronisco y Nadaderos, de Cofiñal, a la que lleva subiendo dos años. | MAURICIO PEÑA Ampliar imagen Vanesa de Prado en medio de su rebaño en la majada Tronisco y Nadaderos, de Cofiñal, a la que lleva subiendo dos años. | MAURICIO PEÑA
Fulgencio Fernández | 09/08/2020 A A
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De la quimio a la majada
LNC Verano Vanesa de Prado luchó contra un cáncer mientras cuidaba de sus dos hijas y del rebaño del que se hizo cargo
Vanesa mira cómo juegan  Mar y Alba con los perros, esboza una sonrisa y recuerda los duros días que ha pasado. «Fue muy duro. Con Alba recién nacida me quedé sola, engañada, con un rebaño de ovejas y un diagnóstico de cáncer que tenía que combatir sí o sí. Muchas veces tenía que ir de la quimio, o la radio después, hasta la majada. Lloré, claro, pero veía a estas dos niñas y se me secaban las lágrimas, sabía que había que seguir. Y seguí».

Lo dice con indisimulado orgullo. Se confiesa feliz en el monte, en la majada de Tronisco y Nadaderos Cofiñal donde pasan el verano las 500 ovejas —merinas y churras— viendo en el horizonte el espectacular Circo de Mampodre al fondo, sobre Maraña. Unos rebecos observan sin inmutarse, también los mastines saben que no son ningún peligro. Jose va dejando comida para los perros y por una vereda llega Marie con su burro, una singular pastora francesa que ha sido una excelente ayuda para Vanesa, sobre todo en ese mes de julio que tenía que acudir con mucha frecuencia hasta el hospital de León. «Esto es para mí la felicidad;y más sabiendo que lo del cáncer va todo lo bien que se podía esperar. Lo peor ya pasó».

Vanesa, 40 años, es de Gordaliza del Pino y ha conocido el mundo de las ovejas y los rebaños desde siempre. «Mi padre ya tenía ovejas y crecí entre ellas, me gustaban. Pero cuando me casé mi marido era más de vacas, que era lo que había en su casa, pero acabamos comprando ovejas... Lo que ocurrió es que aquello salió muy mal y un día me encontré cómo te he contado, sola y con muchos problemas».

Pero decidió seguir adelante. «Más bien me empujaban mis hijas o sabía que había que seguir». Hace dos años alquiló el puerto de Cofiñal, logró el divorcio y fue creciendo el rebaño. «Crié ovejas, compré las que pude y poco a poco».

En Cofiñal se fueron arreglando las cosas. Conoció a Ernestine, de la Fundación Monte Mediterráneo, a la que impresionó su historia y su lucha. «Para mí esta mujer ha sido una bendición, y no digo en el aspecto económico, también en el humano, su cercanía, su apoyo, sus ganas de sumarme al proyecto de investigación de su Fundación fue muy importante». De la mano de esta mujer alemana llegó hasta la majada de Tronisco una singular pastora, francesa, Marie, enamorada de la naturaleza, que viaja a todas partes con su burro, con el que hizo el Camino de Santiago. «Fue una bendición, bajaba al hospital y quedaba ella en la majada, me daba una tranquilidad enorme». Marie sonríe. Ella también es feliz allí y puede practicar en este paraje idílico una de sus pasiones: la fotografía. «Tengo cientos de fotografías, creo que muy bellas».

Y también apareció en su vida Jose, un ganadero de Lillo, de yeguas, otro apoyo fundamental para que en la cara de Vanesa aparezca esa sonrisa que ahora luce, viendo jugar a Alba, que está negra, y Mar, que busca los mastines, que los conoce desde lejos.

- ¿A qué no sabes cómo se llaman todos?
- Del más viejo a los cachorros son: Verdugo, Capitán, Rubio, Jara, Rubi, Gisela, Layca y Luna.
- ¿Y los careas?
- Payo y Orellana.

Vanesa sonríe. Bien lo merece.
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