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Curas de abrazos

Curas de abrazos

OPINIóN IR

10/09/2019 A A
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Curas de abrazos
Inmóvil, la esfera del reloj no deja de pasar página a cada segundo. Es la primera paradoja en la doctrina del tiempo, dejar que la cadencia vaya planificando un presente continuo que, segunda paradoja, recupera episodios como si estuvieran a la espera de salir de una chistera encantada. Están ahí para recordarse como lección, letanía, o bofetada a mano abierta, como una mochila que cada vez encorva más las espaldas pintadas de edad. El aprendizaje tiene que ver con ellas cuando de nuevo saltan a ese círculo metálico, imparablemente quieto. Al paso de él, sacaba el presidente de la Diputación la historia de un abrazo en el Día de la Encina. Un símbolo de 1958 que sosegó una trifulca de orgullo y acalló las ínfulas de poder de dos municipios hermanos. Ponferrada y Villafranca se disputaban, por aquel entonces, la cabeza. Capitalidad era el nombre del premio que buscaban en la competición ajena a cooperativismos. Ambos se unieron para celebrar el Día de la patrona con el resto de bercianos y allí, ante ella, el gobernador les pidió un gesto pacificador definitivo. Un abrazo público de sus dirigentes recluidos en la idea de ser los primeros de la fila. Y en ese acercamiento físico aplaudido se venció la batalla histórica, aunque haya querido continuar con el hilo fino de tinta de algunos resabiados envueltos en el orgullo del pódium patrimonial. Un abrazo que vuelve a pedirse como ungüento entre administraciones, aunque el apellido de simbólico le resta efectividad. El mismo que al escuchar ahora, en medio de la vorágine patriótica que recupera la esfera, que si Valladolid o León deben poner nombre a la matria autonómica, resulta casi irrenunciable. Pero queda lejos aquella resolución paternalista para una sociedad en la que los Judas confunden y en la que los apretones de manos se regalan como si solo buscaran ser una buena postura de foto que subraye un titular. Eran contratos, decía el abuelo Francisco, eran abu, eran.
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