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Cosas de viejos

Cosas de viejos

A LA CONTRA IR

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| 24/03/2021 A A
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Cosas de viejos
Hemos atravesado tantos desiertos de desvarío que se llegaron a utilizar expresiones que, cuando menos, debería producirnos sonrojo darles cobijo en nuestras conversaciones aunque las decimos con absoluta ligereza.

Una de las frases que hizo furor cuando nos invadieron con la modernidad por tierra, mar y aire desde todos los foros, focos y televisiones fue la de «cosas de viejos». Con ella despreciábamos de igual manera al saber llamar a las cosas por su nombre —desde las partes de un carro a las diferentes denominaciones que recibe la nieve según la intensidad o el tamaño al caer—, el conocer y practicar antiguos oficios, conversar al sol de cualquier tapia o cambiar los habituales materiales tradicionales de nuestras construcciones por ‘apariciones’ que muchas veces acabaron en fraude, como la uralita, o en nada, como la formica.

También las viejas casas fueron dejando paso a otras «más funcionales» o se hicieron obras para bajar sus techos, picar sus paredes... Los cristales rotos y sin reponer avisaban del abandono de la casona y hasta su hueco llegaba un inquilino que también trae en su pico costumbres que son cosas de viejos.

Porque una de las escenas más habituales de los parques de la ciudad fue un anciano sentado en un banco echando migas de pan a las palomas por el placer de verlas a su alrededor. Era normal otra cosa de viejos, hablar con ellas, preguntarles por las que no habían venido... Pero tampoco puede ser ya. Está prohibido, perseguido y multado, por muy obra generosa que nos parezca; y es que el descontrol en el equilibrio de los ecosistemas hace que los palomares estén caídos... y las palomas exiliadas a las ventanas.
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