Publicidad
Conversaciones

Conversaciones

OPINIóN IR

10/06/2021 A A
Imprimir
Conversaciones
En el libro ‘La lucha hablada, conversaciones con Eta’, Egoitz Gago y Jerónimo Ríos, entrevistan a nueve personas que ejercieron la lucha armada contra el Estado. Los autores dicen, en el prólogo, que «es innegable el nivel extremo de dogmatismo y que su actitud dificulta cualquier marco de reconciliación real pues no se aprecian niveles mínimos de reconocimiento, perdón, justicia y reparación». Todos mostraron su orgullo por haber sido militantes de Eta y varios afirman que la lucha armada estaba justificada y sirvió para algo. Ninguno de ellos comparte el arrepentimiento de varios de sus compañeros y acusan a ‘Gesto por la Paz’ de ser una herramienta del estado para debilitarlos. Todos, también, coinciden en que de no haber existido Eta, no habría estatuto. Uno de ellos afirma que «el pueblo se dota de la lucha armada y esta fue un instrumento de defensa». Y se muestra orgulloso del gran respaldo social que recibió Eta. Uno más afirma que «gracias a la lucha armada, se nos ha reconocido una necesidad del derecho de autodeterminación, una territorialidad y una amnistía». «Eta», según otro, «frenó el nacionalismo español y fortaleció el nivel de conciencia del euskera» y que, «gracias a Eta, en Euskadi estamos a otro nivel y el país no ha sido absorbido por el régimen del 78. Y otro, por fin, resume todo el asunto en que «la izquierda abertzale es uno de nuestros tesoros».

Uno puede estar de acuerdo, o no, con estas posturas, que son perfectamente defendibles en cualquier discusión de barra de bar o de sobremesa después de una copiosa comida. Lo que ya no le parece a uno nada bien es que estas ideas dejaran sobre el asfalto más de mil muertos, entre los de un bando y los del otro. No se puede defender una idea a tiros…

Lo más enigmático que se extrae del libro es la superioridad moral de estos elementos y su nula empatía con los sacrificados. Cualquier nacionalismo, por definición, es malo, porque lleva implícito un sectarismo y un racismo constante. Yo, porque hablo un idioma distinto al resto, porque tengo unos fueros que me ponen a un nivel superior que al resto, porque tengo un nivel de vida superior al resto, tengo el derecho indiscutible de ser independiente del resto… Euskaki, (antes llamado País Vasco), fue durante buena parte de la historia de España el territorio más leal al Poder y sus hombres sirvieron en el ejército o en la administración del Estado durante generaciones. Cuando, merced a esos fueros y esos privilegios concedidos como premio a esa lealtad, Euskadi fue el primer territorio español en industrializarse, acudieron a trabajar a sus fábricas y a sus minas miles y miles de leoneses, castellanos, cántabros, extremeños y andaluces. Esa gente no fue admitida en la sociedad vasca como un igual, sino que, al contrario, fue siempre mal vista y estigmatizada con adjetivos como ‘maketos’, que no puede ser más racista.

Eta, que nació en los seminarios, aglutinaba varias corrientes de pensamientos en su seno; desde ultranacionatistas a marxistas pasando por democratacristianos. Uno, en su ignorancia, no entiende cómo es posible que gente que se confesaba marxista podía estar de acuerdo con los nacionalistas, porque, en teoría, son como el agua y el aceite.

Y, por fin, el gran enigma: Eta mató muchísima más gente en el periodo democrático que en sus inicios, durante la dictadura del General. Durante mucho tiempo se nos quiso vender que eran los nuevos ‘maquis’, los irreductibles luchadores contra la hidra fascista. No era cierto. La amnistía se concedió en una época tan lejana como 1977 y, desde entonces, Eta atentó y asesinó a 798 personas, mientras que en la etapa predemocrática fueron 43, entre ellos y como más relevante está el Almirante Carrero Blanco, pero, repito, fueron 43.

También es cierto que los militantes de Eta tuvieron que aguantar muchos malos tratos por parte de la policía y los escuadrones de la muerte patrocinados por el propio Estado y que se llevó por delante a un número más que importante de sus miembros. Pero Eta consiguió hacer irrespirable el clima social de Euskadi durante treinta años o más. Un clima en el que el silencio y la venganza estaban en cada esquina de cualquier pueblo; en el que todo el que no pensaba como ellos se convertía automáticamente en sospechoso, que era delatado por los vecinos y al que se le hacía la vida imposible. Todo esto que os cuento, lo habréis podido leer en ‘Patria’ de Fernando Aramburu, que lo hace mucho mejor que un servidor. A pesar de que el libro a mí no me acabó de convencer, es indispensable para entender el clima de miedo que se vivió en el País Vasco en aquellos años de hierro. Y acabando con lo mollar, si quieren la independencia, como los catalanes, que se la den. Pero, antes, hagamos cuentas. Su bienestar, como el de los catalanes, se construyó sobre la miseria del resto de los españoles…

Salud y anarquía.
Volver arriba
Newsletter