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Catálogo de sueños rotos I

Catálogo de sueños rotos I

EL BIERZO IR

Catálogo de sueños rotos. | CASIMIRO MARTINFERRE Ampliar imagen Catálogo de sueños rotos. | CASIMIRO MARTINFERRE
Casimiro MartInferre | 26/04/2015 A A
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Catálogo de sueños rotos I
Territorio. Capítulo 30
Pido autorización, lector de los montaraces capítulos que van componiendo Territorio, para escapar de tarde en tarde hacia una región más etérea, la más etérea de todas tanto como rastrera, ubicada en la cara oculta del arte. En proporción, ninguna otra actividad humana depara semejante piélago de frustraciones. Estamos, con diferencia, ante el mayor catálogo de sueños rotos. Sin embargo he de advertirte, de seguir leyendo pudiera rompérsete el corazón, caérsete las glamurosas lupas a través de las cuales admiras maravillas.

Lo juro, en el arte hay poco dinero, y casi nunca para el artista. En el arte, a la hora de repartir dividendos, triunfan bastos. De entre la turba obcecada en salir adelante pintando, escribiendo, fotografiando, viven cuatro gatos. Y viceversa: el tropel entero que pulula alrededor del óleo, de la gelatina de plata, de la tinta, saca tajada, porque el más tonto de estos técnicos fabrica relojes, emplea un verbo capaz de trasformar alfileres en grúas.

Apaña todo dios menos el autor. Aunque no venda, pilla subvención la galerista (cuyos pasos guíe la fortuna luengos años). Aunque no venda, pilla subvención el pseudoeditor, le trace mejor la senda Belcebú. Requetetrincan por partida triple aquellos cuyo ADN coincide con el de la sanguijuela, léase comisariado: en metálico, en publicidad mediática para sí mismos y en prestigio para el currículo propio, que despacito los va arrimando a una mordida mayor. Prospera el director de instituto, pese a darle terrible pena carecer de presupuesto cultural (tal presupuesto desaparece en su nómina), y así por la patilla los eventos le salen a coste cero. Si el literato murió siglos ha, no reclama derechos, oportunidad de negocio para el vivillo.

La envidia campea, pero el pecado capital del creador es la vanidad. El auteur aficionado tiene ágil la bajada de pantalón, el cambio de bando, la lengua delatora, el plagio o el robo descarado, la adulación, si conllevan gloria. Tan anda en pos de trascender los siglos, que hasta puede perdonar no vivir del arte –los garbanzos los obtiene de oficinista, por ejemplo- siempre y cuando organice o presida congresos -“El que parte y reparte, lleva la mejor parte”-, figure en las antologías aunque sean de pago, adorne el candelabro. Sobremanera en el cateto escenario pueblerino, el artista aficionado pugna por destacar, al fin para ser nombrado hijo predilecto, conseguir calle, insignia de oro chapada en la tumba.

También abunda en semejantes tinglados la postulación por parentesco, como si el talento fuese hereditario. Hay reconocidos escritores sin obra, entrañable pillería, desde luego más digna que contratar a un negro. Este tipo de carrera, la aupada mediante negro, es hermana siamesa de la inventada a golpe de talonario. Y tienen gran empuje el enchufe, el matrimonio de bienes gananciales, el corporativismo. Los que están, aunque en realidad no sean, impiden la entrada de los que son. Es práctica normal la zancadilla, el codazo, arrinconar, entorpecer el acceso, máxime cuando el aspirante apunta maneras.

Si por ventura fueses, lector, un joven convencido de aportar visiones originales, y requirieses consejo de este desahuciado que suscribe, diría: ahora que aún es tiempo haz las maletas, coge el primer tren, aprisa, huye del provincianismo.

Bembibre, junio de 2010


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