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Carnicer 1986

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10/02/2019 A A
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Carnicer 1986
La primera vez que fui a ver a Ramón Carnicer fue en junio de 1986. Vivía en la zona alta de Barcelona, donde hoy sigue viviendo su viuda Doireann MacDermott. Ramón me enseñó su casa en aquella mañana mediterránea. Su lugar de trabajo, sencillo y silencioso, y también el de su mujer. El salón daba al sur; se veía desde aquella altura el mar y la colina de Montjuic.

Poco después me invitó a comer en La Balsa, un restaurante metido literalmente entre los árboles, en la falda del Tibidabo. Hablamos allí, y también luego en su casa, de muchas cosas, era todo torrencial y fantástico. Ramón era una persona extraordinaria, de las que ya no quedan. Un republicano ético, enérgico, afectuoso, brillante y solidario. Un hombre libre, algo raro en el mundo de la literatura, donde tanto se guardan distancias y cálculos para no perjudicar eso tan ridículo que se llama la ‘carrera literaria’. Ramón, que publicó 25 libros, y eso que el primero salió cuando ya tenía cincuenta años, nunca se calló lo que pensaba. Por eso sigue siendo un ejemplo. El autor de una obra que perdura, sobre todo en sus obras más viajeras.

De aquellos dos días en Barcelona, en los que me alojé en su casa, y que fueron dedicados a hacerle una larguísima entrevista, recuerdo ahora, porque está de dramática actualidad, su radical oposición, fundada y divertida a un tiempo, a la política nacionalista que hacía Jordi Pujol al frente de la Generalitat. Cuando pocos españoles podían pensar lo mismo, cuando todavía Pujol era «un hombre de estado», Ramón me reveló el peligro de aquella política regional-secesionista en ciernes. Detectó muy bien el berciano, vecino de Barcelona entre 1939 y 2007, el veneno del supremacismo y de la marginación del idioma español, amén de la falaz manipulación de la historia. De todo ello, me dijo el escritor, había hablado días antes con el propio Jordi Pujol, que lo había convocado para convencerle de las bondades de la acción pública separatista. Aunque entonces nadie decía esa palabra. Ramón sí. Y acertó plenamente en su valoración pesimista, que le transmitió, con educación y dureza a un tiempo, al hoy multimillonario Jordi Pujol. La reunión fue tan respetuosa como distante.

Así era Ramón. Un lúcido precursor en la denuncia del veneno secesionista, tal y como, por otra parte, ya dejó reflejado en su obra. Y todo desde la perspectiva de un hombre inequívocamente de izquierdas. Agnóstico y patriota. El más leonés de los bercianos que he conocido. El más universalista.
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