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Caballeros andantes de la miseria o la bohemia

Caballeros andantes de la miseria o la bohemia

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José García es el nombre real de Mario Arnold, un personaje singular. Ampliar imagen José García es el nombre real de Mario Arnold, un personaje singular.
Fulgencio Fernández | 22/04/2018 A A
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Caballeros andantes de la miseria o la bohemia
LNC Domingo Tipos irrepetibles, escritores, un multipremiado que murió en la miseria, un bohemio de irrepetibles hazañas, un poeta que gana el Nacional sin haber publicado ni un libro, un desaparecido en un pueblo de Zamora, un editor...
Este lunes se celebra la fiesta del libro, su día. Pero los libros son hijos de unos creadores que, en algunas ocasiones, esconden biografías que deberían haber sido su mejor novela, merecían haberlo sido.

En León no nos falta un buen ramillete de ellos, tipos que en la mayoría de los casos viajan en los trenes de la bohemia, en otros casos se acercan a los pícaros, algunos salieron de la nada para alcanzar las más altas cotas de la miseria, después de conocer la gloria, premiados sin haber publicado, un poeta albañil con mejor biógrafo que versos, un editor con más citas en los juzgados que en los suplementos de cultura... Mario Arnold, José Suárez Carreño, Basilio Fernández, Quinty González, el llamado Lara de Castrocalbón, Justo Estrada...

Uno de los más singulares es Mario Arnold, al que podríamos encuadrar en la bohemia. No parece nombre leonés el suyo, y no lo es pues Arnold se llamana José García y era de Palanquinos, que no parecen muchos avales para abrirle puertas en el mundo de la literatura.

Todavía en el último suplemento cultural del ABC le dedicaba Juan Manuel de Prada un artículo y ya las primeras palabras nos dejan claro ante el personajes que nos encontramos: «Mario Arnold (1904-1962), caballero andante de la miseria, fatigador del atlas, no anticipaba en su anodino nombre de pila una existencia demasiado rumbosa. Bautizado como José García, había nacido en León, a la sombra de su catedral, que desde niño le inculcaría cierta aspiración gótica de remontarse hasta el cielo, a falta de un mendrugo con el que llenar las tripas horras. La indigencia obligaría a su familia a alquilar una casucha sin techo cerca del cementerio: allí, Mario Arnold aprendería a contar estrellas, un oficio tan inabarcable como la estirpe de Abraham, y concebiría el sueño quimérico de tocar su oro trémulo. Es la época en que, vestido con sus mejores harapos, se convierte en gorrón de librería; así, aprende de memoria las prosas profanas de Rubén, las rimas de Bécquer, las canciones filibusteras de Espronceda».

Duros comienzos para quien pronto levantó el vuelo y se gastó los ahorros en fabricarse en Madrid una imagen de bohemio. Él mismo reconocía su fracaso al escribir: «Somos sombras. Vagamos por la noche, como fantasmas, mendigando suspiros de luna y cantares, un capitulo de esa novela triste que nadie quiere escribir, una frase de ese discurso amargo que nadie quiere pronunciar. Muchos artistas llegamos a Madrid atraídos por el letrero luminoso de su fama literaria, y dejan, bajo ese cielo, jirones de juventud, pedazos de alma, lágrimas de sangre».

Pese a reconocer el fracaso, Arnold logró entablar amistad con el poeta y novelista Andrés Carranque de Ríos, modelo en Bellas Artes y actor, quien le introduce en este mundo y aplaca sus ansias de gloria como secundario en varias películas, sigue publicando y suma una lista de conquistas entre la clase alta capitalinas, como la poeta Concha Lagos o Eugenia Castañer, que permanece a su lado hasta su prematura muerte de cáncer. Entre sus conquistas hay una muy singular, Ana María Martínez Sagi, cuya definición a bote pronto dice: Poeta, lesbiana (en una etapa posterior a su romance con el leonés), feminista, republicana y deportista... Campeona de lanzamiento de jabalina, su lucha por la igualdad la llevó también a ser la primera gran directiva del fútbol español —intentó crear en 1934 una sección femenina en el FC Barcelona— y su romance con Arnold a publicar en León (Celarayn) su poemario ‘Laberinto de presencias’. Falleció en el año 2000, con 93 años.

Mario Arnold fue gran amigo de Francisco Pérez Herrero, el creador de Genarín, y nació, según él, en 1902 ó 1903 (Prada dice 1904), que no hay nada mejor para fabricar una leyenda que no tener ni fecha de nacimiento. Corresponsal de guerra republicano le costó irse al exilio, en Francia y en Venezuela, donde murió.
También lo recuerda Victoriano Crémer en lo que llama ‘la bohemia leonesa’, junto a otros dos singulares personajes: «Vergara y Justo Estrada».

De Vergara, a quien conoció en los años treinta, escribe: «Vivía en un tabuco abuhardillado de la calle de Santa Ana, en una sórdida habitación con un solo cajón como mesa y un desvencijados camastro de hierros herrumbrosos, desguarnecido de toda cobertura. Había sido albañil y, de pronto, sin saber por dónde le había venido la ventolera, abandonó la paleta y la plomada por la pluma y las cuartillas... ¡Pobre Vergara! Andaba desaliñado y hambriento y nadie se explicaba cómo podía sostenerse en pie sin comer y sin dormir, pues que el trato con las Musas fue siempre poco sustancioso». No tuvo buen final: «Escribió una novela a la que nadie hizo caso. Murió triste y solo, como un perro sin amo, internado de beneficencia en el hospitalón de San Antonio Abad, en los Altos de la Nevera». Sentencia don Victoriano: «Pocos lo conocieron en León, pero fue el primero y el último verdadero bohemio puro».

Albañil es también Quinty González, autodenominado poeta del amor. Fascinado por la poesía gasta sus ahorros en editarse libros, consciente de que muchos de sus mejores versos «se me quedan en el andamio pues no me dejan bajar a apuntarlos cuando me visita la inspiración». Sus biografías se las escribe su mujer y no se anda por las ramas: «Nació en Castrotierra de Valmadrigal (León) concretamente el 4 de Julio de 1952. Pertenece a un limitado catálogo de celebridades que esta en boca de casi todos incluso de quienes nunca han traspasado las puertas de su exquisita e inspirada poesía. Nadie le regatea un lugar destacado entre los grandes monstruos, sus méritos sobrepasan las fronteras de los más privilegiados». No extraña que le dedique encendidos versos: «Aunque cambie el sol, las horas, la noche, el día / la alegre música la pena de esta melodía / y la nieve blanca los campos de alta montaña / la ciencia y el arte a las gente cada mañana. // Yo no te cambiaré por nadie / no no te cambiaré por nadie / yo no te cambiaré por nadie / jamás te cambiaré por nadie».

Otro personaje irrepetible es José Suárez Carreño. La gran promesa de las letras después de ganar tres grandes premios: El Adonais de poesía, el Nadal de novela y el Lope de Vega de teatro. Más imposible. También fue el primero de los escritores leoneses vinculado al mundo del cine pues el drama rural que presenta en ‘Condenados’ fue llevado a la gran pantalla por Mur Oti en 1953 con un plantel de actores de lujo: Aurora Bautista, Carlos Lemos y José Suárez... De repente, desapareció. Se sabe que participó en el famoso Contubernio de Munich y que alquilaba su pluma. El leonés Andrés Trapiello descubre su triste final en uno de sus Diarios, en el que cuenta que le visitó en su casa de «un barrio burgués, solvente y con empaque», pero en el que «el viejo escritor murió solo y soltero en la extrema pobreza, sin decírselo a nadie».

Extraño es el caso de Basilio Fernández, natural de Valverdín, bohemio e industrial de éxito, licenciado en Derecho y vinatero en Gijón. Ganó el Premio Nacional de Poesía sin haber publicado ningún libro en vida, incluso negando que escribía, pero lo hacía...

Y muy extraña fue la irrupción de Mariano García Torres, secretario personal de Miguel Ángel Asturias, ganando el premio Ateneo de Sevilla con El silencio roto para desaparecer después, retirado a la localidad de Corrales del Vino en Zamora. Falleció hace unos años en el más extraño silencio.
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