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Basta que la mirada recorra los estantes para oír tantos rezos y romerías

Basta que la mirada recorra los estantes para oír tantos rezos y romerías

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Roberto Álvarez sienta cátedra explicando la procedencia de collardas, cristos preñados, relicarios, pendientes... | SAÚL ARÉN Ampliar imagen Roberto Álvarez sienta cátedra explicando la procedencia de collardas, cristos preñados, relicarios, pendientes... | SAÚL ARÉN
D.L. Mirantes | 18/01/2021 A A
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Basta que la mirada recorra los estantes para oír tantos rezos y romerías
Sociedad La colección privada de Roberto Álvarez reúne miles de piezas típicas de la provincia
Por el camino del corazón de La Abadía, que añora el poder transformador de aquel imponente priorato medieval, a la aljama ribereña del Torío, todavía tan desconocida, o lo que es lo mismo, de Santa Olaja de Eslonza a Puente Castro, comienza el viaje de Roberto Álvarez Martínez, que lleva a cada rincón de la provincia por sacristías, cocinas de humo, vía crucis, casamientos, palacios, pajares, rezos o amores. Leonés de solera sin que le hagan falta apellidos para probarla, desde 1974 engalana sus carros para San Froilán sin faltar un año, toca la pandereta, ensaya el inabarcable cancionero de su memoria en el Grupo de Danzas San Pedro del Castro, cofrade de las tres penitenciales más antiguas de León y de las Ánimas de San Martín, tesorero de la Cofradía de Santo Tomás de Canterbury de Puente Castro, noble y hablador, su tiempo está dedicado a la recuperación y conservación de las esencias que durante décadas marcaron el día a día de miles de leoneses, en los pueblos y en el pueblón a los pies de la Catedral.

Para Roberto y su hermana Angelines, el confinamiento ha sido muy bueno para terminar unos cuantos rodados y mandiles que tenían a medio hacer. Y no es por falta de ellos. El patrimonio etnográfico y religioso que atesoran es de los más completos de la provincia. Entre las exposiciones que ha realizado Roberto Álvarez se encuentra aquella Pasión de 30 centímetros en la Casa de las Carnicerías en 2019 o una muestra de muñecas de época en Llamas de la Ribera. También en Palat del Rey, ‘La imaginería Escondida’, o en el Palacio de Torreblanca, expuso en su día algunas de sus cientos de imágenes religiosas y de la Pasión.


‘Sólo’ lleva dos décadas construyendo su particular monumento a la memoria de generaciones enteras de leoneses Entre las piezas de aquella muestra del Nuevo Recreo Industrial se encontraba una virgen que le había regalado una vecina de Santa Ana ante de morir. Con reparo, él la acepto y la conservo. En aquella exposición una hija de la señora se acercó a Roberto para decirle que su madre tenía una igual. No era igual, era aquella. La chica le agradeció que se hiciera cargo de un legado importante para su madre y que ella —sin culpa ninguna, son otros tiempos— no habría sabido honrar. Lo mismo hace Roberto con el legado de cientos de casas leonesas.

Entre el arte sacro de su colección se intercalan docenas de ramos leoneses de Rodicol, Candemuelas, Carbajal de Rueda, Villaturiel, Rabanal del Camino o La Cabrera. En la repisa de una frontal de altar que se iba a convertir en cabecero de cama una vela rizá, que se ofrecía en alguna fiesta, tapa un Niño Jesús —tiene 14, sin contar los sanjuanines que lo sean o no— vestido con un traje hecho de cintas para el sombrero. A su lado, otro Niño Jesús de madera del Siglo XVII sostiene algunos exvotos, el rugidero y las Reglas de San Benito de aquellas creencias protectoras.

Historias y conservación


La casa no es un almacén. Cada elemento comprado, regalado, rescatado, tiene una historia. Se puede considerar un compendio y Roberto podría escribir una enciclopedia con entradas sobra la entronización de la Virgen del Carmen o las formas del cesto para la caridad o el aguinaldo. «Todo le viene bien», sentencia Angelines. «Ahora está restaurando una cuna, que nos llevamos un pasmo cuando le vimos con ese telar, pero seguro que luego queda preciosa». Roberto pone mimo en la conservación de todo y buscar restauradores competentes para que no llevarse malos ratos con resultados inesperados.

De la misa se pasa al baile, del reclinatorio al antiguo pupitre de escuela, del misal a las cartillas... De la misa se pasa al baile, del reclinatorio al antiguo pupitre de escuela, del misal a las cartillas, la jarra de acristianar deja sitio al porrón, las Vírgenes y Magdalenas dan paso a 300 muñecas —algunas con máscaras y trajes de guirrios—, las casullas tornan en capas y los mantos de iglesia en colchas, mantas morunas, de estameña, de ojo de perdiz… «Igual llevo cinco a San Froilán y vuelvo con siete, porque me las regalan», celebra Roberto Álvarez, ante largos cajones bien cargados de hermosas galas para los carros, que ha encontrado en casas abandonadas cubriendo muebles.

No falta adorno en el vestir. Ante una de las vitrinas, con humildad, Roberto sienta cátedra mientras explica la procedencia y significado de collaradas, relicarios, pendientes, arrancadas, porcas, cristos preñados… Se vislumbra con ternura, reclinado en el quicio de la puerta, a la moza ateclándose en una habitación de papel pintado y ventana a la huerta. Es fiesta de guardar y saldrá por el postigo en vez de por el portalón. Antes de salir cogerá algunas castañuelas como las muchas que atesora Roberto y que, prácticamente, se escuchan sin que las toque, basta con que la vista recorra los estantes para escuchar la melodía de tantas romerías y días de fiesta. El de Santo Tomás, el 29 de diciembre, también tiene su homenaje en esta casa, donde aguarda su turno la gran animadora de la diana. Ella se lleva la última mirada antes de salir de esta casa como quien sale de un romance.


Roberto Álvarez,con ayuda de la familia y de muchos amigos, se afana en mantener todo ordenado y limpio. No le quita el polvo al arte más o menos modesto, lo salva del granizo del olvido. Lo hace con generosidad y, sobre todo, con gusto y alegría.

No fue al seminario, pero sí fue monaguillo y siempre se fijó en las ricas tradiciones que le rodeaban. Afirma que ‘sólo’ lleva dos décadas construyendo su particular monumento a la memoria de generaciones enteras de leoneses. Solo veinte años para honrar siglos.
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