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Balada de viento y fuego

Balada de viento y fuego

EL BIERZO IR

Balada de viento y fuego. | CASIMIRO MARTINFERRE Ampliar imagen Balada de viento y fuego. | CASIMIRO MARTINFERRE
Casimiro Martinferre | 31/08/2015 A A
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Balada de viento y fuego
Territorio. Capítulo 48 -¡Nadie los toque! ¡Son regalos para el Hijo!, ¡regalos para el Hijo!, ¡el Todopoderoso Hijo muerto! Empachado de pericia, Satanás dispuso el transporte
En plena primavera, campos disfrazados de invierno, nevados de pétalos. Impregna el aire un aroma finísimo, embebe de frescura hasta la última fibra de nuestros sentidos. En mayo, cuando las anchuras de retama estallan en flor y silban brisas templadas, puede escucharse la balada del fuego. Es una de las tristes canciones del territorio. Habla de antiguos bosques, plantados cien generaciones atrás, de incendios asoladores.

Llegó la hora en que el hombre hubo de emigrar. Expatriado a vertederos industriales, a la fuerza arrojó la identidad, los conocimientos recibidos de los antepasados, y a cambio de dinero se hizo número. Sin cuidador, los viejos árboles quedaron desprotegidos. La oportunidad fue aprovechada por Satanás: utilizaría estos pagos abandonados para poner en práctica un experimento artístico. Frondas tan hermosas le abochornaban con ese halo paradisíaco, no obstante buscaba algo así, empreñado de gracia, donde desbordar la creatividad. Sentía la obligación de aplicarse a fondo, la obra resultante debería ser sublime, digna del refinado gusto de un príncipe. Construir representaba una tarea demasiado fácil, la dificultad estribaba en demoler, erigir de entre los escombros. Él iría más allá, procrearía en la devastación.
Desfiló el diablo al frente de una legión, a ritmo de gaitas, tambores, cuernos. Capitaneaba unas estrambóticas escuadras, compuestas de mujeres avaras y hombres presumidos, mitad por mitad. Estuvo tentado de incluir un concilio de misioneros franciscanos capturado en la Amazonía, que por falsarios y pervertidores de indios cocía en calderas, aunque bien pensado decidió reservarlos para encomendarles un recado.

La tropa avergonzaba en cuanto a marcialidad, falta de disciplina, ausencia de recato, sólo el diablo conocía los motivos de semejante selección. Escogidos entre la crema de la crema viciosa, cada usurera y cada petulante sobrepasaba toda expectativa. Prometiéndoles oro más una perpetuidad para gastarlo, de mil amores cumplieron sus mandatos.
Sacó de sí mismo el fuego devorador, refulgentes pavesas escarlatas que no quemaban al tacto, pero inflamaban a voluntad cualquier material. Cada avara obtuvo una de estas joyas, de la que a escondidas sisaron trozos; cada petimetre otra, no obstante exigieron dos más para lucirlas en las hombreras a modo de distintivo militar. Montes enteros sucumbieron a las llamas. El primer incendio dejó un amasijo de empalizadas negras. Cuando las lluvias las relavaron y el sol las resecó, lanzó una nueva oleada. Así una y otra vez, hasta reducir brutalmente los esqueletos.

Considerando el maestro que uno de los dolientes muñones de carbón estaba a punto de culminar en escultura, ordenaba a la avara le metiera un último fogonazo, empujándola después a traición para que ardiera en simbiosis con el tronco y le transfiriese sus miserias. Emocionaba cómo en unión del fuego se abrazaban entrambos, muy juntitos madera y carne ahorrando pompas, robando la avara a puñados en un incorregible ademán de acaudalar incluso humo; si en acabada la escultura por casualidad mostraba bollos, lo cual para arrobo del maligno ocurría con frecuencia, lejos de considerarlo defecto era celebrado, pues denotaba que la avara había sido a mayores tortillera. Los presumidos también fueron abrasados. Nada roñosos, aún envueltos en llamas desplegaban un soberbio aparato de coreografía, aportando a la figura dinamismo, lindo adorno, y si además presentaba agujero era muy aplaudida prueba de bujarrón.
-¡Nadie los toque! ¡Son regalos para el Hijo!, ¡regalos para el Hijo!, ¡el Todopoderoso Hijo muerto!
Empachado de pericia, Satanás dispuso el transporte de las dos mejores obras hasta la sacrosanta residencia para la que habían sido concebidas. Las llevarían andando los doce franciscanos, descalzos, a hombros hasta el Huerto de Getsemaní.



Villaverde, mayo de 2013

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