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Avionando soledades

Avionando soledades

OPINIóN IR

31/10/2021 A A
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Avionando soledades
Para entender el día de la mujer rural solo necesité salir al alto de la calleja. Para entender la Justicia, asunto que se me antoja con más maturranga, voy a tener que recorrer varios pueblos, en linea, sin saltarse ni uno, desde el que está en la base del puerto hasta la misma calleja de las mujeres.

Allá arriba en lo más alto, que decían los clásicos, ya no vive nadie. Bueno sí, vive el recuerdo de su último resistente en invierno, Emilio, el que estuvo varios meses sin hablarme porque en un reportaje en el que salía subido a su caballo le cortaron las patas al animal.

– No entraba en la foto, ¿qué hacíamos, te cortábamos a tí la cabeza?

– Perfectamente, que yo me puedo defender, el caballo no.

En el siguiente pueblo, apenas un kilómetro más abajo de allá arriba en aquel alto, ya no vive nadie. Bueno sí, vive el recuerdo de otro resistente, Amador, aquel que le comió la mano un burro, algo que no acababa de entender un avezado y famoso periodista madrileño.

– ¿Pero, porqué se la comió?

– Porque estaba entero.

Le extrañó mucho al reportero la capacidad de pensar del burro y tomar la decisión de comerle una mano para que aquel paisano dejara de estar entero. Le extrañó mucho al paisano que aquel avezado reportero no entendiera que el que estaba entero –sin castrar– era el burro. Resulta que hablaban idiomas diferentes hablando el mismo.

Si bajas otro pueblo, otro kilómetro, resulta que sí vive gente, una familia, hace décadas que vive allí la misma familia, que siguió viviendo pero dejó de estar viva cuando el cáncer les llevó a un hijo, un ciclista de imponente fortaleza, en apenas unas semanas. Ya no se van a ir de allí, nada les llama la atención, lo único que les importa está en el cementerio.

Es la vida que se desde el alto de la calleja. Tres pueblos, tres personas, tres vidas... y su señoría argumenta que no es lugar para vivir un pueblo excesivamente pequeño, de 8.400 habitantes...

No me quiero ni imaginar qué pensarán sus señorías si un día –Alá no lo quiera– los vecinos de mi calleja se vieran envueltos en problemas.
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