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Aquel catálogo escolar

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10/12/2017 A A
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Aquel catálogo escolar
Durante trece cursos, los que van de primero de párvulos a tercero de BUP, posé todos los otoños para la foto anual con el resto de la clase. El último año, cabreado conmigo mismo tras suspender latín para septiembre, tiré una colección entera de catálogos a la basura con la excusa de una inminente mudanza. Cuánto me arrepiento. Han tenido que pasar más de dos décadas para repasar de nuevo aquellas instantáneas. Cada imagen la forman unos cuarenta escolares sonrientes, colocados según alturas o afinidades y escoltados por un tutor casi siempre enfadado. Llama poderosamente la atención esa división alfabética de las aulas pues, era la letra de tu apellido y no otra variable la que forjaba, en muchos casos, amistades que duran toda la vida. Otro detalle curioso es la evolución de ropas, peinados y caras. Un ejemplo, nuestra profesora en el arranque de la EGB viste con una sudadera Adidas para convertirse, una temporada más tarde y gracias a su chupa de cuero rojo, en la protagonista de la serie ‘V Invasión Extraterrestre’. En mi caso puede apreciarse el hermoso flequillo que luzco desde principios de los ochenta hasta bien entrados los noventa, una pena si tenemos en cuenta que acabé el siglo prácticamente calvo. «Hay gente que dejé de ver a los doce, cuando terminé la Primaria; y a otros tantos los perdí de vista a los diecisiete, cuando acabé el colegio. Los rostros de todos permanecen en mi memoria como eran. «Entonces pasa el tiempo y ocurre la desgracia de que, un lunes cualquiera, vas tranquilo a una cena benéfica y te encontrás con un niño de hace treinta años», escribía Hernán Casciari en la desaparecida revista ‘Papel’. Aquellos catálogos de Jesuitas eran uno de mis pasatiempos favoritos con tal de no estudiar después de la merienda. Calculen ustedes que cada nivel de los trece posibles se componía de tres secciones (A, B y C) para una media de cuarenta estudiantes y un censo anual que a veces superaba los mil matriculados, con mandil verde los más pequeños y bigote preuniversitario los mayores. Me sabía casi de carrerilla sus nombres, ciudades de nacimiento, relación de hermanos e incluso el barrio de un buen número de alumnos cuatro cursos por encima y otros tantos por debajo. Antes de que concluya 2017, la clase de 1977 se volverá a reunir para sentir de nuevo esa pertenencia al grupo que se aprende antes de leer, escribir o atarse los cordones. Por cuestiones de calendario me perderé una cita histórica con mis recuerdos, supongo que habrá más pero esta primera, estoy seguro, merecerá otra foto en aquel catálogo escolar.
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