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Andancio, intemperie y nostalgia

Andancio, intemperie y nostalgia

OPINIóN IR

19/04/2021 A A
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Andancio, intemperie y nostalgia
Cuando llevabas unos días con una pereza pegada al alma, como la niebla a las copas de los árboles, y no acertabas con el origen de tu desgana, aparecía alguien que, mirándote a los ojos, afirmaba: Eso, es andancio. El mero hecho de poner un pie delante de otro para salir al corral a echar a las gallinas, o de ir a la cuadra para hacer tus necesidades, suponía un esfuerzo terrible, y terminabas por sentarte en el escaño y, como no había televisión, quedarte así, mirando por la ventana hacia la calle…

Y eso que aún no sabías que «el mañana llegaría tarde» y, ni siquiera sospechabas que, como dice Eduardo Mendoza: «Pertenecías a una generación que se creyó la fantasía comunista». Pero es lo que había entonces, mero andancio. Y, si, en vez de en un pueblo vivías en una villa o una ciudad me da igual, defecabas en un WC, pero no sabías que, como dice nuestro José María Merino: «La realidad no necesita ser verosímil» y podías vivir noqueado sin que el mundo se detuviera para esperarte a ti.

Algunos seguíamos arrastrando el andancio mucho después, cuando, abandonado el nido, nos topábamos con que el mundo no era más que un montón de gente peleándose unos contra otros por tener razón. Y a ti te parecía que eso daba igual, que lo importante era que hubiera justicia y libertad. Y cuando te cercioraste de que, como escribe Gabi Martínez en su novela ‘Las defensas’: «Un hombre no puede seguir adelante sin razones», te armaste de valor y decidiste combatir el andancio a base de chutes de orfandad. Con lo cual pudiste caminar sin trabas, sin amo, sin patria y sin religión. Eso te creías tú.

Porque eso ha sido vivir a la intemperie, cosa que Jesús Carrasco describe muy bien en su novela ‘Intemperie’ en la que cuenta que al personaje: «La intemperie le había empujado mucho más allá de lo que sabía y de lo que no sabía acerca de la vida». Y en ese ‘allá’ es donde vuelven los recuerdos a apoyar su cabeza en nuestro hombro y nos parece estar viendo y oyendo al abuelo Jacinto, de Villacidayo del Esla, renegando al caer la noche de quienes dejaban a los animales, a la intemperie, fuera del corral. Y es que a él le producía andancio tener que convivir (tratar) con gentes sin corazón.

Porque el andancio no es nostalgia, no señor. «La nostalgia es un sentimiento paralizante y bastante reaccionario» escribe Carlos Manuel Alvarez, el nuevo joven genio cubano, en su recientísima ‘Falsa guerra’. Y el andancio, no.
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