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Amigos

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OPINIóN IR

28/01/2021 A A
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Amigos
Tengo una amiga en Asturias que se está haciendo más famosa que el presidente del Principado. Ella es sanitaria y fue la primera trabajadora vacunada contra el dichoso coronavirus. Bueno, bien pensado, no me extraña nada que se haga más famosa que Adrián Barbón, porque es más feo que el copón y, mayormente, no ha hecho nada importante en la vida, además de ser un miembro callado y obediente del partido político que gana las elecciones. Soco, por supuesto, es mucho más guapa que el gachó, ¡vas a parar!, y, además, ha tenido que currar como una hormiga para llevar todos los meses el salario a casa. El caso es que, por salir, hasta salió en el Telediario de las 9 de la 1. Uno, para qué os voy a engañar, cuando la vio se sintió muy orgulloso de ella. Porque cuando uno no hace más que trabajar no tiene tiempo de preparar ni cometer maldades; ¡bastante tiene con currar y descansar! Porque, como decía el señor Antonio, el ficus de la Abacería, «para descansar hay que estar cansado y a ti, querido, cansao, cansao, no se te ve».

Uno está muy orgulloso de los amigos que tiene. La mayoría (no todos) son de mi pueblo y los conozco de memoria; igual que ellos a mí. Sabemos de qué pata cojeamos incluso antes de empezar a caminar y así es casi imposible recibir sorpresas desagradables. Los amigos son la sal de la vida, incluso más que las parejas, puesto que estas vienen y van y los colegas permanecen. Cuando estás sólo, asustado por una cornada de la vida, buscas consuelo en la familia, por supuesto, y, sobre todo, en los amigos. Una conversación distendida y veraz ayuda mucho más a la cabeza que el mejor psicólogo del mundo, más aún si por el medio se comparten unas botellas de Mahou. Con Soco siempre ha habido muchos momentos así. Ella, o yo, dependiendo quién esté más jodido, vaciábamos el costal y el otro escucha, que es lo único sensato que se puede hacer.

Cuando me corté la coleta, como Bertín Osborne ha decidido hacer después de que le dejase su mujer, en lo referente al ramo de la ingle, me di cuenta de lo que en verdad importa. Una conversación y unas cervezas con los amigos puede que no te lleven al éxtasis, pero sí te dan unas sensaciones mucho más duraderas y nunca tan traumáticas. En la sociedad que nos ha tocado vivir no hay término medio. Se pasa del placer al dolor sin escalas intermedias. Eso, por supuesto, desquicia al más templado, y hace que busquemos, cada día con más ahínco, ayudas externas para aislar el dolor y llegar al placer. Cada día se recetan más y más medicamentos que nos mantienen en una euforia artificial. Y si no nos lo recetan los médicos, los buscamos, aunque sea en el mercado negro. El caso es que no queremos bajar de la nube donde no hay penas, ni dolor, ni miedo, ni amenazas. Uno encontró «el nirvana» con los amigos y está muy orgulloso de ello. Tomar un café cuando me acerco a León con María José es un chute de adrenalina en vena y no lo cambio por ninguna otra sensación. Un consejo a los que la conocéis y no os aprovecháis de su carácter: buscadla para que os ponga las pilas, sin anestesia, con todo el torrente de vida que tiene en cada minuto del día.

Esta mierda de la pandemia pasará, como han pasado todas las anteriores que la humanidad ha sufrido (y en las que no se disponía de vacunas ni de remedios profilácticos). Saldremos mucho más débiles de lo que entramos en ella pero nos engañaremos dando rienda suelta a toda suerte de ayuntamientos con desconocidos, juergas nocturnas que durarán varios días y viajes hacia lugares nunca explorados por nuestro cerebro. Es normal que así suceda, porque, venciendo al virus, nos creeremos inmortales y sin límites y no es verdad. En un mundo cada vez más globalizado, donde es posible hacer el viaje de Willy Fog no ya en ochenta días, sino en cuarenta y ocho horas, cada vez damos menos importancia a lo esencial. Nos olvidamos de la familia y de los amigos, cuando son los dos pilares fundamentales en los que se sustenta toda nuestra existencia. Nos conformamos con conectarnos por Internet con una chica solitaria de Wisconsin... El placer que experimentamos es tan efímero como vacío y sólo querremos que llegue la noche para volver a hacer lo mismo. Si no fuéramos tan miopes, nos daríamos cuenta de que es infinitamente más placentero estar atrapado en la red de los sentimientos que hemos construido a lo largo de la toda la vida con Soco, con Pablo, con Ángel o con María José. Ellos me conocen tan bien que son capaces, con una palabra, de darme el sosiego y la paz que necesito en estos momentos de pesadumbre y pesar.
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