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Alamedas

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OPINIóN IR

11/09/2022 A A
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Alamedas
En el entorno de mi generación y sus alrededores, septiembre es sobre todo el mes de las alamedas chilenas. Fue así, a pesar de nuestra bisoñez, desde que fijáramos para siempre en el imaginario aquel discurso esperanzador en medio del drama: «mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor». Fueron las últimas palabras de Salvador Allende a los trabajadores chilenos y fueron para nosotros palabras que motivaron compromisos y acciones, que resuenan aún hoy en día para continuar alentándonos frente a la grisura del paisaje sonoro. De inmediato, las adornamos luego con las músicas y el canto de Víctor Jara y de Violeta Parra, que forman parte así mismo de la banda sonora de nuestras vidas con absoluta pervivencia. Incluso en la actualidad, después del triste fracaso de su nuevo proyecto constitucional, cobran sentido y razón, tal y como entonara el cantante de la comuna de San Ignacio.

¡Ah, las alamedas! La Alameda de Hércules en Sevilla, la Estación Alameda en Santiago de Chile, la Alameda de Osuna en la periferia madrileña, el Paseo de la Alameda en Valencia… El próximo martes regresaré a la Alameda de Cervantes, en la ciudad de Soria, e inevitablemente pasearé de nuevo bajo los olmos, bajo los castaños de indias, bajo los cedros…, en cuyas cortezas, como heridas amargas, continúan inscritos corazones que hablan de amores antiguos que nunca acaban de morir. También nosotros, como parte de la construcción mitológica personal a la que estamos llamados para huir de la alienación, escogemos las ramas de qué cerezo, de qué roble, de qué olmo para que aniden nuestras almas castigadas por la intemperie. Al fin y al cabo, aunque inmateriales, su dolor, cuando les llega, no es menor que el de una angina de pecho. Entonces, sólo el cantar de Violeta alivia: «lo que puede el sentimiento / no lo ha podido el saber / ni el más claro proceder / ni el más ancho pensamiento». Y se va enredando.
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