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Al son de la Habana

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Juan López (Ical) | 15/11/2019 A A
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Al son de la Habana
Sociedad Adentrarse en las viejas rúas de la capital cubana es hacerlo en un permanente recuerdo de Castilla y León: el callejero, la música, los comercios, los apellidos… su historia y cinco siglos desde que un cuellarano fundó la ciudad
Rondar las viejas rúas de La Habana, pasear su Malecón, abrazar una ciudad saturada de columnas, visitar la soberbia Plaza de Armas una y otra vez y perder la vista en su Templete, leer el histórico callejero, escuchar el ritmo musical que en cada esquina acaricia los oídos, los comercios, los apellidos y la fuerza del asociacionismo emigrante, el olor, la luz, el ruido, la humedad, el símbolo de la segoviana ‘Giraldilla’… Imposible que este explosivo cóctel deje indiferente a nadie. Impensable no apreciar la huella castellana y leonesa que aún pervive con fulgor en una de las principales urbes caribeñas, cuyo centro histórico está declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1982.

Esa que el 16 de noviembre de 1519 fundó el explorador cuellarano Diego de Velázquez, considerado el primer hispano-cubano de la historia y gobernador de la isla, que estuvo ayudado en su afán colonizador por el vallisoletano Pánfilo de Narváez (que algunos estudios también atribuyen a la provincia segoviana). En un primer momento se denominó San Cristóbal de La Habana, una de las siete villas que la Corona creó frente al Atlántico Norte. 500 años han transcurrido de una misa que tuvo lugar bajo una ceiba que se encontraba donde hoy se detiene el Templete que honra ese nacimiento. Y cinco siglos de lazos que han apretado el nudo de esa unión con más fuerza y que ahora se celebran al son de La Habana…, pero siempre con un ojo puesto en Castilla y León.

Así ha vivido durante sus casi 90 años María Antonia Rabanillo. Con la mente dividida. Su padre emigró desde la localidad sanabresa de Triufé con 17 años y allí fabricó su vida. “Me siento orgullosa de mis orígenes zamoranos y hago alarde de mi ascendencia”, presume, después de haber visitado en varias ocasiones la provincia, quien es la presidenta de la Agrupación de Sociedades Castellanas y Leonesas en Cuba. Pero resalta qué es La Habana para ella: “El lugar donde nací, crecí y he vivido toda mi vida, mis costumbres, mi educación, mi familia...”

Los 500 años representan un “bonito momento” para hablar de los lugares más simbólicos de la ciudad. Habla de la “belleza” de Habana Vieja, que representa la huella de la arquitectura “majestuosa de España y sus pueblos en aquélla época”. “Es preciosa. Me fascina ver el Malecón mostrando el mar a un lado y sus bellas edificaciones al otro, la mayoría casi centenarias”, relata a Ical una mujer cuya experiencia vital permite trasladarse en el tiempo y conocer la esencia de un espacio diferente. “He visto crecer La Habana desde mi niñez. Una ciudad que después sufrió deterioro por problemas económicos; y vi su renacer”, sostiene Rabanillo, quien achaca esa mejoría al historiador de la capital, Eusebio Leal Spengler, a quien se le ha podido ver estos días haciendo de guía en la visita de los reyes de España.

La colonia zamorana cuenta desde hace 17 años con un importante local en el centro histórico, un “lugar para orgullo de los habaneros”, con su Plaza Vieja, rodeada de edificios totalmente restaurados, mostrando la época de su construcción, convertidos en museos o centros de recreo. Y desde allí, unos pasos al castillo de la Real Fuerza, cuya veleta es el símbolo de esta ciudad, 'La Giraldilla', inspirada en la historia de la noble segoviana Isabel de Bobadilla (ilustra las etiquetas del universal Habana Club). Su marido, Hernando de Soto, zarpó a La Florida, donde encontró la muerte. Su esposa no se resignó y, a cada atardecer, subía a este castillo para mirar hacia las aguas de la bahía mientras esperaba su llegada, y que nunca se produjo. “Su historia simboliza la eterna espera de una mujer enamorada que nunca perdió la esperanza”, sentencia por otro lado el periodista salmantino Jorge Moreta, un enamorado de la isla caribeña.

Una presencia de cinco siglos


La coincidencia de las palabras de Rabanillo y Moreta con las del director de la UNED en Zamora, Juan Andrés Blanco, eminencia cuando se aborda la historia de emigración de estas tierras, es palmario. No en vano, en breve publicará ‘El atractivo de una ciudad cosmopolita. Castellanos y leoneses en La Habana’, con motivo precisamente del 500 aniversario. Pocas personas en España pueden hablar con mejor conocimiento que Blanco de la historia de la capital cubana y de la vinculación con Castilla y León.

“Obviamente, la Comunidad no existía hace 500 años, pero el peso de los antiguos reinos de León y Castilla es muy relevante, desde Diego de Velázquez hasta la época actual del asociacionismo”, cuyo empuje lo lideran los pueblos de las nueve provincias de esta tierra, tal y como reconoce el propio Eusebio Leal, a pesar de que son mayoritarias las colonias canaria o gallega.

Insiste en que Castilla y León está “muy presente” en el desarrollo de una urbe elegida para concentrar buena parte de la flota en su bahía, muy protegida, antes de trasladarse a España”. La significación castellana y leonesa fue cada vez más importante, principalmente a partir de siglo XVII, con ingenieros que llevan a cabo las ampliaciones de la fortificación, hasta El Morro, con capitanes generales, intendentes y autoridades siempre con origen de lo que hoy representan las nueve provincias de la Comunidad.

Tras la conquista de los ingleses por un corto periodo, en 1672 Carlos III concluye un nuevo fuerte al otro lado de la bahía, en La Cabaña, y por las noches “se establecía una cadena para no interrumpir la entrada y salida de barcos”. “El rey se levantaba por la mañana y miraba a Occidente con un catalejo que le pedía al mayordomo. Éste se atrevió a preguntar un día lo que miraba con tanta insistencia y el monarca le dijo que un fuerte que construían en La Habana, que por lo que me está costando lo tengo que ver desde aquí”, ironiza Juan Andrés Blanco sobre la leyenda.

A finales del siglo XIX y primeras décadas del XX empiezan a llegar a La Habana decenas de miles de castellanos y leoneses, muchos de ellos “presentes en las guerras de independencia de Cuba, tanto para evitarlas como para promoverlas”, como el general Santocildes, nacido en Cubo de Bureba (Burgos).

Se definen las casas regionales de beneficencia, como la burgalesa, que se crea en 1893. En 1909 el centro castellano llegó a 10.000 socios, con gran presencia de sus miembros en la economía habanera e individuos destacados. En los negocios aún hoy se pueden ver referencias, como ‘La ferretería castellana’.

Hoy en día, recuerda Blanco, el vicario de los frailes dominicos, el padre Manuel Uña, es zamorano. Es el prior de San Juan de Letrán, sede del Centro Bartolomé de las Casas, institución prestigiada por los muchos años de servicio al pueblo de Cuba. “Cuando el papa Juan Pablo II visitó La Habana dictó una lección inaugural en el aula magna de la Universidad de La Habana. En ese acto, las autoridades civiles, con el comandante Fidel Castro a la cabeza, se colocaron a un lado, y las religiosas, al otro lado. Éstas no estaban encabezadas por el arzobispo de La Habana, sino por Uña”, relata como ejemplo de otro ‘paisano’.

La Habana, estados de ánimo


Jorge Moreta es un enamorado de la isla caribeña. En 2009 publicó ‘Cuba, más allá de Fidel’ (Editorial Altair), un libro donde ‘manejó’ más de 3.000 kilómetros en ‘carro’ por el país. Además, es guionista del largometraje ‘Cuba Crea’, que participó en la reciente edición de la Seminci. “He viajado al país en cinco ocasiones y me parecen poquísimas. Allí siento que estoy en casa. Es una sensación tan extraña como placentera. Todo me es sencillo, familiar. Creo que, incluso antes de conocer la isla, yo ya sentí nostalgia por Cuba. Y me acompaña diariamente porque una parte de mí siempre está allí”, ensalza Moreta, quien prosigue que son “estados de ánimo, plenitud, felicidad y libertad”.

Narra su sensación cuando corre por El Malecón. “En ese momento pienso que no hay nadie en el mundo más feliz que yo. Si en cualquier momento me preguntan dónde quieres estar, siempre respondo lo mismo: ¡En La Habana, claro!”, exclama.

La isla es “diferente” gracias a los cubanos. “Si te sientas en un banco en Londres o París lo más seguro es que no ocurra nada. Si lo haces en La Habana, a los pocos minutos ya te ha ocurrido algo. Cuba regala historias a cada paso. Solo con salir a la calle. Y esa capacidad innata que tiene la isla es impagable”, cuenta. Moreta habla de otro factor fundamental para entender al país, “la selección natural y el mestizaje, que les ha hecho muy fuertes”, y que es la “clave” para ver cómo “una pequeña isla del Caribe ha conseguido ser mucho más grande que su geografía”, citando al escritor Leonardo Padura. Precisamente, también destaca la “fecundidad artística” de Cuba.

Además de El Malecón, son lugares imprescindibles para el periodista la Fábrica del Arte Cubano, además de aquellos que recuerdan la “huella castellana”: desde la Plaza de Armas a la de la Catedral, que hablan del colonialismo y de un “equilibrio extraordinario” que se hace presente en este 500 aniversario. Y aunque está lejos de La Habana, ensalza la casa de Diego Velázquez, en Santiago de Cuba, donde falleció, la más antigua que se conserva en la isla tras sobrevivir durante estos cinco siglos a huracanes, guerras y revoluciones.

Mención especial merece la comunidad castellana y leonesa. Además de la Casa de Zamora, el Centro de Castilla y León se enmarca en una calle “tan habanera y tan gritona” como Neptuno, que va desde las Escaleras de la Universidad hasta el monumental Parque Central. “Compartir con esas personas, sentir cómo quieren la tierra de sus padres, abuelos o ya bisabuelos te cala muy hondo. Los sentimientos verdaderos no saben de mapas ni de geografía. Nos protege un mismo cielo y una historia común que va más allá de la enorme fortaleza del idioma”, proclama Moreta.

Una vista atrás en la lejanía


Rodeados de la nostalgia a la que se presta un establecimiento cien por cien cubano y en torno a un ‘tamal’, plato típico indígena, los habaneros Mario Rodríguez, William Figueredo y Claudio Ramos entablan conversación sobre su tierra. Lo hacen en Valladolid, en ‘La bodeguita de Mario’, propiedad del primero de ellos, y que tomó medio nombre prestado del afamado local cubano, que termina ‘De en medio’.

“500 años son muchos”, sostiene Ramos, jugador de 21 años del Balonmano Atlético Valladolid. Con sus casi dos metros de altura habla con añoranza de Habana Vieja, del Morro Cabañas y de Varadero, a donde se llega “con la carretera en candela”, aporta desde detrás de la barra Mario, un habanero que abandonó Cuba hace 27 años. Proceden de barrios muy diferentes. Mientras el deportista nació en El Cerro, “que tiene la llave” de la ciudad, expresión utilizada desde hace décadas como símbolo de este capitalino municipio, y Mario en La Víbora, quizás zonas más marginales, William lo hace de Nuevo Vedado, espacio más asentado de la metrópoli. Mario estudio en el colegio René Orestes Reiné, donde Padura situó algunas de sus novelas.

“El casco viejo siempre estuvo más encendido que ahora, que está más apagado. Siempre hay morriña”, asevera Figueredo como buen nieto de gallegos, apoyado sobre la barra, delante de una bandera de su país. Para los tres, El Malecón es la zona de “desahogo”, algunas áreas de bares “no se deberían perder nunca” por la cultura que aporta y destacan la figura de ‘La Giraldilla’. “Los españoles se sienten allí como en casa”, coincide William con el periodista Moreta. Prosigue que el mestizaje llegó con los españoles y más tarde con chinos y árabes también, que en muchos casos crearon “negros tintos”, sonríe. Y los tres se despiden: “La Habana es una ciudad de supervivencia. Ya van 500 años. La gente allí va a luchar a diario”, sostiene Figueredo, a lo que los demás asienten con la mirada hacia su bandera y el oído hacia el son cubano que rebota de fondo en los altavoces.
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