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‘Aida’ y los decorados que se salvaron del fuego

‘Aida’ y los decorados que se salvaron del fuego

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La antepenúltima ópera de Verdi es la más programada de la historia del Liceu. | L.N.C. Ampliar imagen La antepenúltima ópera de Verdi es la más programada de la historia del Liceu. | L.N.C.
Javier Heras | 22/01/2020 A A
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‘Aida’ y los decorados que se salvaron del fuego
Ópera La antepenúltima creación de Verdi, en directo desde el Liceu con la histórica escenografía de Mestres Cabanes, arranca este miércoles la nueva temporada de ópera en Cines Van Gogh
Un descuido en las labores de mantenimiento del Liceu provocó, el 31 de enero de 1994, un incendio que destruyó el teatro en menos de tres horas. De la quema se salvaron, por suerte, piezas históricas de gran valor. Entre ellas, unos bellísimos decorados que son patrimonio artístico: los que en 1945 elaboró para ‘Aida’ Josep Mestres Cabanes (1898-1990), escenógrafo de Manresa. Ahora regresan para inaugurar el año operístico barcelonés.

El meticuloso director británico Thomas Guthrie rescata estas espléndidas telas pintadas, de enorme escala y un elegante estilo hiperrealista, riguroso sin caer en lo kitsch. Resulta asombrosa su ilusión de profundidad gracias al uso de las perspectivas; en muchos momentos cuesta creer que los fondos que vemos sean planos. Los responsables del Liceu ya han comunicado que ésta será la última vez que se usen en directo antes de convertirse en pieza de museo, debido a su deteriorado estado de conservación.

La antepenúltima ópera de Verdi es la más programada en la historia del coliseo de la Rambla, la única que ha superado las 400 funciones desde 1877. Esta reposición, que casi ha agotado las entradas de sus 14 funciones y se emitirá en directo en Cines Van Gogh este miércoles a las 19:45, incorpora coreografías con pasos de capoeira y un vestuario de época de Franca Squarciapino, premio Oscar por ‘Cyrano de Bergerac’ y Goya por ‘La camarera del Titanic’.

Debuta en la ciudad condal la pareja protagonista: el tenor surcoreano Yonghoon Lee (1973), de sorprendente potencia, y la estrella Angela Meade (1977). La estadounidense, después de una carrera centrada en el bel canto, ha esperado a su madurez para acometer el papel, con nada menos que 10 roles verdianos a sus espaldas y una voz lírica plena. En el breve pero lucido papel de Ramfis, brilla el veterano Kwangchul Youn (1966), ovacionado en medio mundo como bajo wagneriano (Amfortas, Rey Marke, Daland). A la batuta, el valenciano Gustavo Gimeno (1976), discípulo de Claudio Abbado y titular de la Filarmónica de Luxemburgo. Este año asumirá la titularidad de la Sinfónica de Toronto.

Siglo y medio después, ‘Aida’ mantiene su capacidad de asombrar a los expertos y de atraer a los neófitos, por su acción rápida, emocionante y concisa, y su exuberante partitura, un festival de melodías arropadas por una orquesta sublime que ‘pinta’ la atmósfera del Nilo. El compositor, en la cima de su madurez a sus 58 años, situó en el antiguo Egipto este conflicto entre el amor y el compromiso con el Estado. El proyecto le había llegado por encargo del virrey Ismail Pachá para conmemorar el canal de Suez, aunque el genio de Busseto le había dado largas. Hasta que su amigo Camille du Locle, escritor de Don Carlo y director de la Opéra Comique parisina, le presentó la trama. Ideada por el egiptólogo francés Auguste Mariette, contenía los dilemas y las pasiones humanas que tanto le atraían: el deber, el honor, la nostalgia de la patria o los abusos del clero, que criticó durante toda su trayectoria, ya desde Nabucco.

Involucrado como nunca en el libreto, fue suya la idea del lamento de Aida por su país y, en especial, de las escenas superpuestas del magistral desenlace, con los amantes en la tumba, donde mueren abrazados. No pudo asistir al estreno, en el Teatro Lírico del Jedive de El Cairo en la Nochebuena de 1871; le daba miedo el mar.

«Aida avanza majestuosa, sobrepasa al propio autor», elogió el ruso Mussorgski. Verdi había dejado atrás las fórmulas del bel canto y culminaba sin aspavientos su particular revolución del drama, iniciada en ‘Macbeth’: la unión profunda del libreto y la partitura. A los personajes los caracteriza la música tanto o más que la palabra. El tormento de la princesa etíope se traduce en saltos al registro agudo en su monólogo ‘Ritorna vincitor’, de la misma manera que la línea vocal de su amado, Radamès, asciende sin parar en la romanza ‘Celeste Aida’, que habla de construirle «un trono cerca del sol».

Todo se ajusta a la acción, del tipo de canto –casi declamado– al uso de los leitmotive, la instrumentación y la ausencia de números cerrados. Pese a que reconocemos la impronta verdiana en las melodías amplias y elegantes y en sus típicos dúos padre-hija (como en ‘Luisa Miller’ o ‘Rigoletto’), su estilo se fue acercando, voluntariamente o no, al de Wagner.
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