Quinty, Ladis, Mon y otros chicos de Castrocalbón

Albañiles, pastores de ovejas, zapateros... con verdadera pasión por la escritura para los que publicar, encontrar un editor, era un verdadero tormento en los tiempos previos a internet. Historias de escritores leoneses realmente entrañables e hijas de una pasión: publicar un libro, que ya no es lo que era

Fulgencio Fernández
24/04/2022
 Actualizado a 24/04/2022
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Si el mundo de hoy nada tiene que ver con el de los años 80 y 90, si no había entonces ni móviles ni Internet, si Google no resolvía ninguna duda pues no existía… es fácil que nada tenía que ver tampoco el mundo de los libros con el de hoy.

Eran tiempos aquellos en los que publicar un libro era una odisea, en los que se escuchaba con frecuencia aquello de “no encuentro editor”. Demasiados aspirantes a la gloria literaria dejaban sus obras en manos de un editor que jamás respondía. Hoy Punto Rojo y otras empresas similares te envían el presupuesto a vuelta de correo electrónico, a precios muy asequibles y raro es quien quiere publicar y no acaba teniendo su libro en los escaparates. Cuando llega el Día del Libro y en la cercana Feria del Libro se multiplican los títulos, los autores, las novedades…

Esta circunstancia, este avance también en este campo, se ha llevado por delante y hasta ha borrado el recuerdo de unos singulares personajes, atravesados por su amor a la literatura, empeñados en publicar su libro contra viento y editor , orgullosos de verlo en las estanterías cuando lo lograban. Sirva como ejemplo una frase de Quinty González, del que hablaremos en este reportaje, cuando en una entrevista en la desaparecida La Crónica me contaba satisfecho: «Ya no le pido nada más a la literatura, me siento pagado, he entrado en una librería en Vitoria y he encontrado mi último libro al lado de los de Cela y Umbral, ¿qué más puedo pedir?».

El orgullo de aquellas gentes al poder publicar su libro es, seguramente, difícil de entender en la actualidad, pero era un logro hace unas pocas décadas. Sirva el ejemplo de Emilio Fierro, un leonés emigrante en Francia donde aprendió a tocar la bandurria. Regresó ya jubilado, con tiempo para disfrutar y una jubilación francesa que «era un capital», en expresión suya, en España. Parte de esos dineros los invirtió Fierro en crear «una rondalla en el pueblo» y con otra parte publicó un libro de un género que le gustaba mucho a él, las fábulas. Así se titulaba, ‘Fábulas’ de Emilio Fierro. Hizo una gran fotocopia de la portada, la puso en la ventana de su casa y debajo escribió a mano, con letra muy cuidada: «Aquí vive el autor».

Aquel libro permitió a Emilio disfrutar de uno de sus días más felices al participar, en 1984, en el recordado y estrafalario Corro de Poesía para Rebecos, en el Puerto de Vegarada, junto a poetas como Julio Llamazares, Toño Llamas, Antonio Pereira, Ángel Fierro, Paco Pérez Herrero, Azucena Modino, José Carlón o Antonio Colinas… «Una noche que yo estaba / con mi novia en la ventana / como era tan bonita / de besarla me entró gana». Así comenzaba su poema.

Ya hemos citado a Quinty González, todo un ejemplo de pasión por la literatura, autor de una decena de libros de poesía en su mayoría, amorosa siempre pues él mismo se define como «el poeta del amor». González, albañil de profesión y especializado en tejados, era una delicia para las entrevistas, por su ingenua sinceridad, su forma de contar. «Creo que estar en las alturas me tiene más cerca de las musas, los versos me vienen ellos solos pero también te digo, muchos de los mejores se me han quedado en los andamios pues casi nunca el encargado de la obra te deja bajar a apuntarlos y, ya en tierra, se me olvidan algunos».

Quinty es de Castrotierra de Valmadrigal aunque se afincó en Vitoria por motivos laborales. Su más fiel lectora y admiradora es su mujer, que es quien le escribe la biografía para la solapa del libro y que siempre comienza con un «probablemente el mejor poeta en lengua castellana». Para él la rima es lo fundamental, por ello cuando a Gamoneda le dieron el Cervantes lo celebró «como colega y como leonés, pero sinceramente me extraña que sus poemas no rimen en consonante, como los míos».

¿Cómo define su mujer a Quinty en la solapa del libro?: «Pertenece a un limitado catálogo de celebridades que está en boca de casi todos incluso de quienes nunca han traspasado las puertas de su exquisita e inspirada poesía. Nadie le regatea un lugar destacado entre los grandes monstruos, sus méritos sobrepasan las fronteras de los más privilegiados».

El de Castrotierra es autor de libros como ‘Besos en versos’ o ‘Amor etiquetado’, que son con los que le hizo un trueque a S.H. López Pastor, el escritor errante, a quien le contó que  luchó por su sueño de ser escritor y poeta. «Lo hizo con ganas, me habló, asimismo, de asociaciones de escritores, de presentaciones y promociones varias de las que había sido miembro y protagonista. Hoy, a sus sesenta y tantos años, continúa escribiendo. Supongo que siempre lo hará».

De la misma época y de la misma editorial es Ladislao Porrero, «llamado en los entornos literarios  ‘El pastor poeta». Fallecido hace unos años había nacido en Villamañán en 1947 y, explicaba en su libro ‘Elegía satírica actual. Un poema relativo. Unas dudas comparadas’ que «es un vate que ha vivido y vive la vida muy cerca del mundo, hasta el punto de comprometerse vivamente con sus problemas. Desde el verdor de los valles que transita se asoma a los precipicios y lanza los versos a los riscos de la sociedad».

Su editor, de él hablaremos, Agustín García Alonso escribe de Ladislao, al que no sé si por errata o por venirse arriba el editor  en su segundo libro llaman en la portada Ladislado: «No vayamos a exigirle la finura de Catedrático o de un licenciado en Letras, porque sólo es poeta y pastor de ovejas. Por tal motivo hay que valorarlo tal cual es…”.

Y por completar el panorama con un tercer oficio habría que recordar a Mon Villaverde, de nombre real Simón López, Villaverde es su pueblo. «Zapatero remendón» según su propia definición publicó uno de los libros más curiosos que recuerdo: «Te huelen los pies y yo lo traduzco». Se trata de un ensayo poético  en el que reflexiona sobre lo que veía en su trabajo en el día a día: «Puede el señor oler a Varon Dandy, que huele. Puede el señor traer corbata con pasador de oro, que lo trae. Pero sus pies despiden tal olor que, si posible fuera, le diría que no». La aventura acabó mal, al “señor” no le gustó nada la reflexión, le amenazó con los juzgados y Mon abandonó su viaje por el mundo de la literatura.

Pero todos estos personajes, apasdionados de la literatura y deseosos de publicar —en todos los casos con el dinero se sus ahorros— necesitaban ese editor que tanto costaba encontrar. Muchos de ellos lo encontraron en el personaje más singular de toda esta historia: Agustín García Alonso, conocido por El Lara de Castrocalbón, autor de numerosos libros y revistas y editor de muchos más, a medio camino entre el pícaro y el mecenas, un año fue el leonés con más causas judiciales abiertas y también el leonés que a más autores ha editado... «Así soy. He trabajado en el campo, en la mina, de fotógrafo, de cocinero, de contable, de celador. Y el que más me gusta, escribir, nosotros sólo queremos amigos».

Aunque alguno no captó el mensaje de la amistad. «Pues al engañar, solo tu te engañas, feto bastardo de Castrocalbón...» le llegó a escribir el berciano Antonio González Guerrero.

Fue padre de ideas como las antologías de escritores leoneses, en las que por veinte mil pesetas tú decidías entrar en ese privilegiado club y hasta escribías tú elogiosa fotografía. En la Fundación Antonio Pereira está, por ejemplo, la carta que le envió al villafranquino en la que se le ofrecía por aceptar otros premios añadidos como ser miembro de la Asociación Mundial de Escritores, con sede en Castrocalbón y, por supuesto, fundada por García Alonso.

Otra forma de publicar fue en aquellos años una ejemplar iniciativa, la Biblioteca de Narrativa Popular, de la editorial Sendoa, en la que el escritor Antonio Zavala ponía su pluma a disposición de personajes con biografías interesantes y la plasmaba «casi tal cual». Nació la idea con el leonés Daniel Cuesta, de Portilla de la Reina. «En una excursión mantenía largas conversaciones con Daniel, a quien conocí entonces. Nos hablaba de la leyenda del censo de la cera, de la ruta de los primeros pobladores del Valle, de la reina Constanza, de un intento de robo que sufrió en Pandetrave, de osos, de lobos... El nacimento de esta colección se gestó en aquella conversación». Entre los elegidos hubo más leoneses, como Alfredo Caldevilla, de Llánaves, protagonista de ‘Una vida en los Picos de Europa’ y a quien conoció a raíz de publicar el libro de Daniel, el origen de una gran idea, y que no costaba a los  autores, que firmaban el libro junto a Zavala.

Más suerte tuvieron otros de encontrar un mecenas, como tío Teodosio de Prioro con su paisano Teyo Prado, que le financió la publicación de una cuidadas ‘Memorias de un pastor trashumante y costumbres de Prioro’.

En fin, curiosas historias anteriores a los tiempos de internet.  
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