Amor de pendoneta

La última de La Nueva Crónica

Fulgencio Fernández y Mauricio Peña
20/03/2024
 Actualizado a 20/03/2024
| MAURICIO PEÑA
| MAURICIO PEÑA

Contaba el lúcido José Sacristán, octogenario y aún en activo, en una entrevista reciente que cuando escucha decir que vivimos en una dictadura le dan ganas de escupirle al autor de la frase que «no tienes ni puta idea de lo que es una dictadura». Y remata su argumento señalando que eso «no quiere decir que no cultive con orgullo los principios morales y éticos de mis padres, mi abuela y hasta la mula que había en casa».

Reflexionaba sobre los signos y los símbolos de los tiempos, sobre la necesidad de que los viejos ritos tengan músicas nuevas, que la tradición no lo puede amparar todo bajo su paraguas y si tirar una cabra desde un campanario es un sinsentido solo es eso, un desvarío; y jugar a hacer carrera de cintas cortando la cabeza de gallinas, pues una barbaridad. 

Y no pasa nada si desaparecen.

¿Qué hubo tiempos que se miraban con otros ojos? ¿Ya? ¿Y?

También hubo tiempos que a unos brazos femeninos no les dejaban abrazar más que lo que decidieran los que jugaban a decidirlo todo ¿Y? ¿Y?

También hubo tiempos en los que los tatuajes, al menos eso nos hacían creer, solo nacían en la oscuridad de las celdas de las cárceles o, en el mejor de los casos, en los brazos de hierro de los legionarios a los que gustaba tener como seña de identidad un corazón atravesado por la frase ‘Amor de madre’.

Hoy un brazo tatuado solo es un brazo tatuado. Y un brazo tatuado sujetando la vara de un pendón o una pendoneta no es más que lo que vemos. Con más o menos arte, como en todo. 

Que tiene razón Sacristán, mirando para atrás se aprende hasta de la mula. Pero no siempre, no todo. 

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