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A dos metros de todo

A dos metros de todo

OPINIóN IR

27/03/2020 A A
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A dos metros de todo
Hubo un tiempo en que mujeres, ancianos y niños no iban a la guerra, las trincheras no tenían ventanas ni se luchaba en pijama y zapatillas. Tiempos en que el cruce de aceros era cara a cara y el enemigo se anunciaba a toque de trompeta. Guerreros con los que compartiremos textos de historia por nuestra insólita batalla en la que vale el todos contra uno, el rival es invisible y tocar a retirada no es rendirse, es victoria. Como única estrategia: parar el mundo, romper tiempo y espacio, seguir siendo invierno cuando a dos metros ya es primavera y convertir nuestros hogares en refugios sin lógica ni medidas, donde viajes de quince pasos te lleven hasta donde tu fantasía alcance. El abuelo dice venir del norte por la orilla del rio, siguiendo el rodapié del pasillo, hasta el descampado donde su hija cocina. La nieta, sobre el césped de su cama, alcanza las uvas de la parra con el palo de los selfies y en la balda de los cuentos, ve un nido de golondrinas. Cazan juntos las mariposas dibujadas en la cortina y exploran la cueva de los trastos, donde conviven un belén con unas chanclas, hasta oír el toque a zafarrancho. Por la tarde irán al fin del mundo, situado en la terraza, convertida en acantilado sobre un mar de silencio, que a las ocho romperán los aplausos. Después jugarán a médicos, termómetro en mano, con un temor denso desde que la abuela se fue, dejando la labor a medias sobre ese costurero que todos miran de reojo, aunque mamá lo limpió llorando.

Y avanzan los días que restan, con estados de ánimo bailando al son de estadísticas que golpean como mazos y músicas que alivian miedos. Un mundo improvisado donde un perro es un salvoconducto, en los cristales nacen arco iris, los aviones emigraron siendo primavera y un aplauso significa GRACIAS, contraseña convertida en munición para recargar ánimos. Ahora que el calendario y el reloj están rotos, el pasado más reciente parece no ser nuestro, lo importante dejó de serlo y lo urgente ya no existe. Ahora que las distancias ya no miden como antes y vivimos a dos metros de un abrazo, sabemos que lo único necesario para vivir, es la vida. Y querríamos ser enero, estar a tiempo de todo, de izar la bandera blanca y firmar la paz antes de que estalle esta guerra en la que los soldados no tienen mascarillas que llevarse a la boca, el pelotón aguarda agazapado en las trincheras y los caídos se deslizan con patines silenciosos sobre la pista de un Palacio de hielo. Hace mucho frío en todas las primaveras del mundo.
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