A falta de nombre mejor, a una podríamos llamarla confesionalismo. Un credo oficial y los consiguientes alardes públicos de la fe religiosa sostuvieron sociedades y reinados omnímodos durante la Edad Media y mucho más tiempo. Pasado su momento, sin embargo, en cuanto las creencias de uno dejan de ser un asunto particular e íntimo, no hacen más que causar problemas, a veces de calado planetario. Cuanto menos cancha se da a su expresión, más inocuas y tolerables se tornan. Por ejemplo, en la semana santa los problemas de tráfico y de intransigencia colectiva caducan pronto, porque en definitiva se trata de una exaltación postiza, de quita y pon, apta para mejorar la caja de resultados de la principal industria local y hacerse fotos. Tanto la profusión como la insistencia delatan su carácter terminal.
Algo parecido sucede con el nacionalismo, otra criatura rancia. Durante siglo y medio sirvió fiel y útilmente a los intereses de nuevos Estados, sus gerifaltes y algún poeta arrebatado. Después ha tendido a convertirse en un terrible monstruo, un monstruito ridículo o un mero lastre: un juguete peligroso casi siempre. En este caso una terquedad obtusa suele delatar ocultas y ladinas intenciones y también aquí los pleonasmos revelan su agotamiento como idea digna de atención. Inflamados de fe en algún dios verdadero o de exaltación por alguna bandera legítima, nos comportamos como un mono con dos hachas y las agitamos contra todo lo que se mueve alrededor.
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