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Todos los fuegos, el fuego

17/09/2016
 Actualizado a 19/09/2019
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«Así será algún día su estatua, piensa irónicamente el procónsul Rajoy mientras alza el brazo y se tapa la nariz». El escritor comienza de esta forma el cuento, o no, no se sabe, y sigue tecleando en la máquina de escribir: «‘No tengo ninguna autoridad sobre Rita Barberá’, añade el procónsul, y saluda al público que llena el circo, fatigado tras dos elecciones consecutivas». Cortázar ceba el mate, sorbe por la bombilla caliente y deja caer los brazos. El gato se enrosca en sus tobillos. ¿Cómo terminar la historia? Si pone más casos de corrupción, quizá el procónsul consiga mayoría absoluta.

Las arterias de los árboles son de ceniza y han sido rechazadas por el poeta que las imaginó una vez. Manuel Ruiz, presidente de la pequeña junta vecinal de San Pedro de Paradela, habla con la periodista Diana Martínez y le enseña los montes quemados que les rodean. Ahora llueve, pero el agua ha llegado tarde. El último incendio del verano en el Bierzo ha acabado con bosques de robles y castaños, con décadas de crecimiento vegetal, despacioso, lleno de vida. Ya no hay pájaros allí. La periodista escribirá después: «desierto negro».

«El procónsul mira a Rita-lo-que-se-da-no-se-quita, que le devuelve una sonrisa inexpresiva. ‘El escaño es mío, no te acerques al caloret que te quemas’, advierte ella. El procónsul no sabe lo que va a seguir y a la vez es como si lo supiera, hasta lo inesperado acaba en costumbre en su partido. La multitud del circo se mosquea y empieza a crear memes». El escritor cierra los ojos y tuerce la boca, asqueado. Este cuento es muy malo, se dice. Es muy malo y ya lo he leído en alguna parte, reconoce.

El incendio arrasa los ojos de algunos animales, se refleja en las pupilas atemorizadas de los vecinos, contamina el agua, ahuma cuatro nichos del cementerio municipal y cocina las lombrices de la tierra. Los hidroaviones rugen en el cielo nublado, vistosos pero inútiles.

El escritor abre la estufa y echa los folios en las llamas. El dueño de la cuadra calcinada apoya las manos en la cabeza.
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