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‘Out of Ireland’: lejos de Irlanda

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17/07/2017 A A
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‘Out of Ireland’: lejos de Irlanda
Como todo tiene su final y acabamiento, que decía el clásico, el periplo irlandés terminó, y con ello algunos de los días más felices de mi vida reciente. No ya porque Irlanda sea para mí, siquiera por devoción, algo así como una segunda patria (uno, también es cierto, no es muy de patrias ni de banderas), sino porque la memoria apenas puede reconstruir, unos días después de todos estos meses fuera, el tejido sutil de la emociones. Y, sin embargo, la memoria es cuanto tenemos a nuestro alcance para volver a vivir lo vivido. Misteriosa, no atiende a lógicas ni a formalidades. Puedes olvidar un día entero, y recordar en cambio un rumor, una caricia, una palabra que llegó a tus oídos. Es verdad que hoy regresamos de los lugares con miles de fotografías (no hay que ahorrar en eso con la tecnología moderna), con vídeos sin número, con grabaciones de voz, pero la memoria es otra cosa. Necesita algunos aditamentos más, y, sobre todo, necesita uno: la emoción. Los recuerdos son aún más potentes que una fotografía, por mucho que se difuminen con el tiempo, por mucho que pierdan con el paso de los años la prestancia y la frescura, algo que no ocurre con las fotografías digitales, desde luego.

La memoria es, en efecto, un tejido inexplicable que reverdece en momentos inesperados, y que se apaga o mitiga en otros, empujada por señales y códigos del cerebro o del corazón, cosas que no logramos descifrar muy bien. Así que aquí estoy, embebido en esta memoria reciente. Para los que hemos vivido el desarraigo, no como un trauma, sino como una experiencia enriquecedora, la reconstrucción de lo vivido, aunque sea con esos momentos inesperados que no tienen por qué ser los que nos parecieron más importantes, es casi una costumbre. También una necesidad. Porque todo eso somos. Lo que pensamos, lo que imaginamos, lo que ocurrió y lo que no, lo que ahora brota para nuestra sorpresa delante de los ojos y se revela como huella indeleble: aquel día en aquel lugar, aquel anochecer, aquella conversación, aquel lugar que vimos sin que nada nos empujara a ello, salvo la casualidad o quizás alguna pulsión interior también inextricable. El tejido de la memoria tiene que ver con el tejido de los sueños. No tiene el realismo de una fotografía, sino que viene envuelto en nieblas y en sonidos, se despliega por lugares no usados, muestra recovecos indecibles, obvia quizás lo que la fotografía enseña, y, al fin, en los segundos que dura una evocación, deja un rastro de emociones intensas, como el rastro del animal que sabe que aquel es territorio marcado hasta que el tiempo lo agoste, si eso ocurre, o hasta el mismo día de la muerte.

Claro que para que esto ocurra, has de mirar la tierra que pisas como si fuera la tuya. Nada tengo contra los ojos del turista, pero la primera norma para emocionarse con un sitio distinto es alegrarse de que sea distinto. Hoy es fácil habitar ciudades que se imitan, que se parecen como un huevo a otro, que enseñan los rótulos de las mismas marcas en las calles principales, que allanan las dificultades que en otro tiempo tenía el viajero. Eliminan las diferencias en los horarios de comidas, por ejemplo. También anulan los horarios comerciales, hoy universalmente amplios. El mercado se ha encargado de todo esto, para nuestra comodidad compradora. Es seguro que se han perdido cosas por el camino, pero en realidad esas cosas están ahí. Se trata de buscarlas. En lugar de atender al paisaje global que se presenta en los lugares más emblemáticos, lo que el viajero debe hacer es perderse, huir de los decorados globalizadores: salvo que pretenda estar como en casa. Lo ideal, sin embargo, es no estar como en casa.

La aburrida uniformidad occidental se evapora en cuanto puedes dedicar un poco de tiempo a profundizar bajo la piel de los anuncios de neón. La memoria se construye de las gentes que conoces, de las conversaciones y las miradas nuevas. No pretendas recordar aquello que te resultó cómodo, conocido, habitual. Se tratará, seguramente, de una realidad inventada. La autenticidad no se entrega a primera vista: hay que saber encontrarla. Y hay que saber renunciar, de esto no hay ninguna duda, a las opiniones superficiales sobre la grandeza de lo nuestro, algo en lo que incurrimos con frecuencia (no digo que en otros lugares no lo hagan también). No creo mucho, ya digo, en orgullos patrioteros, porque suelen estar basados en tópicos insufribles, en posverdades, ahora que están tan de moda, y en simplificaciones palmarias. Se suele despreciar lo que no se conoce, o lo que no se quiere conocer. El viajero ha de desnudarse de prejuicios, ha de abrirse al mundo, a todo lo distinto. En realidad, creo que esa debería ser nuestra actitud constante en la vida, en casa y fuera de casa.

Mientras construyo el tejido de la memoria reciente, tras estos meses irlandeses, compruebo que me acuerdo más de las palabras que de los paisajes. Es cierto que hablo de Irlanda como un forofo hablaría de su equipo favorito. Lo reconozco. Pero es difícil no ser forofo de este país. Como de otros: Portugal, por ejemplo. Italia, por tantas cosas. Uno, que mantiene una relación intensa de muchos años con lo irlandés, con lo que representa su cultura extraordinaria, su literatura apabullante, su espíritu alegre y solidario, descubre de pronto que lo que brota en la memoria es el recuerdo de las conversaciones, de las reuniones sin protocolos, de los días pasados en pueblos minúsculos, de las noches de teatro y poesía en pubs que no se parecen a las franquicias internacionales, de los paseos por la costa de lo que ellos llaman aquí ‘The Wild Atlantic Way’, el Atlántico salvaje. Es posible que muchas de estas cosas se hayan ido incorporando al esquema turístico de este país, decididamente implicado en reivindicar su riqueza cultural y paisajística, imagino que como cualquiera, pero también los intangibles de las relaciones humanas, digámoslo así: el aprecio inmediato a lo desconocido, la sonrisa permanente. No quiero ser ñoño, pero creo que puedes decir que un país es un poco tuyo cuando dejas amigos en él.

Y ahí queda, por el momento, la vieja Irlanda. Digo por el momento, porque, como sucede cuando uno pasa un largo tiempo en otro lugar, ya es imposible desprenderse de todo lo que deposita en ti. Y me alegro de ello. La autenticidad tiene que ver con la tierra, con el latido de las cosas, con las palabras de la gente. Inexorablemente, vuelves impregnado de una forma de ver el mundo que quieres guardar, al menos mientras la memoria tenga a bien revivirla de vez en cuando. Lo que se aparece ante mí es el laberinto de carreteras secundarias del Anillo de Kerry, la visión entre la bruma de las islas Skellig. Lo que se aparece ante mí es la presencia de las Blasket como ballenas varadas en la niebla. Aquella tarde en las Aran, con el conductor del tiro de caballos que me contó la vida en una isla que ya no es la de John Millinton Synge. Lo que se aparece ante mí es aquella noche en Minane Bridge, las canciones en el Festival de Tracton, ‘Le temps des cerises’: aquella muchacha cantaba en todas las lenguas del mundo. También en español. O aquella noche, también, en Kinsale, con Alanah Kopkin, con el recuerdo del desaparecido Aidan Higgins, escritor genial. Y recuerdo los lagos oscuros, donde se miraban abadías detenidas en el tiempo: en Connemara. Aquí, de regreso, el calor revienta las costuras de las paredes. El verano se descuelga con toda su fuerza, deja caer su puño sobre la mesa. Tampoco viene mal el cielo azul y el sol de la infancia. Me pregunto cuánto tiempo sonarán en mis oídos los hermosos nombres irlandeses. Cuánto durará el viento feroz de las Aran aullando en mis oídos. La memoria es la que habla, la que nos mantiene a flote ante los olímpicos embates. Y cuando nos vayamos haciendo invisibles, de pronto, en esa tarde última, en ese día aciago e inevitable, escucharemos palabras que creíamos olvidadas, regresaremos a aquel lugar y sentiremos la lluvia de aquel día lejano caer sobre los párpados.
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