No recuerdo que ningún país africano o mesopotámico haya bombardeado Europa en los últimos dos mil años, pero ayer los aviones Tu-95MS de Putin descargaron 12 misiles de crucero y miles de bombas contra 200 poblaciones sirias en las que viven hombres, mujeres y niños inocentes. ¡Qué borrachera! ¡Qué orgía de odio y violencia!
Pero ahora Putin es de los buenos y la vicepresidenta y su jefe callan y miran para otro lado, mientras Hollande y Putin se pasan la legalidad internacional por el Arco del Triunfo.
«Hay que cumplir el déficit» dicen muy serios, pero van Francia y Bélgica y se meten en gastos –la guerra es muy cara– y donde no hay un céntimo para escuelas o para refugiados sirios, aparecen millones de euros para 5.000 nuevos policías. Pronto Alemania y España seguirán «la senda del crecimiento»: aunque no tengamos para comer, no escatimemos en bombas y ejércitos. Sembradores de odio y miedo, nos amedrentan con armas biológicas y químicas, pero son ellos, gobiernos «civilizados» como los de Francia y Reino Unido, los que llevan años fabricando bombas nucleares y explosiones atómicas en Mururoa.
En medio de esta locura, apenas se ha escuchado débil –aunque su mensaje fue firme y contundente– la voz del Papa Francisco. No interesa a los amigos de la guerra, a los que venden armas como nuestro ministro Morenés, o hacen negocios con la dictadura siniestra Emiratos Árabes Unidos [BOE 19 de noviembre 2015].
Estos sembradores de miedo y odio solo cuentan los muertos de Madrid o París (todo mi respeto para cada uno de ellos), pero nunca han guardado un minuto de silencio por los cinco millones de inocentes asesinados por las bombas y las tropas occidentales en Afganistán y Siria en los últimos veinte años.
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