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La Negrilla

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No la toques más, que así es la rosa

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18/06/2017 A A
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No la toques más, que así es la rosa
Reconozco la lectura superficial que llegué a hacer de los criterios que los expertos señalaron respecto a la remodelación de la Plaza del Grano, de los dimes y diretes exhibidos en los medios de comunicación por los defensores de uno y otro bando. Y también que en algún momento dudé entre estar a favor de quienes defienden su modificación –de los que pugnan por el cambio de la base de su armadura, es decir, de los que esgrimen el problema que supone para los visitantes su dificultoso empedrado y, por lo visto, el entramado de las vías subterráneas (sobre todo el de los propios vecinos)– o de los que levantan la mano para dejar claro su actual comportamiento conservador, lejos en su mayoría, precisamente, del adjetivo político que lo define.

La lectura superficial de la que hablo no deja de apoyarse, trashumante como soy, en mi habitual ausencia de la capital, donde me he encontrado con este batiburrillo cultural-político-social en el que me atrevo a participar desde mi posición advenediza, pese a que, no por ello, he de dejar de revelar mi opinión. Que no es otra que la que se nutre de mi memoria, y que me obliga a unirme a los que piden, como mucho, el arreglo superficial de la Plaza. De manera que he ido memorizando, como digo, las opiniones que en La Nueva Crónica vierten unos y otros, y tras calibrar dichos criterios, me inclino por acudir al poema más corto que escribió Juan Ramón Jiménez. Decía el poeta: «No la toques más, que así es la rosa».

Otro lejano apunte poético, de alguna manera relacionado con el piso de la Plaza, puede leerse también en el sublime libro de Juan Rulfo, ‘Pedro Páramo’, cuando el hijo del tal Pedro Páramo llega a Comala en busca de su padre: «…Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaba empedrada la plaza. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer». Y digo esto porque yo mismo puedo ser como ese hijo de Pedro Páramo: me fui de León hace muchos años, y desde entonces regreso a mi ciudad, entre otras situaciones que no vienen al caso, para regocijarme con la visita a la Plaza del Grano. Llego a lo alto de la ciudad, con la excusa de la visita a la Catedral o con el empeño en el barrio Romántico o en el del Húmedo, pero en realidad busco siempre el sosiego que me ofrece la Plaza del Grano, el secreto que emana su asfalto empedrado y sus álamos blancos, vigías de los alrededores; un lugar en el que los visitantes parecen haber llegado a un acuerdo para no acceder a él atropelladamente, como si buscase allí mismo cada cual su parte de complicidad, la porción de soledad que todos necesitamos.

Se ha empeñado el Consistorio en ‘engrandecer’ nuestra Plaza, en otorgarle ese premio que siempre mereció, bien es cierto que, en su afán de catalogarla para convertirla en una más de las reliquias monumentales de nuestra ciudad, trate de darle brillo y comodidad cuando bastaría en dejarla así, tal cual. Y es que, en realidad, su valor estriba en su elemental simpleza: la Plaza del Grano es la casa del pueblo a la que cada leonés acude para apropiarse de su rastro melancólico, del recuerdo del paso del tiempo, la huella que permanecerá (me atrevo a afirmar) casi a la altura de la que ha dejado en su memoria la Pulchra, San Isidoro o San Marcos.

Por casualidad me encontré hace unos días en la Plaza con unos amigos de Badajoz, y yo les iba señalando las calles y casas que la rodean: «la catedral es la catedral, pero este rincón es una delicia» me dijeron. Pues lo van a modificar, comenté al momento. ¿Y qué van a poner aquí? Pues lo mismo –contesté–, pero más bonito, más para la muchedumbre; un lugar en el que los niños tal vez puedan patinar y la gente se agolpe en su interior para gozar de esta maravilla. Llegará mucha más gente, despedidas de los solteros y fiestas juveniles, ¡ladedios!

Lejos de lo que hasta ahora pensaban quienes ponían sus pies en ella buscando el enigma de su silencio campestre, a nuestra Plaza del Grano la van a abrillantar para convertirla en uno más de los tesoros imaginables de nuestra ciudad. Miedo me da, no vaya a ser que, como sucedió en nuestra Pulchra, coloquen puestos paganos de tiques para entrar en ella por cada una de las calles que la circundan.

Por lo demás, me atrevo a derivar el poema del poeta onubense hacia la polémica que ha ido in crescendo como consecuencia de las obras (igualmente in crescendo) de la propia Plaza. Y que, ni más ni menos, vendría a significar: dejadla como está, que así es la Plaza del Grano.
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