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Llevarse la lavadora

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11/08/2017 A A
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Llevarse la lavadora
Tres niños, los abuelos, los padres y el perro; más las maletas y las tiendas de campaña. De alguna misteriosa manera todo cabía en aquel Seat –aunque tardaban una mañana entera en embutirlo dentro y atarlo a la baca–. Y ponían rumbo al camping de la Costa Brava donde pasaban el verano. El coche avanzaba renqueando en las cuestas y el hijo pequeño, y el perro, giraban por todo el habitáculo, unas veces en el asiento del copiloto con la madre, otras en cuclillas atrás o echado sobre los abuelos. Después el padre regresaba a Barcelona porque tenía que trabajar y en cada viaje al camping iba llevando más enseres, más sartenes, la olla....

Con los años perfeccionaron el estilo, primero eran dos simples dormitorios, después, levantaron otra tienda a modo de saloncito y más tarde montaron un recibidor-comedor. Todo entre los pinos de aquel primitivo camping y junto a decenas de familias como la suya, a finales de los 70 y los primeros 80. «El día en que mi madre se empeñó en llevar la lavadora, mi padre dijo: basta ya. Se acabó el camping», me cuenta el hombre con una mirada entre nostálgica y divertida. Es un alto ejecutivo de una empresa con quien coincido en una reunión de trabajo. Supongo que nadie se lo imagina de niño echado bocabajo sobre las rodillas de sus abuelos.

Era la España feliz de los 70, cuando todo avanzaba hacia adelante. Cuando sabías que si trabajabas y ahorrabas, tu vida mejoraría. Cuando no se necesitaba un crucero por el Caribe para disfrutar.

Recuerdo que algunos domingos íbamos al Lago de Sanabria. Fiambrera, sillas de lona floreadas, mesas plegables. La carretera era infernal y nos mareábamos los tres hermanos, así que mi madre nos daba a cada uno un cubo de plástico de los que llevábamos para jugar en la arena, y hala, tira millas, a vomitar sin aspavientos. Ella se ponía a cantar y entre mareo y mareo acabábamos pasándolo bien. Ahora que tengo un hijo, y solo uno, pensar en un viaje así me espeluzna. Niños vomitando, el maletero cargado, sin aire acondicionado, una playa llena... ¡un lago! Pero y mi madre, ¿no lo pensaría también? ¿No le daría pereza todo el asunto?

Quizá era el estado de ánimo optimista que flotaba en el aire. Ahora, sin embargo, es pesado. Hay que planearlo todo, hasta el último hotel, y no te olvides del geolocalizador y de bajarte los mapas al móvil, eh. Es un poco como la historia del camping: nos queremos llevar la lavadora a todos los viajes. Por eso abogo por volver a los pequeños placeres. Irse al río a pasar la tarde. Coger la bici y desaparecemos por los caminos de concentración. Dejar el móvil en casa. ¿Qué tal suena?
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