Ciertos colectivos y organizaciones no sospechosos de interés económico alguno han mostrado a menudo su oposición o, cuando menos, su inquietud por unas obras que, a todas luces (y esto no es discutible), no son necesarias para la correcta conservación del lugar. Incluso se han ofrecido a realizar un mantenimiento tradicional acorde con sus características constructivas y significado cultural. La plaza más auténtica y castiza de la ciudad no peligra ni requiere modificaciones, sino simples respeto y sostenimiento. El primero se le concede a cuentagotas, después de que, sólo este último mes, se decidiera eliminar el trasiego de vehículos que comprometía el pavimento. El segundo, no. ¿Se buscaron el abandono y la degradación suficientes para justificar la intervención? Nadie duda de las bondades del proyecto, sí de su necesidad. Aunque cabría preguntarse por qué ese afán de recluir el suelo de cantillo y convertirlo en un espacio destinado a ser contemplado, una fosilización que puede acabar con sus encantos, fruto de una viveza y frescura en proceso de coagulación. Y por qué hormigón, ese intruso. En resumen, por qué esa obra donde no es precisa, habiendo tantos lugares en la ciudad (cada día más) que sí la requieren. Decididos a hacer un nuevo ‘lifting’ a la ciudad, nos libraremos de este Grano a la manera de siempre: monotonía, negocio, vulgaridad.
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