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"Eso": sesenta y dos vidas

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11/01/2017 A A
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"Eso": sesenta y dos vidas
No, no escribo ofendido. Privo al cínico –al «que actúa con falsedad o desvergüenza descaradas»– de su soberbia con defensa cartesiana: cuando alguien pretende ofenderme, elevo mi espíritu muy alto, para que la ofensa no lo alcance. Sí lo hago con pasión de inteligencia insultada, aunque a esta situación ya esté uno hecho por la mediocridad reinante y gobernante. Mas atribuyo a tal insulto valor de coordenada y, así, me orienta y confirma lo correcto de mi desvarío. Aún así, lo confieso, escribo, para lo usual, pronto en lo semanal y emocionado. Sí, conmovido por la memoria de los españoles fallecidos en el accidente aéreo del Yak-42 y sintiendo insultada mi intelección y mi inteligencia emocional al escuchar del patriota sin par y presidente del gobierno de España referirse a tal desgracia nacional como «eso» («Eso ya está sustanciado…»). Me pregunto: ¿en verdad será así este hombre o será que se guía por aquella frase del Padrino Corleone que venía a decir «nunca digas lo que piensas a alguien que no sea de la Familia»?

No, no soy más sensible que la media nacional. Es que tuve la suerte –y el dolor– de conocer a los padres de una de las víctimas de tal abandono patrio. Por eso puedo imaginar bien el dolor de cualquiera de los familiares afectados, y por esto mismo me referiré a estos padres tan sólo por sus iniciales: L, la madre; E, el padre. Éramos vecinos en mi Bocamar, compartíamos gusto por fumar y el paisaje. De ambos conocía su contento y orgullo por la condición profesional de su hijo, J. L guardó copia de las llaves de mi casa, por si un aquel, hasta que dejó de ser L, hasta que la mataron en vida con la muerte de su hijo y todas las desvergüenzas habidas con los restos de las víctimas. Abatido de dolor me lo dijo E en viaje juntos a cercana villa: «nos han matado, Juan, nos han matado. Era lo que teníamos, la verdad, la alegría, la justificación de nuestras vidas. Saberlo con la vida hecha, resuelta, con su mujer y sus hijas era nuestra felicidad y ahora… ya no sólo no tenerlo, sino no saber –no lo sabemos– ni si es él a quien lloramos». No es fácil ver llorar a nadie, menos aún a un padre. Uno lo es, e imagina. Aquellas lágrimas, aquellas palabras, aquel dolor intenso aún mantienen su eco en mí.

Sí, hoy, en vuestra memoria escribo y escupo, L y E; en la de J y sus compañeros. Cómo no hacerlo después de oír al máximo responsable político de la patria resumir en un «eso» la vida de sesenta y dos españoles. Y aún dirá, sin pudor: ¡España! ¡Patria!
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