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En tanto que de rosa y azucena

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13/08/2017 A A
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En tanto que de rosa y azucena
Seguramente en alguna ocasión han tenido a su lado a alguien que observando la fotografía de algún periódico o revista o simplemente mirando a cierto conocido que acaba de encontrarse en la calle ha exclamado: «¡Qué mayor está!¡Cómo ha envejecido!». En esos momentos yo contemplo atónita al comentarista de turno y me pregunto: «¿Se habrá mirado él (o ella) al espejo?».

El canon de belleza ha variado mucho a lo largo de la historia, pero siempre hay un factor común que ha perdurado a lo largo de los siglos: asociamos la belleza a la juventud y por omisión, la vejez a la fealdad. Palabras como «marchito», «caduco» o «mayor», tienen connotaciones peyorativas. No es extraño entonces que, a pesar de gozar en esta época de una esperanza de vida más longeva, intentemos frenar el reloj a cualquier precio, incluyendo esta tarifa un ridículo sentido de lo estético que nos esclaviza irremediablemente a una tortura llevada al límite, antinatural e incoherente.

Me parece legítimo e incluso beneficioso querer estar guapos, ser coquetos y cuidar nuestra imagen. Es el espejo que proyectamos al exterior, nuestra portada, y si el acervo popular dice que «una imagen vale más que mil palabras», imagínense ustedes la importancia de la fachada en la era de la imagen, donde todo se expone en una pantalla. Sentirnos cómodos con nuestro «yo» exterior es saludable, sube la autoestima y por ende las defensas, es signo de salud física y mental. Lo que ya me parece desproporcionado es depender de quirófanos una o dos veces al año para eliminar arrugas, costillas, poner labios y carne donde no la había, pretender ser tan jóvenes como nuestra sobrina quinceañera.

¿Quién tiene la culpa de esta lucha contrarreloj? En el pasado, mal que me pese, la poesía tuvo algo que ver. Garcilaso describe un ideal femenino «de rosa y azucena», aunque su intención sea instarnos a vivir sin perder un segundo. Hoy en día las revistas de moda y la prensa del corazón casi obligan a someterse a la dictadura del bisturí, la esclavitud de las dietas y un sinfín de deportes que acaban en ‘-ing’. Mirándome al espejo en el ecuador del camino, veo ya alguna arruga en mi frente, cicatrices de vida alrededor de los ojos, pero sé que no me gustaría verlos desaparecer. Me los he ganado. Son míos. Son los momentos que he reído y he llorado. Rosa y azucena o violeta de invierno, defiendo el ‘carpe diem’ pero recuerden: «Todo lo mudará la edad ligera por no hacer mudanza en su costumbre».
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