07/01/2017
 Actualizado a 16/09/2019
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Ni con la brújula en la mano ni con el Google Maps, ni con un sextante ni con la ayuda de Siri. A veces parece que no sabemos nada sobre el suelo que pisamos. Es como si nos fuéramos abriendo paso en la oscuridad a bofetadas. Esta provincia (también otras, no digo lo contrario) está des-orientada. ¿Cómo, si no es con la ceguera total, podría argumentarse el fin del Instituto Bíblico y Oriental, el IBO? ¿Por qué nadie ha ofrecido ninguna explicación?

La última respuesta es sencilla: quieren que este cierre pase de puntillas, sin hacer ruido y sin preguntas.

Al fin, lo que ocurre es que no conocemos ni lo que tenemos frente a los ojos. León se des-orienta aún más con el cierre de este lugar único, mientras extiende la alfombra a otros invitados orientales que sí traen mirra y oro: los Reyes Magos y los cataríes que han puesto pasta para comprar la Cultural Leonesa. El dinero, ya se sabe, no tiene fronteras.

Pero el destino de los más de 30.000 libros de la biblioteca del IBO y de las valiosas piezas de su museo no parece interesarle a nadie. O prefieren que no le interese a nadie, a no ser que algún foráneo, de Qatar o de donde cuadre, llegue con una oferta contante y sonante en la mano.

Conocí el IBO hace tres años, con motivo de un reportaje que publiqué en la revista Leer, precisamente en su especial de Navidad. Y me pareció increíble que León tuviera la suerte de contar con un lugar así. Durante la visita, asistimos a una clase de escritura cuneiforme y descubrimos piezas magníficas, como las tablillas mesopotámicas que registran el nacimiento de la escritura. Algunas con una antigüedad alucinante: más de 5.500 años.

Estas tablillas están entre los primeros textos escritos por el ser humano. Algo que en otras ciudades estaría anunciado con carteles por todas las esquinas como una Piedra de Rosetta local -que es mucho más joven, sólo del 196 a. C-, pero que aquí ha sido casi ignorado.

Ni la singularidad de las clases de sumerio y sánscrito; ni los cursos de papirología y jeroglíficos, ni la valiosa exposición sobre Alejandro Magno cedida por el anticuario galo François Antonovich han evitado un final a la chita callando.

Las razones las tendrán que dar otros, pero la culpa tal vez es de todos.
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