Si te pegas una paliza de cuarenta kilómetros, andando bajo un sol de justicia, desde Sahagún a Mansilla, pongo por caso, no tienes ganas de ver el amanecer espléndido que se da todas las mañanas en los Campos Góticos. Solo haces como el Cid, cuando marchó al destierro: «el ciego sol, la sed y la fatiga, por la terrible estepa castellana, sangre, sudor y lágrimas, el Cid cabalga». No te puedes parar a ver una flor porque te retrasarías, ni a observar como vuela un milano acechando a su almuerzo, ni siquiera admirar una ermita que queda a cincuenta metros de la vereda por donde caminas. Un desastre, bajo mi punto de vista.
Para poder hacer todas esas cosas se necesita tiempo y los peregrinos no suelen tenerlo. Para viajar, de cualquier manera, se necesita , sobre todo, tiempo. Poder pararte a beber un vino, (o los que hagan falta), con un paisano sentado en el poyo de la plaza de cualquier pueblo, comer un cocido en la Maragatería, (que la cruzas entera), sin pensar en que luego tienes que seguir con la monserga del «primero un pie, luego el otro», y correr el riesgo cierto de que te entre un retortijón porque los garbanzos, las berzas y la ‘ración’ no se dirigieren bien de otra manera que sentado como Dios manda, es una jodienda. Dormir donde te dé la gana, incluso al raso, teniendo como techo el cielo limpio y puro de Vega del Valcárcel, pongo por caso, levantarte a las once o las doce porque te sale del cuerpo, andar, ese día, dos kilómetros porque has encontrado, a lo tonto, un rincón con una vegetación y un verdor inigualable, es algo que, desgraciadamente, tienen prohibido los caminantes que se deciden a hacer el Camino teniendo tres o cuatro semanas para llegar a Santiago. Por eso, sólo por eso, me he negado siempre a hacerlo.
Pero ocurre lo mismo en cualquier otro orden de la vida. La gente quiere llegar a su meta lo más rápido posible. Da igual que no esté preparado, da lo mismo si se saltan todos los obstáculos que la vida te va poniendo haciendo trampas. Lo importante es llegar como sea; conseguir el mejor puesto de trabajo, comprarte rápidamente todos los signos exteriores del triunfador, (casa, chalet, coche, un peluco del copón), y hacer que la vida parezca que es una carrera sencilla. Ocurre que cuando llegan los inconvenientes, que llegan tarde o temprano, la caída es mucho más dura para esta gente que para los que han cubierto las etapas de forma lógica. Los que más tardan en ser muy buenos en lo suyo, llevan mejor esas marejadas, cree uno.
Salud y anarquía.
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