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Antonio Pereira, rompedor de solemnidades

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17/02/2017 A A
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Antonio Pereira, rompedor de solemnidades
Transcurría el quince de marzo del año 2000 cuando Antonio Pereira junto con Ramón Carnicer, Eugenio de Nora y Antonio Gamoneda era investido Doctor Honoris Causa por la Universidad de León. Cada uno de ellos, tras los saludos habituales, ofreció al variado público del Aula Magna del Rectorado el discurso pertinente, triste el de Antonio Gamoneda, preocupante el de Ramón Carnicer, quien por razones de salud no asistió, delegando en Doireann, su esposa, con cierto aire profesoral el de Eugenio de Nora y bien distinto a todos el pronunciado por Antonio Pereira, que, por cierto, estaba muy guapín con el flamante traje propio de tales acontecimientos hecho a medida.

Bien distinto, digo, por cuanto con su gran don en el manejo de la palabra amasada con humor nos enchufó un cuento lleno de magia sin que hasta muy avanzada la disertación nos maliciásemos.

Comenzó –después de los saludos de rigor– con voz segura, seria y humilde a manifestar que en su infancia todos los veranos lo llevaban a pasar julio y agosto a Portugal, más en concreto a la quinta en Tras-os-Montes de su tío Duarte Pereira , muy conocido en la zona por Fidalgo de Sta. Rosa, y de la tía Guiomar, su mujer, lugar con una extraordinaria biblioteca y adonde acudían con mucha frecuencia el señor Obispo, el Gobernador Civil y algunos diputados lisboetas compañeros del referido tío. Prosiguió señalándonos los muy ilustres antecesores del Fidalgo de Sta. Rosa, entre los que sobresalían don Álvaro González Pereira, Gran Prior de San Juan de Portugal , quien «engendró 32 hijos» con diversas mujeres, claro está, y Nuno Álvarez Pereira, con cuyos dictados los portugueses ganaron la batalla de Aljubarrota. Cuando iba por aquí, cercano ya el final, los asistentes decíamos para nuestro adentro, ¡qué afortunado este Pereira, hay que ver qué ascendientes tan linajudos!, y ¡qué niñez tan estupenda, traspasar fronteras en aquellos tiempos! No obstante, comenzaba a atenazarnos la duda, pero no queríamos caer en sus asfixiantes brazos.

Mas a partir de entonces , repito, apenas fueron creciendo los detalles. Un puñado de palabras más y la confesión final de que esa historia portuguesa era una lejana «fantasía» o «tolada» estival suya, pues «A mí a lo máximo que me llevaban era a la Pascua a Cacabelos o al San Cristóbal a Toral de los Vados», instante en el que el Aula Magna se convirtió en larga carcajada, quebrándose así la solemnidad de tan exquisito acto. Y es que Antonio Pereira, Toñín Pereira, perteneciente a la rama humilde de los Pereira, era y es un rompedor de solemnidades porque los poetas aunque hayan muerto nunca mueren.
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